Saltar al contenido

Criatura demoníaca perturba una familia

Esa noche se había ido la luz en el barrio; me desperté apenas escuché sus pisadas en el pasillo, “¡papá!, ¡papá!”, venía gritando, “hay algo debajo de mi cama, papá”. Yo me levanté de un salto espantado, mi esposa se levantó igual de rápido que yo. Abrimos la puerta entre la oscuridad y pude ver —con la poca luz que había— las lágrimas de mi pequeña Luciana. Se aferró a mi mientras seguía gritando: “¡hay algo debajo de mi cama, papá, hay algo y Fanny no despierta!… hay algo, hay algo”.

     —Ya pasó, princesa, seguro era una pesadilla —le decía yo para tratar de calmarla.

     —No papá, ¡no ha pasado!, hay algo debajo de mi cama y Fanny no despierta… —lloraba y hablaba a la vez, con esa voz chillona que tienen los niños cuando llevan varios minutos llorando. Miró la puerta del cuarto con temor, hacia el suelo, como si algo viniera arrastrándose en la oscuridad del pasillo; luego gritó más fuerte, su voz fue un alarido que me estremeció el cuerpo—. ¡No despierta papá! ¡Le pegaba y no despertaba!

     Mi esposa se colocó una toalla sobre los hombros y prendió el celular para ir a la cocina. Al volver traía una vela prendida en un pequeño plato de loza, esos donde posan las tazas de café.

     —Ven cariño, vamos para que veas que no hay nada —le dijo mi esposa.

     Yo caminaba detrás de ellas, las sombras de los objetos se movían de un lado para otro a medida que mi esposa caminaba con la vela. Pasamos por el baño, luego por la habitación que estaba llena de mis herramientas y de las cosas viejas de la familia. Al llegar a la habitación de mis hijas, Luciana me dio la mano para que la agarrara; entramos junto con mi esposa. La cama de Luciana tenía las cobijas tiradas en el suelo, en la otra cama, arropada hasta los hombros, estaba mi otra niña, mi querida Fanny; parecía un ángel durmiendo en una nube… Se veía tan… curiosa, que a mi esposa y a mí nos tranquilizó.

     Le quité la vela a mi esposa para colocarla en el piso, me asomé debajo de las dos camas, incluso abrí las puertas del closet para mostrarle a mi pequeña Luciana que todo estaba bien…

     —¡Rasguñaba el piso papá! —Decía mientras volvía a llorar, miró a Fanny y luego a su cama; abrazó a mi esposa y susurró— ¡Créeme mamá! ¡Hacía como un perro! ¡Créeme!

     Yo había revisado todo el cuarto, no notaba nada extraño, ni siquiera el viento se escuchaba. Pero ver a mi hija así me aterraba, ninguna de mis hijas había temido nunca antes a la oscuridad… Pues, mi esposa y yo somos ateos, y educábamos a nuestras niñas de una manera muy distintas a como lo hacen los creyentes; nunca les hablábamos de brujos, de demonios, de hechicerías ni nada de eso. Ellas sólo le temían a sacar una mala nota en el colegio, o, a que se fuera la luz cuando iban a dar sus programas favoritos.

     —Bueno, ¿Qué te parece si duermes con nosotros? —le propuse, pero ella levantó su bracito y señaló a Fanny— Listo, Fanny dormirá también con nosotros —le aseguré.

     Al día siguiente mi hija estaba tranquila. Fanny ni siquiera se despertó en la noche mientras la cargaba para llevarla con nosotros; en la mañana le preguntó a mi esposa por qué la habían cambiado de cama, mi esposa sonrió y le dijo que su hermana había tenido pesadillas.

     Los días transcurrieron, todo estaba bien. Hasta que… Hasta que una noche sentí que algo me lamia el pie derecho. Al principio pensé que era un sueño, pero el roce de la lengua era rápido y fastidioso, se sentía demasiado real; trataba de levantarme, mis ojos estaban abiertos e inútilmente sólo podía mover algunos dedos de las manos, mi cuerpo no reaccionaba. Tanta fue la impotencia que solté un grito y mi esposa se levantó corriendo a prender el bombillo.

     Justo al momento de sentir la luz en mis ojos, me senté lentamente en la cama, la cabeza me dolía, también me sentía mareado. Antes de mirarme el pie mi esposa ya lo estaba viendo… Lo tenía cubierto de sangre en la planta, como si me hubieran echado pintura roja con una brocha. Limpié la sangre con la sabana para ver si tenía alguna herida, pero nada, la sangre no era mía.

