
I
— ¡Mamá! —gritó Mario, tenía sólo cuatro años, pero la suficiente edad para saber que algo no estaba bien.
El atontamiento por el sueño no la dejaba sentarse, pero abrió los ojos, miró la esquina del cuarto que Mario le señalaba y…
Nada. Vacío total.
— ¿Que pasa bebe?, ¿por qué me despiertas? Ahí no hay nad…
No había terminado de hablar cuando Mario gritó, un alarido que hirió el mutismo de la noche…
— ¡MAMAAAAAA!
… y sintió un hedor a heces tan denso que se le encogió el estómago, las ventanas se abrieron, las cortinas entraron al cuarto como una vela desplegándose en un barco a la mitad del mar; Mario estaba en el suelo, lo estaban ahorcando ¿pero quién?, se podían ver sus ojitos vidriosos pidiendo auxilio intentando no explotarse.
Ella se levantó, pero pisó un juguete de Mario y cayó, golpeándose fuerte la cabeza con el borde del buró del cuarto… lo último que vio fue como levantaban a Mario del suelo, ¿qué sucede Dios?, se preguntó. Y después, oscuridad.
II
Los lunes los detestaban, ¿por qué? Quizás porque ‘SuperPa’, como le llamaban ellas, murió un lunes. Se sentaban en la banca a esperar el autobús escolar, y listo, en eso se iba el día, en esa mirada de niñas frías y vacías que odiaban todo aquel que intentara entenderlas.
Sólo mamá, nada más y únicamente a mamá podían hablarle, no es que sea un pacto o algo parecido; ¿Cómo no hablarle a la persona que amó en vida SuperPa? Caminaban a todos lados de las manos, tanto así, que en el colegio empezaron a gritarles “siameses”, “siameses feas”, “siameses emo”… un sin fin de sobrenombres extraños que se le ocurren hoy en día a los niños de siete y ocho años criados por padres naturalmente amargados o patanes.
Cuando bajaron del autobús, iban agarradas de la mano para entrar a casa, pero estaba mamá al lado de la tía Carmen; las dos sonreían. La tía Carmen vive en Cartagena, es extraño verla aquí; se miraron mientras caminaban y sus miradas parecieron hablar, ¿será que murió otra persona?, se preguntaron.
III
Las paredes del consultorio 312 estaban decoradas de flores doradas y arboles negros en las esquinas, un buen trabajo para que lo haya hecho un hombre tuerto.
Suspiró, y sollozó, como siempre; siempre pasa. A sus pacientes les dice que suspiren para que se tranquilicen y ella POR FIN entiende la farsa que les aconseja, entendió porque todos decían que eso no les funcionaba.
Suspiraba y sentía que el aire en sus pulmones le despertaban todos los recuerdos, hasta lo que creía olvidados, de él… Le había prometido ser fuerte, pero ¿cómo ser fuerte cuando eres madre de gemelas al parecer más inteligentes que tú?, de gemelas pequeñas, pero que parecen tener más secretos que todos los pacientes que llegan a consulta con ella.
El teléfono sonó.
— ¿Qué pasó Rebeca?, ¿ya se acabaron los pacientes?
— No señora, es decir, si, ya se acabaron. Pero…
— Pero qué Rebeca, dime.
— Hay una señorita aquí que dice ser su cuñada, se llama Carmen.
— ¿Carmen? —Preguntó, como si no tuviera idea de quien era—, no, si, si dile que pase.
Desde el funeral de su esposo no había visto a Carmen, era una muchacha de veinticinco años aparentemente inteligente, vivía en Cartagena y era poco lo que trataba con ella.
Carmen sabia el problema, se enteró de que las niñas llevan dos meses sin hablar con nadie, apenas cruzan palabras con su madre, y eso le preocupaba. No quería irse a Cartagena y dejar ese extraño comportamiento en ellas. Porque era su sangre, la sangre de su hermano. Su único hermano, que en estos momentos debe tener las cuencas vacías llenas de gusanos, porque tres días antes de morir ya no tenía ojos.
