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Niña mata a su amigo imaginario

      ―Mi papá me dijo que tú no existes en la realidad, que te creó mi mente.

     ―¿Y tú que crees, Ruddy? ―preguntó el hombre gordo con orejas de conejo mientras tomaba el té.

     ―Yo ya no sé en qué creer ―Ruddy levantó su tacita de té de plástico y se la llevó a los labios simulando que sorbía un líquido caliente, luego se fijó en una hermosa mariposa negra que posaba en una  de las hojas del árbol de almendro que se veía desde su ventana―. Ayer vi una mariposa con la cara de un perro y un gato con la cara de un pájaro. Le conté a mi papá y él me dijo que eso no está en la realidad, que los veo porque estoy enferma, pero que no es real.

     ―¿Yo no soy real tampoco, Ruddy? A ver, ¿cómo se supone que estoy hablando contigo? ―el hombre gordo de orejas de conejo arrugó el ceño.

     ―Según lo que me dijo mi papá, en estos momentos es cuando hablo sola.

     ―Entonces ¿por qué yo sé cosas que una niña de tu edad no sabe? Si hablaras sola y yo fuera producto de tu imaginación no podría decirte algo como… ―El hombre gordo con orejas de conejo caviló unos segundos―… ¡Ya sé!, ¿por qué yo sé…? No, eso lo sabes… Ya sé, no, eso de seguro también ―el hombre gordo con orejas de conejo se entristeció―. Cierto, tu y yo sabemos las mismas cosas.

     ―Eso me hace sentir triste ―Murmuró Ruddy mientras una lágrima salía por su ojo izquierdo―. No quiero que los demás me miren como si estuviera loca. Estoy tan confundida que no sé qué existe en realidad, no sé si mi padre también es una imaginación, no sé si cuando despierto entro en el sueño de otra vida, no poseo nada que pueda decirme: esto es real y aquello no. Ayer un niño con cola de caballo y ojos de gato me saludó en el bus mientras me dirigía a la escuela, le levanté la mano y todos los demás niños empezaron a señalarme. ¿A quién saludará?, preguntó uno riendo, Cierto, ella es la loquita, y seguían riéndose.

     ―¿Tan importante es ese mundo? ―Preguntó el hombre gordo con orejas de conejo― No entiendo por qué sufres tanto por ellos, no entiendo por qué te pones así si sabes que ellos no son como tú. Si sabes que ellos no conocen este mundo.

     ―Es que mi papi dice que tengo que adaptarme a ellos, a su realidad, porque si no, porque si no… ―Ruddy rompió en llanto―… No seré feliz. Sé que tú y yo ya habíamos hablado sobre cómo este mundo es suficiente, sobre cómo no debe afectarme el no sentirme igual a los demás. Pero… ―El llanto no la dejó articular las palabras―… Pero es muy difícil. Quiero sentirme bien con ellos, y con ustedes. Quiero encajar en ese mundo y en éste, ¿es tan difícil?

     ―Pero si… tienes buenos padres, tienes buenos amigos. Amigos que los demás no pueden ver, ¿no es lindo eso?, ¿tener amigos que solo son para ti?, ¿encajar aquí no te es suficiente? ¡¿Por qué?!

     ―Sabes que no todas las cosas con las que hablo son mis amigos, ayer por la noche de nuevo me salió esa mujer ―se llevó las manos a la cara con asco―. Aún creo que puedo ver sus costillas cuando cierro los ojos.

     ―¿Esa es la que tiene los ojos donde va la boca y la boca donde van los ojos?

     Ruddy asintió y se levantó de la pequeña silla.

     El hombre gordo con orejas de conejo también se levantó, sólo llevaba puesto un pantalón rojo y un chupo de bebe colgándole en el pecho de un cordón. Sus labios eran gruesos, su barriga era velluda y le llegaba hasta debajo del cinturón. Tenía el ojo izquierdo color rojo y el derecho color marrón. Hablaba delicadamente, siempre acariciándose las largas orejas después de terminar de decir una frase.

     ―Sí ―prosiguió el hombre gordo con orejas de conejo―, sé que te visitó anoche y no te dejó dormir ―Quedó en silencio viéndose una de las orejas, luego se quedó viendo a Ruddy, como si acabara de ver algo en ella bastante horroroso―. Recuerda que yo soy tú. Yo también escuché como le sonaban las costillas cuando caminaba ―empezó a gritar―, ¡yo sé que te preguntas por qué solo tiene carne en la cara y no en el resto del cuerpo como todas las personas vivas! ¡Dime!, ¡Respóndeme una cosa! ¿También te doy miedo?, ¿también te preguntas por qué tengo estas orejas y por qué tengo un ojo rojo?

     ―¡No! ―gritó Ruddy confundida― No me lo pregunto porque sé que tú me quieres ver feliz. Porque me haces reír y me demuestra que me quieres. En cambio esa mujer me hala las piernas y el cabello.

     ―¿Y cómo sabes que halar las piernas y el cabello no son muestras de querer hacer feliz a una persona?, ¿cómo sabes que hacerte reír no es muestra de odio y maldad? ―El hombre gordo con orejas de conejo se frotaba fuerte la cara― Lo sabes por ellos, ¿cierto? Los mismos que te dieron esos requisitos para llegar a esa cosa extraña de la… felicidad.  Te dicen a cada rato: Si haces esto serás feliz; si te vistes como nosotros serás feliz; si no tienes aquella cosa sufrirás; si crees en esto serás feliz, y si no crees, sufrirás; si piensas como nosotros, ¡serás feliz!…

     »¡Y yo te veo muy lejos de eso! ―Gritó― Quieres llegar a sentirte bien con cosas que no son tuyas, con gustos que no son tuyos y con requisitos que no puedes cumplir, ¡porque van en contra de tu naturaleza! ―el hombre gordo con orejas de conejo empezó a halarse una oreja con ímpetu.

     »¡Estás tan lejos de ahí! ¿¡Por qué no te somos suficiente!? ¿Por qué los humanos crean tantas cosas extrañas con las que ellos mismos se causan dolor?

     La carne empezó a crujir al momento que se arrancaba la oreja de la cabeza. Ruddy rompió en llanto. Una tibia fuente de sangre, empezó a bajar por la cara del hombre gordo con una oreja de conejo cuando terminó de despegarse la oreja de la cabeza.

     ―¿¡Por qué no te somos suficiente!? ¡Responde! ―La sangre empezó a bajarle por el cuello, el pecho y la barriga, como una gota gorda escarlata lamiendo su cuerpo―. ¿¡Por qué te duele imaginarnos si no te hacemos daño!? Y ¿¡por qué te haría feliz ser igual a ellos!? ¿Acaso ser igual a todos es el secreto de sentirse bien con uno mismo?

     ―¡No lo sé! ―Respondió Ruddy entre lágrimas, mientras veía como su amigo empezaba arrancarse la otra oreja―. ¡No lo sé!, ¡no lo sé! ¡Sólo sé que quiero ser igual!, aunque me duela, aunque ya no los vea a ustedes, quiero ser igual a ellos. Porque… Porque no creo que ser igual duela más que ser diferente.

     Un ruido espantoso sonó en la habitación de Ruddy. Un hombre gordo sin orejas de conejo cayó desplomado en el piso, desangrándose. Las baldosas marrones se teñían de rojo. En la mano derecha tenía apretado un chupo de bebe, como tratando de esconderlo en la mano, como tratando de triturarlo.

 

 


AUTOR: Iván Andrés Tovar
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