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Horrorosa fantasía sexual

I

—El cuerpo de cristo.

—Amén, padre.

—El cuerpo de cristo.

            —Amén —respondió Yuliza—, y abrió la boca.

            La hostia se le pegó en el paladar, estaba más simple de lo normal. Se devolvió a su lugar con los dedos entrelazados en el regazo y la vista fijada en el suelo. En cada fila había tantos ancianos como en un hospital gente pobre reclamando atención. La mañana era soleada, el sol entraba por los vitrales formando arcoíris que morían en la baldosa blanca de la iglesia.

            Los pasos se escuchaban perezosos, en una de las filas había un anciano de unos ochenta y cinco años, el mismo que una mañana al salir de casa intentó violarla. Porque salir de casa a la escuela en esos años era un suicidio, los oficiales jugaban al fútbol y algunos hombres violaban y mataban niños.

            Recorrió con la vista todas las filas, y se hastió. Había en esas filas tanta gente mala del pueblo, que no sabía si estaba en un curso intensivo del infierno o en la iglesia de Dios. Se pudiera largar del pueblo, claro, pero fue el único lugar donde encontró trabajo como comunicador social. En la ciudad no pudo conseguir un puesto, las emisoras y los periódicos hacían entrevistas, miraban su currículo. Y luego, si el entrevistador era hombre, le miraba las piernas y los senos, los labios, la entre pierna; le decía con la mirada lo que tenía que hacer si quería el puesto.

            Si el entrevistador era mujer, cosa que era demasiado rara, aceptaba únicamente las hojas de vida de sus amigas. De su familia. Era una pérdida de tiempo ir a presentar una hoja de vida a una mujer, porque las mujeres rara vez le pedían la entre pierna, porque ya tenían el puesto ocupado, incluso antes de que esa persona que tenían en mente les llevara la hoja de vida. Así funciona esto, cariño.

            Recordó lo que le decía su abuela: El pan se come entre familia, mi niña.

            Decidió irse de la iglesia antes de que el cura diera la bendición, sus abuelos se lo perdonarían. Al llegar a la salida, hincó una rodilla, se persignó. Arriba de ella estaba la Virgen María cargando al niño Jesús. Se levantó, acarició la estatua. Y siguió su camino.

            El pueblo se veía desolado, sucio, siempre mantenía un flagrante color a tierra. Antes de llegar a su casa, pasaría por la emisora, debía cuadrar unas cosas. Odiaba coger el camino de la iglesia a la emisora, porque el más corto pasa por la única funeraria del pueblo, y  si pasa por ahí, la piel se le eriza, creé sentir los susurros de todos los cuerpos exánimes que preparan en ese lugar para que tengan un bonito rostro antes de que le echen la tierra encima. En ese lugar donde los viejos rompen su palabra al decir que ni muertos se echarán maquillaje.

Pero eso no era motivo para llegar. La chica que entró a ayudarle con la emisora, no sabía tanto de música cristiana. Y a veces quedaba corta de nombres en la multitud de casetes y colocaba baladas románticas por error.

            ¿Cómo poner baladas románticas en una emisora de alabanzas a Dios? Es como incentivar a los ancianos a tomar Viagra, y a las ancianas a que se den golpe de pecho por no sentir ya atracción sexual hacía nadie. Así es este pueblo, ¿cierto cariño?, las cosas nunca son lo que parecen. Si dices amor, se pintan sexo e hijos; si vomitas, se pintan que estás embarazada; si le respondes el saludo a un hombre, se pintan que te acuestas con él.

            Cuando se preparaba en la catequesis para la primera comunión, el padre intentó seducirla diciéndole, Dios te lo agradecerá enormemente.

Apretaba el rosario con su mano huesuda y arrugada. Frente de ellos había un candelabro con una vela de mecha débil, todos los niños ya se habían ido de la preparación. Pero ella no sentía que Dios le pedía eso, no creía que Dios era tan malo como para hacerle quitar la ropa delante del cura para que el hiciera esas cosas raras, como las que hacia su abuelo con algunas mujeres a escondidas de su abuela.