     Mi esposa y yo nos quedamos viendo por cuatro o cinco segundos, en silencio, confundidos y aterrados; no sabíamos que conclusión sacar. Sé que ella también había recordado aquella noche, aquella donde Luciana corrió a nuestro cuarto gritando que había algo debajo de su cama. Sin decirnos nada, salimos corriendo al cuarto de nuestras hijas. Al entrar prendimos el bombillo, notamos que las dos dormían muy tranquilas. Todo era silencio y calma, pero cuando iba apagar el foco, creí ver algo, como una gota.

     Me acerqué para mirar bien, y noté una gota de sangre bajando por el borde de la cama de mi pequeña Fanny, abajo ya había un pequeño y ovalado charco. Ella estaba arropada hasta los hombros, como de costumbre, como le gustaba dormir, lo extraño era que estaba al borde de la cama y la sabana se veía húmeda…

     La respiración se me aceleró, me acerqué despacio, como tratando de no despertarla. Agarré la sabana y la quité de un tirón. Recuerdo de ese momento el fuerte grito de mi esposa y el olor, un olor como a… ¡No sé cómo describirlo!, sólo he sentido ese olor entrando a las carnicerías. El vientre de mi hija estaba abierto, se podía ver su piel rasgadas a tirones, como si un animal salvaje se hubiera alimentado de ella.

     El olor de la sangre, esa manera en como se movieron las tripas cuando quité la sabana, como una docena de gordas lombrices resbalándose al suelo… Díganme, ¿cómo olvidar eso?

     Cuando reaccioné, me di cuenta que en la otra cama Luciana estaba despertando; fui de inmediato a cogerla de la cama para que no viera esa imagen espantosa. Me la llevé para la sala; mi esposa se había quedado llorando en el cuarto. Mi respiración estaba muy agitada, senté a Luciana medio somnolienta en una silla mientras trataba de digerir todo lo que pasaba. Busqué tembloroso el teléfono fijo —¡Ay!, recuerdo como me temblaban las manos mientras marcaba—, llamé a emergencias, y… todo fue horrible ¿saben? Mi esposa duró cinco semanas internada en una clínica psiquiátrica, mi hija lloró tanto la pérdida de su hermana que se convirtió en una niña amargada, no hablaba con nadie, no reía.

     Como ya les había dicho, el resultado de la autopsia de mi hija fue aterrador. Al cuerpo le hacía falta un riñón, la mitad de un pulmón, y el hígado; tenía mordeduras de una dentadura humana. Nadie se podía explicar que había ocurrido. Todo llegó a tal extremo de confusión que a mí y a mi esposa nos hicieron análisis para saber si fuimos nosotros. Pero no, por más que le decíamos que no sabíamos que había ocurrido no nos creían.

     No hubo investigación alguna, no hubo pruebas contra nadie.

     Después de cinco meses, cuando ya queríamos retomar una nueva vida y olvidar lo sucedido, nos mudamos a esta ciudad; yo conseguí trabajo como profesor de química y mi esposa como enfermera. Las primeras dos semanas fueron encantadoras, conocimos la ciudad y también uno que otros nuevos amigos. A mi hija Luciana le festejamos su décimo cumpleaños en Mc Donald.

     La casa es un poco más pequeña que donde vivíamos antes, sólo tiene dos cuartos, un baño, una cocina y una sala.

     Cuando ya mi hija empezaba a mejorar, cuando mi esposa ya estaba dejando de tomar antidepresivos. Cuando ya empezábamos a superarlo todo…

     Perdón, se… se me es difícil continuar.

     Lo que sucedió anoche la mayoría de ustedes no me lo creerán, seguramente pocos en el mundo lo harían, pero estoy cumpliendo con decirles la verdad.

     Hoy en la madrugada, o a media noche, no recuerdo, me levanté a orinar, como siempre lo hago. El baño queda entre las dos habitaciones. Cuando estaba orinando reí escuchar algo, pero no le presté atención, tenía sueño y es normal que se imaginen cosas cuando uno tiene sueño. Pero luego que terminé de orinar, volví a escuchar algo, y esta vez completamente claro.

