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Historias Reales de Horror

Los relatos de horror que conocerás continuación aquí en Historiasreales.de se basan en distintos acontecimientos sucedidos que han dado paso a leyendas urbanas, dichas historias de horror han pasado de generación en generación.

Conseguirlos fue muy difícil, aquellas personas que conocen estas leyendas se las toma muy en serio, al grado que me pidieron muy seriamente de no jugar con ellas e incluso de no atreverme nunca subestimarla ya que podría despertar la ira de los espíritus.

Tabla de contenidos

¿Que es el Horror?

La Wikipedia lo define como «La emoción humana provocada por el miedo intenso». En mis palabras el Horror es ese tipo de literatura que nos hace tener sensaciones extrañas, desestabilizantes. Nos muestran sentimientos y emociones que poco experimentamos en la vida.

Diferencias entre Horror y Terror

Para dar respuesta a esa pregunta voy a apoyarme en el artículo «Terror» del Diccionario de la lengua española (de la Real Academia Española), en el que definen al Terror como un miedo muy intenso, mientras que al Horror lo definen como un sentimiento intenso (no necesariamente miedo) causado por algo espantoso.

También me gusta las definiciones que nos brinda el sitio web Word Reference, ya que en ellos nos deja mucho más claras esas diferencias:

  • El terror implica algo que asusta, pero que tiene una explicación racional, es decir es algo hecho por humanos o animales. Por ejemplo: «Ese asesino es terrorífico».
  • En cambio el horror implica algo paranormal (ya sean fantasmas, monstruos, duendes, brujas, enanos etc.). Por ejemplo: «Los fantasmas son horroríficos [sic, por ‘horribles’, ‘horrorosos’ u ‘horroríficos’]».

Así las cosas nos queda claro que Horror ataca directamente los sentimientos, fuerzas intangibles que estimulan al máximo nuestras emociones. El Terror por otro lado ataca nuestra sensación de seguridad.

Cabe anotar, que muchas fuentes consideran como sinónimos al Horror y Terror, lo asocian a una sensación sobre una situación extraordinariamente mala​. En lo referente al ámbito de las artes, cuando se titula «cine de terror» o «literatura de terror» se está hablando del Horror, ya que«horror» es prácticamente sinónimo de «terror».

Relatos de Horror

Las siguientes historias de horror van a hacerte sentir sensaciones extrañas, van a estimular de manera poderosa tus sentimientos te miedo. ¿ estas preparado para leer los siguientes casos de terror?

Cuentos de Horror

1) Horroroso suicidio en la habitación 607

I

         — ¡Mamá! —gritó Mario, tenía sólo cuatro años, pero la suficiente edad para saber que algo no estaba bien.

            El atontamiento por el sueño no la dejaba sentarse, pero abrió los ojos, miró la esquina del cuarto que Mario le señalaba y…

            Nada. Vacío total.

            — ¿Que pasa bebe?, ¿por qué me despiertas? Ahí no hay nad…

            No había terminado de hablar cuando Mario gritó, un alarido que hirió el mutismo de la noche…        

— ¡MAMAAAAAA!

… y sintió un hedor a heces tan denso que se le encogió el estómago, las ventanas se abrieron, las cortinas entraron al cuarto como una vela desplegándose en un barco a la mitad del mar; Mario estaba en el suelo, lo estaban ahorcando ¿pero quién?, se podían ver sus ojitos vidriosos pidiendo auxilio intentando no explotarse.

Ella se levantó, pero pisó un juguete de Mario y cayó, golpeándose fuerte la cabeza con el borde del buró del cuarto… lo último que vio fue como levantaban a Mario del suelo, ¿qué sucede Dios?, se preguntó. Y después, oscuridad.

II

Los lunes los detestaban, ¿por qué? Quizás porque ‘SuperPa’, como le llamaban ellas, murió un lunes. Se sentaban en la banca a esperar el autobús escolar, y listo, en eso se iba el día, en esa mirada de niñas frías y vacías que odiaban todo aquel que intentara entenderlas.