            Así que salió corriendo, casi llorando, se le cayó su libro de catequesis en el camino y le rogó a la abuela que no la mandara más a la iglesia. Que ya no quería hacer la primera comunión. Pero no fue así, al próximo sábado su abuela dijo que la acompañaría. Después de haberle contado lo del cura, su abuela nunca más la dejó ir sola a la iglesia hasta que cambiaron de sacerdote.

            El pueblo no sabía qué hacer para que el sacerdote se fuera; porque fumaba, a veces empezaba la misa embriagado y eran demasiadas las quejas que se oían de él, la mayoría por morbosidades. Pero, su libertinaje acabó cuando violó la hija de un campesino. Porque ese mismo campesino le abrió la cabeza de par en par en la entrada de la iglesia. Yuliza lo recuerda porque ella pasaba por ahí, debía comprar carne y arroz, y para ir al mercado se tenía que pasar por la iglesia.

            —¡Toma tu limosna! —Gritaba el campesino mientras subía y dejaba caer el machete con todas sus fuerzas— ¡Toma tu limosna curita del diablo!

            Pero ya es el año dos mil, y las cosas han cambiado. Más para ella, una mujer de treinta años, viuda y con un temor a Dios más grande que el temor de un niño a la oscuridad.

            Una vez en su cuarto, se arrodilló y oró a Dios para que la perdonara por salirse de la iglesia antes de que acabara. Fue a la cocina por fósforos, las velas del altar de la Virgen del Carmen se habían apagado. Al lado del cuadro de bordes dorados, donde posaba la virgen sobre nubes grises, estaba su abuela con la mano sobre el hombro de su abuelo. Estaban vestidos “elegantemente”, su abuelo estaba sentado y su abuela de pie con una cara nada amigable.

            El cuadro tenía un manchón amarillo en una esquina de la foto, y la cara de su abuelo ya estaba borrosa. Pero aún podía notarse la expresión de hombre justo que siempre cargaba.

            Luego de prender las velas, se quedó dormida en la cama. Está vez tuvo el mismo sueño, pero ya no era el cura, era su abuelo que salía de la tumba con un miembro enorme; lo esperaba desnuda en una cama hecha de plumas. Intentaba moverse, gritar o salir corriendo, pero no podía. Podía verle el rostro cetrino podrido, los dientes escasos y amarillos.

            Había sepultado a su abuelo hace dos días. Pero no le había dolido tanto como el entierro de su abuela, porque ella misma le había pedido a Dios que se llevara a su abuelo; se le habían podrido los pulmones, tenía la casa apestada y cada vez que tosía, aparte de botar sangre, parecía llenar la casa de un aroma a tabaco combinado con carne podrida.

            Su esposo había muerto dos años antes que su abuelo.

Tenía tres días de tener un dolor abdominal; cuando el centro de salud del pueblo decidió que ya era necesario mandarlo a la ciudad, llegó con las tripas reventadas por dentro. Cuando su esposa llegó al hospital de la ciudad, su marido no respiraba, los médicos le dijeron que estaba muerto, dos horas después le dijeron que había sufrido una peritonitis. Todo transcurrió normal, el llanto normal, como toda mujer católica que se le muere un familiar. Gritos atroces tragados entre rezos y rodillas dobladas ante los santos para pedir fuerzas.

            Seguía dormida, aún estaba tendida en la cama, pero todo se repetía. A veces salía de la tumba su abuelo, otras veces su abuela… rara, muy rara vez su marido. Pero el protagonista era el cura; cuando no salía de la tumba de su abuela con un resuello aterrador, lo sentía bajo de la cama, arrastrándose, llamándola, diciéndole nuevamente que:

            —Dios te lo agradecerá enormemente —su voz no era su voz, era como un chillido extravagante tratando de articular palabras.

            Ya está sudando, se estremece, varios cuervos graznaron en un árbol cercano. La tarde ya está muriendo. El sol se hunde anaranjado entre las montañas frondosas de árboles, entre la tierra de campesinos, entre la tierra que le dio de comer a ella por toda su vida, donde su abuelo cortó arroz hasta que los cayos le pudrieron las manos. La oscuridad emergía, como una capa larga y espesa arropando su casa.

