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La carta de un soldado que causó revuelo en España

18 Abril 1939

Tiene dientes amarillos; tiene muchas cosas más horribles pero primero nombro los dientes porque desde la oscuridad son los que más resaltan. Las primeras noches se arrastraba bajo de mi cama, intentando salir, para clavar sus largas y mugrientas uñas en mi cuerpo, factiblemente. Por eso días después decidí cambiar de cuarto, está casa es enorme y tiene tantos cuartos que a veces los confundo unos con otros; en los primeros días conté ocho cuartos, pero luego de tres semanas conocí tres cuartos más, la pintura de estos tres cuartos estaba erosionada, apestosa y mohosa. Esa misma noche del día que los descubrí, me arrepentí totalmente, porque esa misma noche llegaron esos dientes amarillos entre la espesa oscuridad. Algo había en esos cuartos, lo pude notar en el ambiente, el olor no era el mismo, por un momento creí que era azufre, inclusive aún estoy buscando que era aquel olor rancio.

Siempre se acerca o me persigue después de medianoche, con un sonido extraño, como si masticara, pero no he podido ver si realmente mastica algo o simplemente saborea mi cuerpo por la seguridad de que logrará arrancarme toda la carne, los huesos.

Antes de ayer, la noche del viernes o la madrugada del sábado —no sé precisamente que horas eran, porque ni la luna se dejaba ver desde aquel cuarto—, me desperté y vi sus dientes cerca, tan cerca que mi cuerpo experimentó una parálisis causada por los nervios; no pude levantarme a tiempo, porque cuando lo logré, ya aquella cosa masticaba entre sus dientes el pulgar de mi pie izquierdo.

Salí corriendo, ¿a dónde? No sé, pero corrí, al salir y toparme con el jardín de la entrada y la escasa luz de la luna, solté un grito tan fuerte que mi garganta ardió. Por primera vez me puse a pensar, o vi la realidad del asunto; estaba en un maldito cortijo, lejos del pueblo más cercano, tan lejos que a pie duraría dos días en llegar. Todo cobró sentido, porque el mismo día en que descubrí aquellos tres cuartos el caballo donde había llegado amaneció con el cuello destrozado y lleno de moscas pululando alrededor  de su cuello.

Es como una cárcel, una maldita prisión llena de polvo, telaraña y cientos de insectos.

Luego de darme cuenta que perdía equilibrio por la falta del pulgar, anadeé a la cocina de este lugar, prendí el único fogón que sirve de la estufa oxidada de dos puestos que está sobre unos barriles de aceite; y sin pensarlo dos veces —creo que ni una sola vez lo pensé, vengo de la guerra, hace unas semanas acabó la guerra en España; y también se fundieron muchas almas junto con su final y la victoria del tirano Francisco Franco; he visto lo que hay que hacer con este tipo de cosas— prendí el fogón, cuando la llama estaba alta, vivaz y resplandeciente, subí mi pie ya bañado de sangre y coloqué el muñón en la fogata.

El dolor era tan fuerte que recordé los gritos de todos mis compañeros antes de morir, antes de que uno de los batallones del tirano los torturara sacándole las tripas cuidadosamente, sin matarlos, para que vieran lentamente como se burlaban de sus órganos. Más tarde, cuando la estilla del hueso que quedaba fuera del muñón cambió a color marrón por el fuego, se sintió un aroma a carne en el ambiente; entonces supe que el trabajo estaba hecho.

Pensé en largarme, incluso ayer lo intenté, pero el bosque está lleno de voces y almas; veo y puedo sentir entre los arboles todos los hombres que maté, incluso puedo ver aquella mujer que mis compañeros violaron frente de sus dos hijos; no estuve de acuerdo con aquello, pero así es la guerra, sólo puedes protestar cuando no tienes brazos para seguir matando, porque ni siquiera por falta de balas tienen compasión de ti. Recuerdo haberla visto saliendo por un arbusto, gritando, igual de fuerte que aquel día, con los mismos moretones en la cara y la misma sangre regada entre sus muslos.  Pero así es la guerra.