     —¿Quién eres? ¡No me hagas daño!, por favor. Por favor —era la voz de mi hija Luciana, apenas era un susurro. Sentí que el corazón se me había bajado a latir al estómago; pensé en salir corriendo a la cocina para buscar un cuchillo, sentía la necesidad de matar a quien sea que haya entrado a mi casa. No sé qué extraño pensamiento tuve después, pero en vez de salir corriendo a salvar a mi hija, pegué el oído a la pared con un extraño éxtasis.

     —Me llamo Ñobro —dijo una voz horrible, como la de un viejo enfermo. Ni en cine había escuchado yo una voz tan espeluznante.

     —No me hagas daño, por favor —decía mi hija, y empezó a llorar. Escuché un gruñido, como el de un perro cuando te quiere morder. Y luego, no sé qué escuché primero, si el sonido de la carne siendo arrancada del cuerpo de mi hija, o sus gritos.

     Salí corriendo al cuarto de Luciana, abrí la puerta y enseguida prendí el foco. Mi hija estaba en una esquina de la cama, acurrucada; cuando me vio me mostró su brazo izquierdo, o lo que quedaba de él, sangraba en abundancia. Algo le había arrancado el brazo a la altura del codo. Tenía un muñón horrible, se le veía la astilla del hueso y la carne maltratada.

     —¡Papa, ayúdame! ¡Me duele mucho! —Gritaba, sus mejillas estaban inundadas de lágrimas.

     La cargué y la llevé a mi cuarto, la sangre que brotaba del muñón me bañaba a mí y a ella por igual. Sus gritos de dolor levantaron a mi esposa, sin preguntar qué había pasado se puso las manos en la cabeza y empezó a mirar por todo el cuarto, pensando, agitada, seguramente tratando de buscar qué hacer para que su hija no se desangrará. Luciana me tenía agarrado por el brazo con su única mano, no dejaba que me levantara. Mi esposa abrió el escaparate, rebuscaba entre los zapatos, tomó uno para verlo y luego lo tiró lejos, tomó otro, esos eran con los que yo salía a trotar por las mañanas. Se sentó en la cama con el zapato, le sacó el cordón con manos temblorosas, respirando fuerte, no tenía que preguntarle para saber que sentía que se estaba ahogando, porque respiraba con dificultad, estaba consumiéndose en el pánico. Yo le quité el cordón cuando vi que sus temblores ya no la dejaban moverse bien.

     —¡Busca los papeles de la niña cariño!, tú puedes, respira, respira, tú puedes. Apenas terminé aquí la llevaremos al hospital —le dije agitado, después me dirigí a mi pequeña con voz firme—. Princesa, ven, préstame el bracito, vamos vida mía, saldremos de ésta, te lo prometo, ya verás, todo estará bien, todo estará bien…

     Seguí diciendo que todo estaría bien mientras le amarraba el cordón en el muñón con fuerza. Ella decía que le dolía, que sentía que algo la estaba chupando fuerte por ahí… pobrecilla…

     Perdonen que lloré, es que…, es que…

     No tranquilo, yo ahorita me enjuago la cara en el baño. Bueno.

     De camino al hospital, mi hija perdía y recuperaba el conocimiento constantemente por la falta de sangre. Cuando despertaba decía cosas extrañas. Cosas como:

     —Era un hombre perro, papá. Caminaba como perro… tenía mucho pelo, mucho pelo, papá. Tenía dientes amarillos, tenía la cara peluda…Tengo miedo… Me dolió mucho, mamá… Caminaba como perro —y luego se desmayaba, cuando despertaba decía lo mismo, una y otra vez.

     En estos momentos no sé cómo está, pues, ustedes querían que les contara todo lo sucedido, y eso hice.

     ¡Por favor, ayúdennos! Mi familia y yo tenemos mucho temor… ¡Ayúdennos por favor!, por favor oficial. Si no me cree lo que le conté, entonces busque el brazo de mi hija. Yo lo busqué por todos los lados de la casa mientras mi esposa buscaba una toalla limpia para arropar el muñón de mi hija, ¡por todos los lados de la casa!… y no lo encontré, no lo encontré. Ayúdennos. Se los ruego…

     ¡Lo busqué por todos lados! No me miren así, no, no, no, yo no estoy loco. ¡No estoy loco! ¡Lo busqué por todos lados! ¡Lo busqué por todos lados!

     No lo encontré…


AUTOR: Iván Andrés Tovar
Derechos reservados.