            En la calle pasaban niños montando burros cargados con sacos de maíz. Los insectos partieron el silencio desde el monte. Una luciérnaga entró por la ventana. Aquí viene otra vez la lluvia de pesadillas, las mismas de siempre. Con la misma sensación que sintió cuando su abuelo le dijo, un día al llegar de la escuela, que sus padres murieron en un accidente, y que se habían ido al cielo para estar con Dios. Terror, terror puro; un estado aislado del mundo y las oraciones, ahí nunca hay rezos, nunca hay hostias. Ni si quiera drogas o un campesino con un machete para dividirte los sesos y poder despertar antes de ver el horror que te quieren mostrar.

            Las pesadillas te quitan la carne, la sangre, te muerden por dentro hasta dejarte famélico y medroso;  a veces, en el peor  de los casos, te quitan la cordura. ¿Cierto, lector?

II

            —No sé qué me pasa padre, ayúdeme, ayúdeme, por favor. Se lo suplico.

            —Lo que me cuentas es atroz, hija. Había escuchado varios casos, pero nunca pensé que conocería un ser en persona que posee… esos…

            —No lo diga, padre, bastante tengo con entrar aquí y decirle esto. No sabe las fuerzas que tuve que sacar —su voz eran susurros—. Se me cae la cara de vergüenza contarle todo esto… Mis abuelos deben odiarme. Estoy maldita, padre, ¡maldita!

            El confesionario a pesar de ser estrecho, era cómodo, un cojín marrón para poder sentarse. La ventanilla tenía una cortina de tela oscura, ya se veía bastante raída. La voz del cura era grave, de acento español y le fortificaba el estar ahí para tratar encontrar el perdón de Dios.

            —No te refieras así, a ti misma, hija mía. El maligno hizo todo eso, tú no, eso tenlo por seguro. Todas las cosas perversas que ves en este mundo son obra del maligno…

            —Lo sé, lo sé, padre. Pero siento que yo soy el maligno. ¿Qué hago padre? ¡Dígame! —imploró.

            —Ve a casa, hija mía. Reza quince Avemarías y veinte Padre nuestros. Y ruégale a Dios que te perdone.

            —Amén, padre.

            —Dios te bendiga, hija mía. Ve con cuidado.

III

Cuando volvió en sí, se encontraba en el mismo lugar. Se llevó las manos a la boca y empezó a llorar. Está vez lloró menos que la primera vez, donde no durmió en lo que bastó de la madrugada, esperó con ansias a que amaneciera para ir donde el padre Victoriano. Necesitaba confesarse, debía y estaba obligada a eso. Lo que se “descubrió” haciendo era atroz, no supo cómo y en qué momento había llegado allí, y eso hacía que las pesadillas empezaran a perturbarla despierta. Necesitaba el perdón de Dios.

            Si las cosas siguen así, tendría que irse del pueblo. Porque si no paran, su alma quedará plenamente maldita por la eternidad, en las cadenas del infierno. Y ella no quería eso; pensaba y estaba segura no merecer el castigo de Dios, si ni siquiera ella es consciente de lo que se encontró haciendo, y tampoco es consciente de lo que hace unos segundos estuvo por hacer. Alguien o algo estaba controlando su alma, si, era eso, ¿Qué más podría ser?

            Miró al cielo y le dio gracias a Dios. Porque está vez… esta vez cuando volvió en sí, aún no había entrado a aquel tétrico lugar. No se había despertado con los dedos de un cadáver en su vagina, y montada sobre un cuerpo inerte, tieso y pálido. Con el cuerpo sudado y una humedad en su entre pierna tan densa, que sólo la había experimentado cuando se fue a la ciudad de luna de miel con su difunto esposo.

            Mientras caminaba a casa entre la noche serena y la luz plateada de la luna, recordó lo que vio debajo suyo cuando despertó la primera vez que le ocurrió esto. El cadáver era un joven del pueblo, de hombros fuertes, piel blanca y piernas delgadas, nariz fileña y un cabello indio desgreñado; había muerto asfixiado en una de las minas cercanas del pueblo. Entre la claridad que daba un bombillo amarillo en la sala de preparación de la funeraria, pudo ver como brillaba el cuello del cadáver, sus mejillas. Las náuseas fueron insoslayables. Vomitó sobre él, al imaginarse cómo pudo lamer el cuerpo de un hombre que no ama. El cuerpo de un hombre muerto.