— Hazlo por ellas, ¿sí? Por favor, mira, si no quieren quedarse en mi casa con mi madre, pues pueden pagar un hotel. Conozco uno que alzaron hace pocos años, se llama “Hotel Holidays”, sé que les encantará a las niñas —Carmen veía que era más difícil de lo que pensó—. También lo amaba… no me perdono no haber llegado a tiempo y tratar de evitar que eso sucediera —y Carmen se echó a llorar.
Parece una buena idea, quizás eso las despeje… puedan ser niñas normales otra vez, pensó la viuda, ¿tú que dices, amor?
Levantó el teléfono, le dijo a rebeca que aplazara los pacientes de esta semana y que disfrutara de estas pequeñas vacaciones inesperadas.
— Bueno doctora, se lo merece, que Dios la acompañe, aprovecharé para visitar a mi papá en Barranquilla que no ha estado últimamente bien de salud. Tiene mi número.
Luego de dos horas. Estaba en casa. Equipajes, dinero, medicinas…Ya todo estaba listo, escuchó el autobús parar en la esquina de la calle y salió con Carmen a la terraza.
Dos gemelas de cabello rubio y pecas, me dejaste un gran regalo, amor, y sonrió mientras veía a las niñas acercarse agarradas de la mano.
IV
Briseida caminaba por un sendero extraño para ella, está preocupada, en la mayoría de esos sueños siempre iba con Camila; quizás Camila no está dormida y ella sí. Mira hacia arriba y hay luces blancas, al frente se podía ver una ciudad que ella tampoco conocía, pero detrás, había algo que si conocía; pero no porque allá estado ahí.
Era el mar, y el mar todo el mundo lo conoce, pero no todos se han bañado en él. La idea de estar en un edificio frente el mar le entusiasmo. Ya era de noche, podía escucharse una paz enorme, miraba las puertas mientras caminaba, 602, 603…
Sexto piso, pensó. Cada cinco puertas había un callejón de paredes de vidrío, donde se podía ver la ciudad a un lado y el mar oscuro y bullicioso al otro. Siguió por todo el corredor, está vez corrió. Le encantaba la idea de estar frente el mar. Al fin podría conocerlo.
Se agitó y miro a la derecha, el ascensor estaba a su lado, sólo era tomarlo y bajar a conocer el mar. Pero…
¿Qué era? Sonaba como… ¿Quién llora?, se preguntó Briseida. Alguien lloraba, el sonido venia del camino que había dejado; se volteó, alzó la mirada y vio la habitación 614. Miró el largo pasillo, y, al lado de unas macetas había alguien acurrucado.
Ahorita pasé por ahí y no había nadie…
Tenía la cara metida entre las rodillas y las manos sobre la cabeza, tratando de ocultarse,¿pero de quién?, se preguntó Briseida, Camila, ¿por qué no estás aquí?
V
— Si le decimos a mamá creerá que estamos loca —espetó Camila.
— ¿Entonces a quién? —y a Briseida se le salieron las lágrimas en la oscuridad del cuarto, También soñé que volabas, pensó Briseida, pero no lo dijo.
— A nadie, SuperPa está enfermo y mamá sólo tiene tiempo para sus pacientes —se acercó a su hermana—, este será nuestro secreto, ¿vale?
Briseida asintió mientras se secaba las lágrimas.
Camila sabía que era la mejor decisión. No sabía mucho de decisiones, pero SuperPa les había enseñado que lo mejor mis princesas, es decidir siempre por el bien de la familia, a veces el que decide tiene que sacrificarse un poco. Y contarle a mamá que, desde que cumplieron siete años, ven el futuro, sueñan cosas juntas y que en todos lados y todo lo que ven y sueñan, siempre hay gente muerta (parece el aperitivo mayor; nos persiguen los muertos, le había dicho una tarde en el colegio Briseida cuando le contó que vio un niño muerto acostado en enfermería, era Mauricio, y Mauricio murió dos días después cuando se cayó del segundo piso de la escuela). No, definitivamente no era para nada una buena idea, tampoco era un bien.
