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Desgarrador relato de una mujer que fue abusada

Lo probable es que no relate con una legible y comprensible prosa lo que quiero transmitirles. No soy escritora, y la cuenta de mis libros leídos está rondando los cinco. Este lápiz mongol húmedo y apestoso no me ayudará lo necesario, ¿pero qué hago? Fue lo único que pude encontrar. No tengo visión en mi ojo derecho, hace quince minutos lo toque con mis dedos y sentí un líquido frío saliendo de una hinchazón en mi párpado.

Créanme, estoy haciendo mi mayor esfuerzo. Recuerdo que lo único que había escrito antes fue una carta a santa Claus. Debí haber escrito todos los días, de alguna u otra manera el dolor físico y la impotencia se apaciguan un poco al tiempo que escribo esto.

Mi nombre es Elena. Tengo diecisiete años, mi casa está en el barrio San Fernando, a cinco cuadras del centro comercial que tiene el mismo nombre. Vivo con mi madre, mis dos hermanitas que son gemelas… y mi padrastro. No tenemos la mejor relación, cenar y almorzar todos en la misma mesa tampoco es lo nuestro. Mi madre no deja que me acerque a mis hermanas, quince minutos diarios es lo que tengo permitido para verlas, dice que soy una mala influencia para ellas, y que podría pasarles parte de mi fealdad con solo tocarlas. Adoro a mis dos hermanas, ninguno de ustedes es capaz de imaginar cuanto amo a esas niñas, sus cabellos negros y esa risa sincera que siempre decoran sus rostros… difícil es aceptar que no las veré más. Pero díganme ¿qué culpa tengo yo de haber nacido fea? Desearía poder devolver el tiempo y darles un beso a cada una la última vez que las vi, mis muñequitas, como las voy a extrañar.

Cuando tenía nueve años era hija única de dos personas con costumbres fuera de lo normal. En cualquier caso, una linda familia. Un padre y una madre que se amaban hasta la sombra. Mi madre siempre fue un poco amargada y, mi papá la regañaba a cada rato porque sus amarguras las desahogaba conmigo, me pegaba por cosas como derramar un jugo, o por alzarle el sonido al televisor: tenía que escucharlo al volumen como mi madre quería. Para ese tiempo, estaba yo muy pequeña, solo recuerdo las veces que mi papá me llevaba a comer helado y esa galleta de chocolate que ponía sobre el comedor como trofeo después de terminar todas mis tareas.

Levantándome a recoger el regalo de navidad del año dos mil nueve, mi corazón quiso explotar, mis venas se estremecieron. En el suelo, al lado de los regalos, estaba mi padre haciendo sonidos raros, botando espuma por la boca y retorciéndose; mientras cada parte de su cuerpo temblaba. Yo grite a mi madre muchas preguntas, entre esas: ¿qué le pasa a mi papi? Ella me encerró en mi cuarto, y me dijo que volvería pronto, que papi estaría bien. Dure cinco horas encerrada hasta cuando escuche la voz de mi madre, venia llorando y maldiciendo todo a su paso. Entro a verme después de media hora que había llegado. Ya no lloraba, me grito que papi había muerto. Yo no sabía que le había pasado a mi padre, pero si conocía el significado de la palabra muerte, quede en silencio, me abrace y empecé a dejar salir esos gritos de una niña consentida que pierde a la única persona que le daba afecto.

Un mes después mi madre quedo embarazada de Paulo, mi padrastro. Cuando la familia de mi papá se enteró hicieron todo lo posible por arrancarme de su lado, utilizando todo lo legalmente constituido en el país para llevarlo a cabo sin ninguna clase de conflictos. No lo lograron, ellos viven en argentina, y la ciudad no le recuerdo el nombre. Mi padre era escritor, dejo una enorme herencia y muchos libros, que mi madre despilfarro a su gusto y conveniencia. Hasta ahora solo me queda este collar dorado que me dio mi papá el último cumpleaños que paso conmigo.

Crecí en la sombra, en esa sombra donde crecemos muchas mujeres. Aquí hay brisas que congelan los recuerdos y voces que no dejan dormir; si alguna mujer algún día lee esto me entenderá, esa soledad que invade tu pecho… tus pensamientos, esas ganas de salir corriendo y gritar auxilio al primer hombre con músculos y voz seductora que encontremos. Porque eso fue lo que nos enseñaron, las películas nos forjaron cuando no había nadie para decirte la verdad de muchas cosas. Mi inseguridad fue mucha, con la autoestima por el suelo he vivido todos estos años. Abrí una cuenta de Facebook y le dedicaba doce horas diarias, conocí chicos que me coqueteaban y me hacían sentir bien. Por fin sentí que era alguien. Perdí mi virginidad con Luis cuando tenía quince años, dos días después de haber hecho el amor conmigo me bloqueo en su cuenta y nunca más me llamo.

Supere todos esos malos ratos, y esas escenas siniestras que tuve de niña. Empecé a salir todos los fines de semana, me propuse a no pensar en cosas que deterioraran mi presente. Mis fotos en Facebook llegaron a tener tres mil Likes cada una. Conocí a Roberto, Eduardo, Francisco, Lucas, Rodrigo, Luis, Mariano… y otros que en estos momentos no recuerdo los nombres. Lo sé, fui una regalada, por acostarme con todos ellos.