            El cuerpo de un hombre joven y muerto.

            Yuliza empezó a correr a casa, los prominentes senos se le movían bajo de la piyama a medida que huía (¿de qué?). De alguna manera los recuerdos estaban llegando. Recordó cómo se había quitado la bata al entrar en la funeraria. Recordó que Cristóbal, el empresario de pompas fúnebres y también hermano de su difunto esposo, le había dejado en casa una llave de reserva de cada una de las cerraduras de la funeraria. Y quizás a Cristóbal se le había pasado pedírselas después de la muerte de su esposo. Eso explicaba. Que puertas abrían las llaves que sujetaba.

            La entrada al placer, a la concupiscencia anómala de sus íntimos (o profundos) deseos.

            Los recuerdos seguían, a veces no sabía cuales le perturbaban… o si ya estaban empezando a agradarle.

Recordó como hurgó en la funeraria al entrar, buscando la sala donde estaban los cadáveres más frescos. Al encontrarla, habían dos, una anciana  y un joven. Los dos cuerpos estaban desnudos, los dos cuerpos tenían una mata de pelo hirsuto en sus partes. Se quitó la bata cuando estuvo frente del cadáver joven, luego la panty, delicadamente, sin afán, como si estuviera haciendo un estriptis privado.

            Se pellizcó los pezones marrones, escrutó la cama de aluminio donde posaba el cadáver, se fijó en que fuera resistente. Primero se montó de rodillas, luego de estar arriba, se fijó en el rostro blanco, en las ojeras y lo agrietado que estaban los labios. Pero no importó, le dio un beso, luego otro, una mordida. Notó que empezaba a humedecerse. Siguió lamiéndolo, por el cuello, debajo de las orejas, en los cachetes, por los mofletes; bajó desde su pecho hasta su ombligo dejando un camino brillante por la saliva. Reflexiono un momento, y decidió que no importaba, se arrodillo y le hizo sexo oral al miembro flácido del cadáver…

            Ya no quería tener esos recuerdos, no le gustaban, los aborrecía. Una vez entró a la casa, tiró las llaves contra la pequeña tv que posaba sobre una mesa color caoba. Fue al baño, y se tiró sobre la alberca con todo y ropa. Pensó que no estaría mal si se dejaba ahogar. Pero para cometer suicidio, debes estar mucho más que convencido; porque si no, serás el hazme reír cuando despiertes de tu fallido intento.

            Luego de escurrirse y secarse, le había quedado un débil sollozo. Buscó los fósforos, prendió las velas y comenzó lo de todas las noches. Buscar vehementemente el perdón de Dios.

            —Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo… —Hasta que se quedó dormida sobre la cama.

            Pero como su abuelo decía: Si se empieza algo, hay que terminarlo.

            No supo al principió que era lo baboso que le tocaba el tobillo izquierdo. No le quiso prestar atención, para seguir durmiendo, el reloj apenas marcaba las seis y no tenía que ir a la emisora hasta las ocho. Pero la viscosidad se volvió insoportable, se quitó la sabana y soltó un grito. Y seguía gritando cuando se levantó de la cama. Caminaba hacia atrás con la cara temblando, se aferró a una esquina del cuarto y se dejó caer hasta sentarse. Ella temblaba, y el miembro que estaba tieso y asqueroso sobre la cama relucía entre la mañana como un amante satisfecho.

            Era el brazo del cadáver, del hombre joven que murió asfixiado en la mina. Cortado desde abajo del hombro. Se notaban cortes irregulares y el hueso blanquecino dejaba ver una larga astilla. En varias partes de la cama había sangre, en unas seca y en otras aún estaba húmeda.

            ¿Qué habré hecho?, se preguntó. Notó sus manos sucias de sangre seca, y se alzó la bata para revisarse. Al parecer se había masturbado con la sangre y los dedos de un cadáver.