Mamá es atea, no cree en fantasmas y mucho menos en que la gente muerta te visita antes de que se muera. Camila lo sabía. SuperPa y mamá discutían a cada momento porque mamá no quería que SuperPa les hablara de Dios. Porque Dios da permiso de actuar irracionalmente, le gritaba mamá. Pero ella no sabía que era “irracionalmente”, ni tampoco sabía quién era “Dios”. Hasta que llegó el funeral de SuperPa y mamá les dijo que a donde irían, la gente se para frente de una estatua nada agradable, un viejo generalmente con toga, rezan cosas que se saben de memoria, esperan y piden cosas que no llegarán.
Eso de Dios debe ser algo muy malo, pensó Camila. Cuando tengan miedo y necesiten ayuda cierren los ojos y pídanle a Dios, y él les ayudará, les había dicho SuperPa una mañana a escondidas de mamá. Miró a Briseida, sudaba, pero no por el calor, la ciudad a la que habían acabado de llegar era caliente, pero el aire del carro estaba frío. Entonces lo supo, y tiró la cabeza hacia atrás para dormirse, su hermana seguro estaba en problemas.
VI
Briseida había dado un paso hacia aquella persona acurrucada que lloraba desconsoladamente y con temor. Cuando dio el segundo sintió la mano tibia de Camila, se miraron, sonrieron, y Camila sin preguntar ya supo dónde estaban y que pasaba.
La noche adornaba el momento dándole un toque tétrico, pero Briseida y Camila no sentían miedo…
Uno se acostumbra a ver gente muerta.
… porque ya estaban las dos juntas. Y eran conscientes que vieran lo que vieran no podrían salir de ahí hasta que las despertaran.
Caminaron hacia las macetas. Cuando estaban llegando se dieron cuenta que era un niño, un adorable niño de aproximadamente tres o cinco años, era de piel negra y tenía el cabello abundante y rizado. Asique se aproximaron y justo frente de él, Camila se agachó y le toco una rodilla.
— Hola.
Briseida también se agachó y acaricio el cabello frondoso del niño, estaba descalzo y sólo llevaba una franelilla blanca con un bóxer color rojo.
— ¿Qué sucede? ¿Por qué lloras? Te podemos ayudar.
— Yo me llamo Briseida y ella Camila, ¿cómo te llamas tú?
El niño, temeroso, temblando y aún demasiado nervioso para hablar bien, alzó la cabeza. Su tierna cara estaba hinchada, no simplemente era por el llanto, quizás se golpeó, un golpe fuerte, pensó Camila.
— Ma… Mario —masculló. Volvió a meter la cara entre las rodillas y a gritar fuerte, llorando, gimiendo como una persona perdiendo un ser amado; aterrorizado estaba aquel pequeño que encogía el corazón de las gemelas.
— ¿Que sucede? ¿Por qué lloras así? —preguntó Briseida, con un tono de voz tierno y consolador. Mario, sin hablar, respondió todas las preguntas, sólo levantando uno de sus delgados bracitos y señaló algo detrás de las gemelas…
Cuando ellas voltearon vieron una puerta igual que a las demás, era la habitación 607; se miraron, y resolvieron que tenían que averiguar que pasaba. Les gustaba ayudar, eran medrosas pero no podían dejar aquel niño sufriendo hasta la eternidad. Se pararon frente la puerta, se agarraron de la mano.
