
Ever lloraba y gritaba, sentía que las cosas no acabarían bien.
― ¡Papá!
― Ellos no me creyeron, hijo, ¡no me creyeron!
Volvió a tomar impulso y está vez fue igual de inútil, la puerta seguía cerrada y el hombro derecho, que fue con el que golpeó, lo tenía más alto que el izquierdo; intentó alzar el brazo pero escuchó un sonido seco casi en la clavícula, y sintió un dolor que le corrió como una culebra rasgándole la carne hasta el cuello.
Pero no es suficiente, el dolor en el hombro no es suficiente para evitar que tumbe esa maldita puerta de madera y evitarlo ¿eh, Ever? Suelta un respingó, y decide tomar mucho más impulso para intentar con el otro hombro.
Pero antes de llegar escuchó el disparo, y dos segundos después el sonido de el estertor de un hombre suspirando antes de ser abrazado por la muerte, un corto chillido que erizó los bellos de Ever. Llorando colocó la frente en la puerta y se dejó caer, pensando en si era capaz de entrar y ver el cadáver del comandante de las fuerzas armadas del país, de ver en qué parte del cuerpo su padre se había metido la bala.
Si fue en la cabeza, serian sesos regados en la pared blanca de la habitación, y seguramente pequeñas gotas de sangre en el cuadro de la familia de la mesa de noche, pudo no haber quedado manchado, pero la vida todo lo decora con ese gusto peculiar del horror. Pero se escuchó un sonido extraño, como el de un ser ahogándose en su propia sangre, no, seguramente no fue en la cabeza…
― O sea, no entiendo algo, exactamente ¿por qué se suicidó tu papá?
Ever suspiró y fijó la mirada en el enorme edificio abandonado de enfrente.
― No sé. Pero si mi padre hizo eso fue por un motivo muy razonable, lo poco que lo conocía me mostraba que… Él no sería capaz de hacer eso ni en el puto fin del mundo.
― Pero mira viejo, mira todo esto, ¿no te parece el fin del mundo?
― Mi padre predijo todo esto ―trago en seco y se acomodó el esparadrapo de la muñeca―, él lo sabía todo, pero incluso hasta yo lo tomé por loco.
Miguel estornudo por la polvareda que se alzaba en la pútrida ciudad. Apretó el fusil al pecho y escupió por encima de él. Miró el edificio.
― Todo terminará, lo sé, Dios nunca abandona a sus hijos.
― Llevo cinco años de conocerte y no me dijiste que eras creyente ―espetó Ever.
― Lo siento por no decírtelo ―señaló al frente―¸ pero hace unos segundos eso me convenció.
El edificio que los ocultaba del sol, tenía una imagen tenebrosa, y con aspecto a muerte y extinción. Con las ventanas rotas y llenas de telarañas, pero con un cartel rojo guindando verticalmente: IGLESIA MAR DE BENDICIONES Dios nunca abandona a sus hijos.
― Si no fuera por ese edificio ya estaríamos pillados ―Ever sonrió y recordó el collar que su padre le había dado a los doce años, con una cruz de plata como dije. Soltó el fusil para rosar el collar con los dedos, de una u otra forma eso lo reconfortaba.
― ¿Crees que lo logremos? ―pregunta Miguel con los ojos cerrados sentado sobre la yerba y con la espalda apoyada una pared de lo que pudo haber sido una casa.
Ever no responde.
Pasaron tres horas. La misión tiene que terminar. Si, los doscientos humanos que quedan el mundo dependen de esos dos hombres. El único científico junto con los últimos tres ingenieros “vivos” que quedan, lo dan todo por esa idea.
“¿Recuerdan la película esa que protagoniza Tom Cruise, Oblivion?, Preguntó uno de los ingenieros entre el hedor del alcantarillado. Todos negaron, pero él les dio un resumen, les contó que el mundo fue invadido por maquinas, y que la única manera de destirpar ese cáncer de la tierra era llevando una bomba al corazón de la nave.
Todos se miraban atónitos, asustados, totalmente confundidos y estresados por el llanto de una mujer que pateaban en uno de los pasillos del alcantarillado; una de las decisiones del grupo era evitar tener bebes por unos años, para no ser pillados. Y ella misma accedió a que le golpearán la barriga hasta producir un aborto. No les convenía tener el llanto de un bebe todo el día.
― Nunca habíamos llegado tan cerca ―susurra Miguel con la respiración agitada.
― El maldito tuvo razón, son débiles a los ocasos.
Al frente había una enorme nave con forma de edificio, de ventanas verdes y miles de luces titilando. Desde donde estaban Miguel y Ever agazapados sentían un denso olor a quemado, pero el olor no parecía provenir de dentro. Se pudieron acercar cuando el sol bañó el cielo con una luz anaranjada.
Nada. Era el momento ideal.
― Al menos nuestros nombres serán recordados ―susurra Ever mientras activa la bomba que llevaba en el bolso.
― Una de las cosas por las que me ofrecí para esto… ―Miguel miró hacia el cielo y no pareció que se viera el final de la nave― Si esto funciona y yo estaba metido en esas alcantarillas, me volvería loco. Sería algo ¿cómo qué? ¿Adán y Eva? ¿De vuelta al principio?
Ever asintió. Lo entendía perfectamente.
― Vamos ―ordenó Ever y sujetó de nuevo el fusil―. Esa es la entrada de la que nos habló uno de los ingenieros. Es como las puertas de supermercado, se abren con calor…
― Ojala así sea.
Corrieron, antes de que la noche llegara con toda su oscuridad, sus tripas tenían que haber reventado junto con esa bomba allí dentro. Después de largos años de estudios, muertes y sacrificios humanos, se dieron cuenta del día, la hora y el año más débil de aquellos Robots.