Sólo mamá, nada más y únicamente a mamá podían hablarle, no es que sea un pacto o algo parecido; ¿Cómo no hablarle a la persona que amó en vida SuperPa? Caminaban a todos lados de las manos, tanto así, que en el colegio empezaron a gritarles “siameses”, “siameses feas”, “siameses emo”… un sin fin de sobrenombres extraños que se le ocurren hoy en día a los niños de siete y ocho años criados por padres naturalmente amargados o patanes.

Cuando bajaron del autobús, iban agarradas de la mano para entrar a casa, pero estaba mamá al lado de la tía Carmen; las dos sonreían. La tía Carmen vive en Cartagena, es extraño verla aquí; se miraron mientras caminaban y sus miradas parecieron hablar, ¿será que murió otra persona?, se preguntaron.

III

Las paredes del consultorio 312 estaban decoradas de flores doradas y arboles negros en las esquinas, un buen trabajo para que lo haya hecho un hombre tuerto.

Suspiró, y sollozó, como siempre; siempre pasa. A sus pacientes les dice que suspiren para que se tranquilicen y ella POR FIN entiende la farsa que les aconseja, entendió porque todos decían que eso no les funcionaba.

            Suspiraba y sentía que el aire en sus pulmones le despertaban todos los recuerdos, hasta lo que creía olvidados, de él… Le había prometido ser fuerte, pero ¿cómo ser fuerte cuando eres madre de gemelas al parecer más inteligentes que tú?, de gemelas pequeñas, pero que parecen tener más secretos que todos los pacientes que llegan a consulta con ella.

            El teléfono sonó.

            — ¿Qué pasó Rebeca?, ¿ya se acabaron los pacientes?

            — No señora, es decir, si, ya se acabaron. Pero…

            — Pero qué Rebeca, dime.

            — Hay una señorita aquí que dice ser su cuñada, se llama Carmen.

            — ¿Carmen? —Preguntó, como si no tuviera idea de quien era—, no, si, si dile que pase.

            Desde el funeral de su esposo no había visto a Carmen, era una muchacha de veinticinco años aparentemente inteligente, vivía en Cartagena y era poco lo que trataba con ella.

            Carmen sabia el problema, se enteró de que las niñas llevan dos meses sin hablar con nadie, apenas cruzan palabras con su madre, y eso le preocupaba. No quería irse a Cartagena y dejar ese extraño comportamiento en ellas. Porque era su sangre, la sangre de su hermano. Su único hermano, que en estos momentos debe tener las cuencas vacías llenas de gusanos, porque tres días antes de morir ya no tenía ojos.

            — Hazlo por ellas, ¿sí? Por favor, mira, si no quieren quedarse en mi casa con mi madre, pues pueden pagar un hotel. Conozco uno que alzaron hace pocos años, se llama “Hotel Holidays”, sé que les encantará a las niñas —Carmen veía que era más difícil de lo que pensó—. También lo amaba… no me perdono no haber llegado a tiempo y tratar de evitar que eso sucediera —y Carmen se echó a llorar.

            Parece una buena idea, quizás eso las despeje… puedan ser niñas normales otra vez, pensó la viuda, ¿tú que dices, amor?

Levantó el teléfono, le dijo a rebeca que aplazara los pacientes de esta semana y que disfrutara de estas pequeñas vacaciones inesperadas.

            — Bueno doctora, se lo merece, que Dios la acompañe, aprovecharé para visitar a mi papá en Barranquilla que no ha estado últimamente bien de salud. Tiene mi número.

Luego de dos horas. Estaba en casa. Equipajes, dinero, medicinas…Ya todo estaba listo, escuchó el autobús parar en la esquina de la calle y salió con Carmen a la terraza.

            Dos gemelas de cabello rubio y pecas, me dejaste un gran regalo, amor, y sonrió mientras veía a las niñas acercarse agarradas de la mano.

IV

            Briseida caminaba por un sendero extraño para ella, está preocupada, en la mayoría de esos sueños siempre iba con Camila; quizás Camila no está dormida y ella sí. Mira hacia arriba y hay luces blancas, al frente se podía ver una ciudad que ella tampoco conocía, pero detrás, había algo que si conocía; pero no porque allá estado ahí.