Cuando mi grupo cayó, cuando a todos nos torturaron y el único que aun podía respirar era yo, me levanté como pude, con la visión borrosa, y caminé, me caía y me arrastraba, pero no sé cómo mierda llegué a un maldito caballo y le daba tan fuerte con las riendas que mis manos sangraron. Sólo podía ver por un solo ojo, el izquierdo, creo, porque ya he olvidado muchas cosas, pero ese ojo me permitió llegar hasta aquí.

No sé qué horas serán en estos momentos, pero creo que ya se acerca la hora, puedo escuchar sus dientes, como una persona con frío; la vela que posa en mitad de la mesa alumbra toda la sala…

¡Maldita sea!, puedo oírlo, ¡Dios!, vosotros no sabéis ni tenéis idea de cómo mi cuerpo se estremece en estos momentos; puedo escuchar cómo se arrastra desde el último cuarto, con la misma lentitud y los mismos sonidos, como si un saco lleno de carne lo arrastraran por la madera con pesadez. ¡Sus uñas! Que horrible suenan, rasgan la madera…

En mi mente llegan las imágenes de aquella noche en que mi cuerpo no quiso responder… El cuarto olía a pudrición, ¡a muerte! Sentí sus dientes tibios sobre mi dedo, luego un apretón tan fuerte que el hueso se partió antes de que sus dientes llegaran a él. No sé qué diablos será aquello o aquella maldita cosa. Quiero irme, pero si me voy ¡Oh Dios! Entonces aquellas malditas almas acabaran conmigo, ¿qué queda Dios? ¿Qué queda? ¿De dónde me aferro? ¡De dónde!

Aunque, no les niego a todos vosotros, quienes a sus manos lleguen estas palabras, que algo dentro, muy profundo dentro de las paredes de mi corazón, quiere quedarse aquí y ser devorado lentamente por aquellos dientes amarillos; por aquel pedazo de carne podrido que se arrastra masticando sin llevar nada en la boca.

¡Sólo así entonces pagaré!

La guerra no deja nada, sólo escombros y cuerpos mutilados rodeados de moscas; ¡Yo no quería luchar, Dios! ¡No quería! Veo sus caras entre todas estas sombras, mi gente, mis vecinos, ¡mis jodidos vecinos! ¡Maté más conocidos que desconocidos! ¿Pero qué hacía? Soy un cobarde, ¡un maldito cobarde! ¡Debí pegarle un tiro en la cabeza a cada uno de ellos! ¡A cada uno de los que violaban a esa inerme mujer junto a sus dos hijos pequeños! ¡Dios!, como gritaba, ¡como gritaba! Pensar que ¡esto es España!; historias rondan por todas partes de todo lo que soportaron los indios de América cuando fueron invadidos por nuestras tropas —presidiarios, piratas, prostitutas, herejes y pederastas— en antaño. Estamos pagando, no…. ¡Vendrán cosas peores!, acepta España, ¡acepta! Arrodíllate y pide perdón; ¡arrodíllate y ama!

¿Qué cómo llegué a aguantar todo eso? ¡La supervivencia!

La supervivencia hace hacer cosas a los hombres involuntariamente, cosas que en sus cinco sentidos —sin alteraciones— y sin miedo no harían; más para algunos que no saben que es la guerra, que comen, duermen y defecan porque sus cuerpos se los pide para sobrevivir, porque ellos —sus almas— de vivir ya no quieren saber nada. Como yo en estos momentos; ahí viene, caballeros, la vela lo alumbra, es horrible.

Sus dientes son más grandes y gruesos que los de una persona normal. Parece el cuerpo de un hombre, pero sus hombros son más anchos, sus dedos el doble de largos que los de un ser humano, delgados y nervudos. ¿Por qué no me largo y me salvo?

La conciencia, caballeros; la conciencia es uno de los motores del mundo, hace recibir y dar cosas que creemos que debemos y estamos en la obligación de recibir o hacer. Por eso lo quiero… porque ya nada queda. ¡Que venga y me mastique hasta que saboreé hasta el último pecado de este cuerpo cobarde que enterró almas buenas!

¡Así es la guerra!

¡Así es la avaricia!

¡Así es la cobardía!

¡Así es la puta egolatría!

¡Así es la guerra!

¡Nada deja!

¡Nada queda!

¡Así es la g…

 


AUTOR: Iván Andrés Tovar
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