IV

Llevaba días en vela. El mismo día que se había levantado con aquella sorpresa en la cama, utilizó por primera vez, una pala oxidada que guardaba su esposo bajo de la cama para llenar el patío de plantas medicinales, para enterrar el miembro de aquel cadáver. Mientras oía en el pueblo los murmullos de la gente supersticiosa. Es el diablo, gritaban algunas señoras esposas de campesinos. Quizás sea una deuda que tenía con una bruja, replicó un minero. O andará algún caníbal entre nosotros, supuso uno de los profesores del único colegio del pueblo.

            Cristóbal había salido dando alaridos de la funeraria, a uno de los cadáveres le arrancaron el brazo mientras todos dormían. Los oficiales metieron las narices en el asunto, le preguntaron quien más tenia llaves de la funeraria.

            Cristóbal no recordó a quien le había entregado las copias, en caso de que se le llegasen a perder las originales.

            —Efectivamente hay un caníbal, o un hombre enfermo de la mente entre nosotros; así que, señores, tengan mucho cuidado —concluyó uno de los oficiales del pueblo. Después de no haber podido encontrar el brazo del cadáver en ningún rincón de la funeraria.

V

Dios te lo agradecerá enormemente, decía, sólo sube un poco tu vestido. Esta vez no salía corriendo. El cura le empezaba a salir pelo alrededor de los ojos; las uñas se le alargaban; los ojos le brillaban y las pupilas se le iban adelgazando ovalada y verticalmente, como las de un gato. Le cogió su cuaderno de preparación y lo tiró sobre el escritorio donde había una enorme biblia abierta.

            La vela del candelabro parecía ir perdiendo luz.

            —Sólo sube un poco tu vestido —susurró nuevamente, ansioso, como un hombre virgen desnudando su primera mujer—. Dios te lo agradecerá enormemente.

            Ella gritó. La pequeña de diez años, que se había quedado después de la catequesis para hacerle un pequeño favor al cura, gritaba. Pero sus oídos no escuchaban su voz, la vela iba apagándose; había un insondable silencio. El cura postró sus horribles manos de dedos largos en sus hombros y le arrancó el vestido. Quedó sólo con una panty rosada, cayó al suelo por el maltrato, su respiración se aceleraba.

            Empezó a reptar de espaldas, quería huir, sentía un frio extraño. El cura la agarró por una de sus sandalias, la jaló hacia él y le dio la vuelta. La última imagen que vio del cura era una cara totalmente llena de pelo  y, unos dientes filosos y sucios como cuchillos oxidados.

            Le agarró la panty y se la quitó por completo.

            Luego de unos segundos ya no sentía un hombre cerca, era una bestia, un ser lleno de pelos rompiéndola por dentro con algo que no parecía de carne. Le apretaba la cara contra el suelo, la agarraba por el cabello y le golpeaba el rostro con el suelo mientras la penetraba con todas las fuerzas de un demonio…

            Despertó gritando. Se hurgó entre sus piernas buscando sangre, alguna herida. Sólo fue un sueño, se calmaba, sólo fue un sueño. Se sentía extraña, estaba muerta de miedo, de nervios; aún tenía la sensación de tener algo dentro de su cuerpo. A diferencia de todos los sueños, está vez, sus tripas reaccionaban extrañamente, su piel estaba erizada, las manos le sudaban; sentía un cosquilleo extraño en las pantorrillas.

            Le dio un ataque, se estaba quedando sin respiración, gemía. Sí, estaba gimiendo, su cuerpo tenía una sed perversa. No era de sangre, ni de agua, era un sed… una sed de…

            Saltó de la cama, se arrodilló y sacó la pala. Salió corriendo al patio donde un día antes había enterrado el brazo del cadáver de la funeraria. Empezó a escarbar la tierra negra y espesa. A escarbar, mientras sus piernas le temblaban y su respiración se aceleraba más y más, y más.

            —Sólo sube un poco tu vestido —mascullaba entre el siseo de la respiración mientras escarbaba—. Sólo sube un poco tu vestido, sólo sube un poco tu vestido… ¿Por qué tuve que enterrarte tan hondo? —gimió—. Sólo sube un poco tu vestido…

 


AUTOR: Iván Andrés Tovar
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