            Era el mar, y el mar todo el mundo lo conoce, pero no todos se han bañado en él. La idea de estar en un edificio frente el mar le entusiasmo. Ya era de noche, podía escucharse una paz enorme, miraba las puertas mientras caminaba, 602, 603…

Sexto piso, pensó. Cada cinco puertas había un callejón de paredes de vidrío, donde se podía ver la ciudad a un lado y el mar oscuro y bullicioso al otro. Siguió por todo el corredor, está vez corrió. Le encantaba la idea de estar frente el mar. Al fin podría conocerlo.

            Se agitó y miro a la derecha, el ascensor estaba a su lado, sólo era tomarlo y bajar a conocer el mar. Pero…

            ¿Qué era? Sonaba como… ¿Quién llora?, se preguntó Briseida. Alguien lloraba, el sonido venia del camino que había dejado; se volteó, alzó la mirada y vio la habitación 614. Miró el largo pasillo, y, al lado de unas macetas había alguien acurrucado.

Ahorita pasé por ahí y no había nadie…

Tenía la cara metida entre las rodillas y las manos sobre la cabeza, tratando de ocultarse,¿pero de quién?, se preguntó Briseida,  Camila, ¿por qué no estás aquí?

V

            — Si le decimos a mamá creerá que estamos loca —espetó Camila.

            — ¿Entonces a quién? —y a Briseida se le salieron las lágrimas en la oscuridad del cuarto, También soñé que volabas, pensó Briseida, pero no lo dijo.

            — A nadie, SuperPa está enfermo y mamá sólo tiene tiempo para sus pacientes —se acercó a su hermana—, este será nuestro secreto, ¿vale?

            Briseida asintió mientras se secaba las lágrimas.

            Camila sabía que era la mejor decisión. No sabía mucho de decisiones, pero SuperPa les había enseñado que lo mejor mis princesas, es decidir siempre por el bien de la familia, a veces el que decide tiene que sacrificarse un poco. Y contarle a mamá que, desde que cumplieron siete años, ven el futuro, sueñan cosas juntas y que en todos lados y todo lo que ven y sueñan, siempre hay gente muerta (parece el aperitivo mayor; nos persiguen los muertos, le había dicho una tarde en el colegio Briseida cuando le contó que vio un niño muerto acostado en enfermería, era Mauricio, y Mauricio murió dos días después cuando se cayó del segundo piso de la escuela). No, definitivamente no era para nada una buena idea, tampoco era un bien.

            Mamá es atea, no cree en fantasmas y mucho menos en que la gente muerta te visita antes de que se muera. Camila lo sabía.  SuperPa y mamá discutían a cada momento porque mamá no quería que SuperPa les hablara de Dios. Porque Dios da permiso de actuar irracionalmente, le gritaba mamá. Pero ella no sabía que era “irracionalmente”, ni tampoco sabía quién era “Dios”. Hasta que llegó el funeral de SuperPa y mamá les dijo que a donde irían, la gente se para frente de una estatua nada agradable, un viejo generalmente con toga, rezan cosas que se saben de memoria, esperan y piden cosas que no llegarán.       

            Eso de Dios debe ser algo muy malo, pensó Camila. Cuando tengan miedo y necesiten ayuda cierren los ojos y pídanle a Dios, y él les ayudará, les había dicho SuperPa una mañana a escondidas de mamá. Miró a Briseida, sudaba, pero no por el calor, la ciudad a la que habían acabado de llegar era caliente, pero el aire del carro estaba frío. Entonces lo supo, y tiró la cabeza hacia atrás para dormirse, su hermana seguro estaba en problemas.

VI

            Briseida había dado un paso hacia aquella persona acurrucada que lloraba desconsoladamente y con temor. Cuando dio el segundo sintió la mano tibia de Camila, se miraron, sonrieron, y Camila sin preguntar ya supo dónde estaban y que pasaba.

            La noche adornaba el momento dándole un toque tétrico, pero Briseida y Camila no sentían miedo…

Uno se acostumbra a ver gente muerta.