Briseida tomó el picaporte de la puerta, y se abrió sin ella ni siquiera intentar abrir. Las luces del cuarto se prendieron como si las estuvieran esperando…
— Hola —dijo aquello que vieron, sólo el tono de voz fue suficiente, gritaron y salieron corriendo, corrieron, corrieron como les permitía sus vestidos rosados; el corazón les latía tan fuerte que sentían morir en cada paso que daban… llegaron al ascensor para bajar, y después de un PIN, se abrió, y estaba ahí aquella misma cosa; cayeron sentadas en la baldosa gris por el susto y aquello venia saliendo parsimoniosamente, el mar sonaba fuerte, el viento silbaba, la noche arropaba con una oscuridad fúnebre los pasillos…
VII
La oscuridad la aborrecía de niña; pero estas veces en que el cielo parecía caerse con chorros de agua y olas de viento, estas veces en que sentía las caricias y la respiración de un ser extrañamente melifluo, de un ser que amaba desde sus órganos hasta las lombrices, la oscuridad junto con todos sus monstruos eran una oleada de humo que se disipaba sobre un lago de amor, lealtad.
Son tan gratos los recuerdos, esos recuerdos que alimentan la fatiga guardada por las veces que evitamos llorar, como por ejemplo esos recuerdos que te desestresan en un trancón en medio de una ciudad caliente.
Carmen y las gemelas dormían. La temperatura estaba a treinta grados centígrados y el tráfico de la ciudad no colaboraba, las carreteras eran del ancho de una calle del barrio más pequeño de la ciudad de dónde venían. Tenía la mente repleta de recuerdos, soltaba sonrisas precedidas de lágrimas. No es fácil ser viuda.
Iba por una avenida larga, llevando el camino que le indicó Carmen antes de quedarse dormida, para llegar al majestuoso ‘Hotel Holidays’…
— Me preocupan las niñas, me preocupas tú. No quiero dejarlas.
— Tranquilo, todo saldrá bien. Sé que sí.
— Te amo tanto Laura. Tanto…
Una bocina la sacó de sus evocaciones y apretó el freno, fuerte, hasta el fondo. Las llantas del carro chillaron y un humo blanco apestoso a caucho quemado emanó desde el asfalto. La sacudida despertó a Carmen que profirió un “Dios mío”, las gemelas se despertaron y gritaron, fuerte. Como si el bus que casi choca con ellas hubiera sido un monstruo rugiendo y escupiendo el aliento de los muertos del infierno.
— Todo está bien —las calmaba Carmen—, no pasó nada.
— ¿por qué gritaron así mis pequeñas? —Las gemelas aun nerviosas se miraron y negaron con la cabeza, sin saber que niegan— ¿Acaso una pesadilla?
Volvieron a negar con la cabeza y, de repente, a Camila se le voltearon los ojos, se mordió la lengua, sangraba por la boca y su cuerpo se estremecía.
— Mamá —lloraba Briseida. La epilepsia de la que sufrían desde hace dos años ya las tenía hasta la madre.
VIII
Laura siempre que se levantaba marcaba con una ‘X’ el día que ya había pasado en el almanaque, la ‘X’ estaba en el quince de abril del 2018.
— Es lunes, susurró Briseida —Camila asintió.
La casa era enorme, llena de cuadros y muebles que para nada combinaban con el color marrón de la pared.
La última vez que soñaron estar en casa, fue cuando Pichirilo, el Pug travieso que SuperPa les había regalado a los seis años, se murió temblando frente de ellas en el patio. Ninguna de las dos lloró, ni siquiera se inmutaron…
Uno se acostumbra a ver gente muerta.
…porque desde que aparecieron en casa presintieron que alguien ahí moriría. Por eso el lunes dieciséis de abril no les gustó para nada, antes de si quiera comprobar el día en el almanaque, las dos se pusieron a llorar en la soledad de la casa como si la vida hubiera acabo ahí, en ese instante que estarían por ver algo que injustamente ellas presenciarían. En la vida real el “Son sólo niñas” no tiene preferencias; porque en la vida real los niños parecen ser deseados exacerbadamente por la maldad.