Todo estaba calculado, todo era y estaba fácil. Entras, hasta el fondo, muy hondo, cuando sientas que ya estás en el centro de lo que sea que esté allí, te estallas, le dijo uno de los ingenieros que ayudó a fabricar esa bomba casi con la misma potencia de una nuclear. Después de tres años reuniendo materiales, merecemos que le vueles el culo a esas chatarras, bebe, le dijo el científico a la bomba cuando la terminaron de preparar.
Entraron, y habían pasado cinco largos pasillos, con el techo a tres metros de sus cabezas. Ever sintió un leve paso, como el susurro de un fantasma entrando en tus sueños. Apretó el fusil, y esperaba encontrar un Robot verde de tres brazos, enorme y baboso, como los que llegaron en naves a matar los humanos para llevarse los cadáveres.
Atrás, Miguel, casi muerto del pánico, estaba listo para echar bala cuando una larga sombra se fu volviendo pequeña al final del pasillo. Y…
― ¡Es un niño! ―farfulló Ever con el ceño fruncido. Se colocó de rodillas e intentó llamarlo, llevaba una piyama de cuadros rojos y un largo cabello hasta las cejas. El niño caminaba hacia ellos. Estaban estupefactos, embelesados por ese encuentro extraño que los hizo confundir más aún. ¿Y los Robots?, se pregunta Miguel aun apuntando con el fusil hacia el final del pasillo sin luces.
El niño llega hacia ellos y Ever lo abraza.
― ¿Estás bien? ―Mira hacia atrás del niño, la oscuridad le evitaba mirar más allá― ¿Y tus padres? ―Le acarició la cabeza, y le apartó el cabello de la frente.
Miguel vomitó. Se le fue imposible no sentir un nudo en su esófago al ver aquel ojo en la frente del niño. Un ojo normal, que espabilaba al ritmo de los dos debajo de las cejas. Ever se echó hacia atrás y apuntó al niño.
― ¡Qué eres! ―gritó. El niño se dio media vuelta y las luces se encendieron. Al final había un hombre de cabello negro con tres ojos azules en la frente. El niño meneaba una cola rosada y velluda detrás, como la de un mamífero mientras anda a paso lento.
Ever escuchó el fusil de Miguel detrás y se volteó. Le dio a un sujeto igual al que estaba detrás de él. Botaba un líquido negro y espeso de las heridas de balas; expulsaba unos alaridos dejando ver unos colmillos amarillentos llenos de una baba espesa traslucida. Tiró el fusil y asintió a Miguel. Metió la mano en el bolsillo y sacó el detonador de la explosión. Llegaban más sujetos iguales y miguel les disparaba gritando detrás de cada bala, hasta que un Robot entró por donde ellos habían llegado.
Se oía en todo el pasillo el chirrido de las articulaciones del robot corriendo para llegar donde ellos. Miguel disparaba, con ansias, con furia… gritando para tratar de darle vida inmortal a las balas. Y cuando Ever cerró los ojos para oprimir el botón con el pulgar, un Robot detrás de él le disparó con los mismos láseres con los que “mataron a los demás”. Y una sombra negra le engulló el cuerpo dejándolo inmóvil. Lo último que pudo escuchar fueron gritos en un idioma desconocido para él. Y sintió un olor conocido, ¿Alcohol?, se preguntó, pero no alcanzó a responderse.
Cuando se levantó iba acostado y desnudo en una lona negra de caucho. Como la de las fábricas cuando necesitan mover el producto para cambiarlo de máquina. Tenía las piernas entumecidas, los labios le ardían y los dientes le titiritaban.
Temblaba como nunca en su vida había temblado, era el frio, el maldito frio combinado con pánico. Pasó por donde habían muchos Robots cargando cajas, tenían una palabra en letras negras a los lados: VYXTAMYN. En algunas ocasiones de la vida recordamos cosas que no teníamos por qué recordarlas en ese momento, o al menos esos creemos.
― Ellos no nos matarán hijo ―le afirmaba su padre arropado en la cama como un niño asustado por el coco―. Ojalá mejor nos mataran.
Por más que trataba no podía levantarse, pero luego de quince minutos lo hizo. Cayó por un conducto en una hierba frondosa, caminó unos metros y se encontró con Miguel.
Donde llegó se veía un terreno enorme, no parecía ser el planeta tierra, porque en el cielo había dos lunas. Todos los humanos tenían un brazalete en el cuello. Todos los humanos estaban desnudos. Y Miguel acurrucado al lado de una roca miró lentamente a Ever, como si no lo hubiera visto en meses.
Ever caminó débilmente hacia él.
― ¿Qué es esto? ―preguntó, y notó que le dolía la garganta.
Miguel con la mirada extraviada se lo quedó viendo. Y soltó una mueca.
― Este collar nos controla, cada vez que un pensamiento de suicidio pasa por mi cabeza me duerme. Nos alimentan, nos dan carne, cosas que comíamos en la tierra y con mejor sabor.
― Pero… ―Ever tosió.
― Han pasado tres meses desde que fracasamos en la tierra. A ti te tenían seguramente congelado.
Ever señaló unas cajas enormes de metal que parecían casas pequeñas.
― Eso son los retretes, Vyxtamyn…
Ever se desplomó de rodillas, y profirió una pregunta en susurros que Miguel no le entendió.
― Se comen nuestra mierda, viejo. Somos como gallinas en una granja poniendo huevos.
Ever se haló el cabello deseando haberse suicidado junto con su padre, corrió hacia una colina pero antes de llegar sintió un frío en el cuello y cayó desplomado en la yerba con un sueño profundo…

AUTOR: Iván Andrés Tovar
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