Tenía una sensación de confortación en mí, todo ese tipo de cosas mundanas que hacemos los la mayoría de los jóvenes, los orgasmos y las caricias de los hombres me sacaban de ese sufrimiento. Me sentía acompañada. Las salidas con los hipócritas de mis amigos, los viajes, las fiestas, las discotecas… todo. Todo actuaba en mi corazón magníficamente, una sensación de euforia y adrenalina se apoderaba de mis penas en la realización de cada actividad de rebeldía. Mi padre decía que: «la soledad emana marginalismo, el marginalismo emana ingenuidad, la ingenuidad emana curiosidad. Y aquí está la desgracia, no hay humano más vulnerable que el ingenuo y marginado». Recuerdo esa frase con precisión, porque está en uno de sus libros más famosos. Sólo ese libro y otros tres, tengo de los quince que escribió.

Hoy es 28 de diciembre, ayer iba para mi casa en un taxi ebria y drogada, después de pasar la noche en una de las discotecas en las que suelo ir de seguido. En cierto momento, escuche las llantas del taxi relinchar, me di cuenta que habíamos frenado. Mire a través de las ventanas y con los ojos entorpecidos por el alcohol, no tenía idea de donde me encontraba. De las visiones borrosas que me quedan, puedo decirles que abrieron la puerta dos hombres robustos de piel blanca. Me golpearon en el mentón derecho y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, note dos bolsas de solución salina sobre mí en un atril, una tenía un color amarillento; mientras que la otra era de tamaño más pequeño y tenía un esparadrapo en el cual había una carita feliz pintada con marcador azul. Estaba tendida en una camilla negra, fría y pegajosa. Trate de levantarme pero me fue imposible; sólo alcance a divisar que estaba desnuda, y dos hombres y una mujer con tapa bocas estaban colocando en sus manos guantes de plástico. Uno de ellos se dio cuenta de que estaba despertando, corrió a un cilindro de oxígeno, tomó una manguera delgada con dos palillos que le sobresalían y lo introdujo en los orificios de mi nariz.

Lo último que vi fueron mancha de luces amarillas y lo ojos de seres infernales que sonreían mientras perdía mis sentidos. Y ese silbato de máquinas al fondo que escuchaba como una melodía de bienvenida al infierno. Me aferre a Dios desde ese momento.

El tiempo que paso se me es desconocido, sentía mi entre pierna ardiendo y mojada, luego llego un estremecimiento en mi cuerpo, un golpe en la cara, una mordida en mi seno derecho que me arranco un pequeño pedazo del pezón. Cuando abrí totalmente los ojos, había uno de los hombres que había visto antes, encima de mí, podía sentir su respiración agitada. Al fondo, el segundo hombre que estaba en la sala, estaba quitándose la correa y pidiendo su turno.

No grité, ya no había salvación. Sufrí en silencio y con lágrimas que mojaban mis orejas.

Luego me golpearon, una vez más perdí el conocimiento. Abrí los ojos tan bruscamente que sentía estar en una pesadilla ideada por el hombre más psicópata. Me levante en este lugar, yerba mojada de orina y revuelta con heces de los mendigos. Toque mi estómago y note una herida larga que empezaba desde mi ombligo, está mal cocida, ¿me habrán sacado un órgano? Escuche a lo lejos que irán por una cierra y bolsas plásticas. Vi a mi lado un cuaderno sin gastar por completo. Y escuche la voz de mi papá diciendo que me desahogara con la única arma que tienen los débiles, la única arma que es más fuerte que una bomba nuclear. Un arma esperando el pulso indicado para formar la paz del mundo.

Pido que la persona que encuentre esta carta, la lleve a la prensa, y que ellos se encarguen de mostrarla a todos los colegios posibles, sin censurar, ni cambiar ninguna de las palabras aquí escritas. No me preocupa si no encuentran mis asesinos, quiero que este escrito llegue a todos aquellos jóvenes de mi edad que pueden estar pasando por una vida igual de fastidiosa e injusta como la mía. No quiero que haya en el mundo otra persona que pase por esto.

Protagonice la frase más famosa de mi propio padre. Ya es tarde para lamentos, no me puedo arrepentir de como maneje mi vida. Pero ustedes están a tiempo, busquen el amor y escuchen cada concejo de los que los crían. Lean y dróguense sanamente con libros, maten su ingenuidad y no se dejen forjar por los canales de televisión, las novelas y las películas, como paso conmigo. Fui un cordero que busco felicidad en las puertas del infierno, me queje toda la vida, y quejándome voy a morir.

Hoy soy una muérgana cubierta de sangre tirada sobre bolsas de plástico y animales muertos, esperando que mis asesinos terminen su obra maestra. Dejaré estas hojas de cuaderno dobladas en forma un barco de papel encima de un tronco de madera que está a dos metros de mí. Sólo puedo mover la mano para escribir, pero me arrastraré como un reptil para dejar mis últimas palabras, a la espera de un alma curiosa que quiera desdoblar el papel, el cual le pondré en letras grande: ¡ABREME! NOTA: Gina y Marcela, las amo con toda mi alma mis pequeñas hermanas. Si esta carta por cosas del destino llegó a ustedes, sepan que se delineo una sonrisa en mi alma que portare por siempre donde quiera que me encuentre. Porque estoy segura que después de la muerte existe algo que dejará como irreal este mundo. Díganme ¿Entonces esta vida llena de torturas sería una completa burla?

 


AUTOR: Iván Andrés Tovar
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