SuperPa tenía una venda en los ojos, un revolver sujetado por sus manos y tal vez porque ellas no se atrevieron a ver más, o simplemente en su naturaleza estuvo alejarse de la escena. Apretaron los ojos y salieron del cuarto de SuperPa, luego de un minuto exacto se escuchó un fuerte disparo. Retumbó en las paredes, en la casa, en las entrañas de las gemelas como un veneno amargo cambiándoles la vida.
Briseida y Camila, después de haber sido llevadas al hospital Naval, y que el doctor Amador, las haya chequeado hasta concluir de que se encontraban en perfecto estado. Se estaban despertando, estaban en una cama extraña, al estar casi llegando al hotel quedaron dormidas; y estos momento el profundo y pesado sueño las amarraba a la cama.
De repente.
Despertaron en el mismo cuarto, el reloj de pared marcaba las tres de la mañana, las ventanas estaban abiertas y las largas cortinas blancas penetraban en la habitación. Formidable se veía la luna y el mar, tan hermoso paisaje se divisaba que cualquiera se estremeciera. Somos tan insignificantes, pensó Briseida.
Al lado de la cama, en el suelo de baldosas grises, entre la oscuridad y la poca luz que dejaba entrar la luna a la habitación. Había una mujer de cabello crespo botando sangre por la cabeza, tenía un cierto parecido a…
― ¡Camila! ―y Briseida le señalaba la ventana mientras caminaba a la pequeña terraza.
El viento pegaba fuerte, retumbaba en las ventanas de vidrio y soltaba un enorme silbido, como el viento en la proa de un barco.
Camila y Briseida se llevaron la mano a la boca, de puntitas, mirando hacia abajo, estaba tirado Mario con los brazos puestos en una posición demasiado difícil para un vivo, había un charco de sangre que salió desde su boca y tenía el cuello hinchado. A cinco metros de él, había un columpio que se mecía por el viento y una piscina enorme con un letrero diciendo PARA MAYORES DE CINCO AÑOS. Se miraron, y todo tenía sentido, porque estaban dentro de la habitación seiscientos siete.
IX
― El señor de allá, tiene un periódico con un anuncio extraño, ¿sería este el hotel donde ocurrió?
― Cálmate Laura, apenas acabamos de dejar a las niñas en la habitación, apenas acabamos de llegar, y ya te pondrás a buscar preocupaciones ―espetó Carmen.
El restaurante del hotel Holidays era grandioso, o al menos, eso pensaba Carmen. Música tropical de fondo y decoraciones de flores reales. Pero Laura no se veía tranquila, no le gustaba la idea de ver el título de aquel periódico, parecía antiguo, pero no le gustaba nada.
MADRE ESQUIZOFRÉNICA MATA A SU HIJO DE CUATRO AÑOS LANZANDOLO DE UN SEXTO PISO EN UN HOTEL EN CARTAGENA, decía el enorme anuncio del periódico.
― Es que nos dieron una habitación del sexto piso, no es que me de miedo o algo así, sólo que desde pequeña he odiado las coincidencias ―y tomó un trago de soda. Carmen tomaba whisky.
― Mi hermano también decía lo mismo, tenían más en común de lo que aparentaban. Mira ese de allá, dime que piensas de él, ¿ah? Psicóloga.
― Ya te está entrando el whisky al cerebro ―y arrugó el ceño.
― Todo estará bien, si quiere me quedo con ustedes esta noche.
Laura asintió. Luego de dos horas cuando ya eran las siete de la noche y Carmen apenas podía con su cuerpo, subieron a la habitación donde aún dormían las niñas.
― Seiscientos cinco, seiscientos seis y ¡seiscientos siete! Yupiii, jajaja Tú si eres aburrida, cuñi ―Al entrar Carmen se tropezó con una estatua de hierro.