… porque ya estaban las dos juntas. Y eran conscientes que vieran lo que vieran no podrían salir de ahí hasta que las despertaran.

            Caminaron hacia las macetas. Cuando estaban llegando se dieron cuenta que era un niño, un adorable niño de aproximadamente tres o cinco años, era de piel negra y tenía el cabello abundante y rizado. Asique se aproximaron y justo frente de él, Camila se agachó y le toco una rodilla.

            — Hola.

            Briseida también se agachó y acaricio el cabello frondoso del niño, estaba descalzo y sólo llevaba una franelilla blanca con un bóxer color rojo.

            — ¿Qué sucede? ¿Por qué lloras? Te podemos ayudar.

            — Yo me llamo Briseida y ella Camila, ¿cómo te llamas tú?

            El niño, temeroso, temblando y aún demasiado nervioso para hablar bien, alzó la cabeza. Su tierna cara estaba hinchada, no simplemente era por el llanto, quizás se golpeó, un golpe fuerte, pensó Camila.

            — Ma… Mario —masculló. Volvió a meter la cara entre las rodillas y a gritar fuerte, llorando, gimiendo como una persona perdiendo un ser amado; aterrorizado estaba aquel pequeño que encogía el corazón de las gemelas.

            — ¿Que sucede? ¿Por qué lloras así? —preguntó Briseida, con un tono de voz tierno y consolador. Mario, sin hablar, respondió todas las preguntas, sólo levantando uno de sus delgados bracitos y señaló algo detrás de las gemelas…

            Cuando ellas voltearon vieron una puerta igual que a las demás, era la habitación 607; se miraron, y resolvieron que tenían que averiguar que pasaba. Les gustaba ayudar, eran medrosas pero no podían dejar aquel niño sufriendo hasta la eternidad. Se pararon frente la puerta, se agarraron de la mano.

            Briseida tomó el picaporte de la puerta, y se abrió sin ella ni siquiera intentar abrir. Las luces del cuarto se prendieron como si las estuvieran esperando…

            — Hola —dijo aquello que vieron, sólo el tono de voz fue suficiente, gritaron y salieron corriendo, corrieron, corrieron como les permitía sus vestidos rosados; el corazón les latía tan fuerte que sentían morir en cada paso que daban… llegaron al ascensor para bajar, y después de un PIN, se abrió, y estaba ahí aquella misma cosa; cayeron sentadas en la baldosa gris por el susto y aquello venia saliendo parsimoniosamente, el mar sonaba fuerte, el viento silbaba, la noche arropaba con una oscuridad fúnebre los pasillos…

VII

La oscuridad la aborrecía de niña; pero estas veces en que el cielo parecía caerse con chorros de agua y olas de viento, estas veces en que sentía las caricias y la respiración de un ser extrañamente melifluo, de un ser que amaba desde sus órganos hasta las lombrices, la oscuridad junto con todos sus monstruos eran una oleada de humo que se disipaba sobre un lago de amor, lealtad.

            Son tan gratos los recuerdos, esos recuerdos que alimentan la fatiga guardada por las veces que evitamos llorar, como por ejemplo esos recuerdos que te desestresan en un trancón en medio de una ciudad caliente.

            Carmen y las gemelas dormían. La temperatura estaba a treinta grados centígrados y el tráfico de la ciudad no colaboraba, las carreteras eran del ancho de una calle del barrio más pequeño de la ciudad de dónde venían. Tenía la mente repleta de recuerdos, soltaba sonrisas precedidas de lágrimas. No es fácil ser viuda.

            Iba por una avenida larga, llevando el camino que le indicó Carmen antes de quedarse dormida, para llegar al majestuoso ‘Hotel Holidays’…

            — Me preocupan las niñas, me preocupas tú. No quiero dejarlas.

            — Tranquilo, todo saldrá bien. Sé que sí.