― ¿Quién carajos se le ocurre poner un puto caballo de hierro en la entrada de un hotel?
― ¡Cállate! ―Instó Laura y señaló a las niñas.
X
― ¿Creen en los duendes? ―preguntó la voz.
Camila y Briseida saltaron de la cama, todo estaba oscuro, mamá estaba al lado de ellas dormida y en el sofá estaba la tía Carmen. Pero la tía Carmen no se encontraba bien, tenía la cara morada, no respiraba y el cuello lo tenía hinchado, tan hinchado que parecía tener un collar de carne.
Murió, pensaron. Miraron a la puerta de la habitación, y en números negros, grandes y de hierro, estaba el 607.
― ¡Mamá! ―gritaron al unísono. Si tan sólo lo hubieran podido evitar, si tan sólo hubieran estado despiertas cuando subieron a la habitación. Lo hubieran podido evitar, ¡claro! Pero eran niñas, y las niñas se cansan en los viajes, se duermen como un muerto y no las levanta nada al menos que sea un ser del otro mundo queriendo asesinarlas.
Laura se levantó, de todos modos no estaba tan dormida, y escuchó la voz, pero era tan escéptica que se engañó a si misma diciéndose que era el estrés y los nervios.
― ¿Que pasa niñas?
― Hay algo que nos quiere matar, ¡vámonos de aquí mamá! ―lloraban.
― Pero… ―y vio el cadáver de Carmen iluminado con la exigua luz de la noche―. Alguien entró ―susurró.
― No es alguien mamá, no es alguien vivo ―decía Camila.
― ¡Es un duende mamá!
― ¡Es un duende mamá! ―las dos se abrazaban.
Laura se levantó de la cama, pero antes de poner los pies en el suelo…
― ¡No! ―Farfulló Briseida― ¿Mami?
Cuando tengan miedo y necesiten ayuda cierren los ojos y pídanle a Dios, y él les ayudará… recordaron las dos.
Apretaron los ojos.
Se abrazaban en la cama, pero el sonido de la estatua de caballo con el cráneo de mamá en el suelo no las dejaba concentrar muy bien…
―…te prometemos que si nos escuchas…
SHUK, TRIPCH…
―… ¡por favor Dios! ―gritaban.
Y todo se calmó.
La sangre de mamá corría por el piso hasta la hendija de la puerta. Podía verse negruzca y fúnebre bajo la luz plateada de la oscuridad, como una baba perniciosa arañando la noche con impertinencia.
Justo al frente de la cama, con una sonrisa maliciosa y unos ojos morados, brillantes como una perla y siniestros como una lluvia de demonios. Estaba agazapado un duende, podía tener un metro de altura, con largos brazos y extremidades gruesas, su piel era verdosa y babosa. Como la de un feto saliendo muerto del vientre de su madre.
Llevaba un gorro navideño mugriento y profería un sonido extraño con su respiración, un siseo o un chillido que provenía desde su amorfa garganta.
Las niñas gemelas, que ahora el reguero de sesos en la habitación le mostraban que eran huérfanas, sentían un dolor en el pecho, pero no era dolor por la perdida y la soledad, era el dolor truculento del miedo. DEL TEMOR. Del no saber qué hacer…
― Hola ―siseó. Su voz parecía más el chillido de un cerdo que el tono de voz de los duendes de las películas de fantasía. Las ventanas de la habitación se abrieron y desplegaron las cortinas a su interior con el inconmensurable viento que provenía del mar. Y Briseida gritaba, gemía, pero la noche era detestable y fastidiosa. ¿Qué sucede?, se pregunta Camila aun en la cama; pues todo lo consumía en cámara lenta.
Briseida estaba a cinco centímetros alzada del suelo, el duende la tenía por el cuello, luego hizo u traspié y la tiró sobre el grande espejo del cuarto.
Briseida se cortó los brazos y las piernas con la lluvia de vidrios, y quedó inconsciente cerca del cadáver de color lila de su tía Carmen.
Hermanita, susurró Camila en sus pensamientos con todo el cuerpo temblándole.
Lo mejor mis princesas… la voz de SuperPa en sus recuerdos.
― Quie… ¿Quién eres? ―preguntó Camila entre dientes a la oscuridad.
― Soy lo que tú quieras que sea ―se subió a la cama y los ojos color lila parecían penetrar los sentimientos de Camila―. Mario me llamaba Elfo. Algunos cocineros y aseadores me llaman Duende…
…es decidir siempre por el bien de la familia…
― ¿Cómo me llamarás tu encantadora princesa? ―preguntó mientras se agazapaba frente de Camila bebiéndola con los ojos.
…a veces el que decide tiene que sacrificarse un poco. Y seguía repitiéndose esa frase como un casete rayado, la voz de papá fuerte y dulce:
A VECES EL QUE DECIDE TIENE QUE SACRIFICARSE UN POCO
Vio a mamá, a Briseida, a Carmen. ¡Oh, Briseida! Aún está viva.
Como una ayuda divina, o simplemente la imaginación desaforada de una pequeña tratando de ser valiente; llegó su cabeza una idea, una salida, insistiéndole como unos dedos rascándole la nuca…
…a veces el que decide tiene que sacrificarse un poco
….Y sin pensarlo más, se levantó y empujó al duende, nunca olvidará el fatal olor que quedó en sus manos al tocar aquella asquerosidad. Él la agarró por el cabello, pero su decisión era más firme, se le arrancaron varios mechones cuando impulsó su cabeza para soltarse…
Sin ni siquiera probar una segunda deliberación en lo que seguiría, se subió sobre los barrotes plateados que resguardaban la pequeña terraza…
Y saltó.
Cerró los ojos, como intentando dormirse o morir antes de tocar el suelo; sintió la brisa fría del viento, el sonido del mar, el aroma de papá, la risa de Briseida y la protección de mamá, esperándola al final de la caída para consolarla. Después de sentir que las rodillas se le partían y el tórax se le astillaba hasta perforarle el corazón, abrió los ojos, inocentemente. Y pudo ver la enorme luna hinchada como se desvanecía en un remolino de colores oscuros, que le robaron el alma para dejarla penando en la habitación 607 del hotel Holidays.
En la habitación, mientras Briseida abría los pequeños ojos claros, pudo ver como se retorcía de dolor aquel ser demoníaco, pero eso no le inspiró gracia. Se echó a llorar, porque atrás estaba su hermana con el cuerpo pálido como el de un cadáver y una mirada llena de odio sobre el duende. Camila miró la puerta y se abrió bruscamente, levantó su delgado brazo izquierdo y se la señaló a Briseida.
— Vete —ordenó.
Y Briseida llorando caminó cuidadosamente sobre los sesos de mamá para salir a pedir auxilio.
XI
Briseida sentada en el borde de la cama, contempla como duermen sus compañeras, un sueño profundo. Quizás porque ellas no han visto lo que yo, pensó. Ya tiene dieciséis años, aun no se acostumbra al orfanato. Pero el orfanato está muy lejos de ser el peso pesado que tiene en los hombros. La verdadera preocupación que la desvela, lo que le asusta…
— ¡HERMANA AYÚDAME! —Implora Camila, todas las noches, a cada momento, en sus pensamientos.
— YA NO PUEDO CONTROLARME, AYER MATÉ AUN COCINERO… AYÚDAME HERMANA, AYÚDAME, ME ESTOY VOLVIENDO MALA…
Briseida sacó una pastilla triangular de debajo de la almohada, la masticó, y se acostó.La maldita droga se consigue tan fácil, pensó.
— ¡AYÚDAME!
Y Briseida se acurrucó, y empezó a llorar, otra vez, como hace ocho años…

AUTOR: Iván Andrés Tovar
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