            — Te amo tanto Laura. Tanto…

            Una bocina la sacó de sus evocaciones y apretó el freno, fuerte, hasta el fondo. Las llantas del carro chillaron y un humo blanco apestoso a caucho quemado emanó desde el asfalto. La sacudida despertó a Carmen que profirió un “Dios mío”, las gemelas se despertaron y gritaron, fuerte. Como si el bus que casi choca con ellas hubiera sido un monstruo rugiendo y escupiendo el aliento de los muertos del infierno.

            — Todo está bien —las calmaba Carmen—, no pasó nada.

            — ¿por qué gritaron así mis pequeñas? —Las gemelas aun nerviosas se miraron y negaron con la cabeza, sin saber que niegan— ¿Acaso una pesadilla?

            Volvieron a negar con la cabeza y, de repente, a Camila se le voltearon los ojos, se mordió la lengua, sangraba por la boca y su cuerpo se estremecía.

            — Mamá —lloraba Briseida. La epilepsia de la que sufrían desde hace dos años ya las tenía hasta la madre.

VIII

            Laura siempre que se levantaba marcaba con una ‘X’ el día que ya había pasado en el almanaque, la ‘X’ estaba en el quince de abril del 2018.

            — Es lunes, susurró Briseida —Camila asintió.

            La casa era enorme, llena de cuadros y muebles que para nada combinaban con el color marrón de la pared.

            La última vez que soñaron estar en casa, fue cuando Pichirilo, el Pug travieso que SuperPa les había regalado a los seis años, se murió temblando frente de ellas en el patio. Ninguna de las dos lloró, ni siquiera se inmutaron…

            Uno se acostumbra a ver gente muerta.

            …porque desde que aparecieron en casa presintieron que alguien ahí moriría. Por eso el lunes dieciséis de abril no les gustó para nada, antes de si quiera comprobar el día en el almanaque, las dos se pusieron a llorar en la soledad de la casa como si la vida hubiera acabo ahí, en ese instante que estarían por ver algo que injustamente ellas presenciarían. En la vida real el “Son sólo niñas” no tiene preferencias; porque en la vida real los niños parecen ser deseados exacerbadamente por la maldad.

            SuperPa tenía una venda en los ojos, un revolver sujetado por sus manos y tal vez porque ellas no se atrevieron a ver más, o simplemente en su naturaleza estuvo alejarse de la escena. Apretaron los ojos y salieron del cuarto de SuperPa, luego de un minuto exacto se escuchó un fuerte disparo. Retumbó en las paredes, en la casa, en las entrañas de las gemelas como un veneno amargo cambiándoles la vida.

            Briseida y Camila, después de haber sido llevadas al hospital Naval, y que el doctor Amador, las haya chequeado hasta concluir de que se encontraban en perfecto estado. Se estaban despertando, estaban en una cama extraña, al estar casi llegando al hotel quedaron dormidas; y estos momento el profundo y pesado sueño las amarraba a la cama.

            De repente.

            Despertaron en el mismo cuarto, el reloj de pared marcaba las tres de la mañana, las ventanas estaban abiertas y las largas cortinas blancas penetraban en la habitación. Formidable se veía la luna y el mar, tan hermoso paisaje se divisaba que cualquiera se estremeciera. Somos tan insignificantes, pensó Briseida.

            Al lado de la cama, en el suelo de baldosas grises, entre la oscuridad y la poca luz que dejaba entrar la luna a la habitación. Había una mujer de cabello crespo botando sangre por la cabeza, tenía un cierto parecido a…

            ― ¡Camila! ―y Briseida le señalaba la ventana mientras caminaba a la pequeña terraza.

            El viento pegaba fuerte, retumbaba en las ventanas de vidrio y soltaba un enorme silbido, como el viento en la proa de un barco.

            Camila y Briseida se llevaron la mano a la boca, de puntitas, mirando hacia abajo, estaba tirado Mario con los brazos puestos en una posición demasiado difícil para un vivo, había un charco de sangre que salió desde su boca y tenía el cuello hinchado. A cinco metros de él, había un columpio que se mecía por el viento y una piscina enorme con un letrero diciendo PARA MAYORES DE CINCO AÑOS. Se miraron, y todo tenía sentido, porque estaban dentro de la habitación seiscientos siete.

IX

            ― El señor de allá, tiene un periódico con un anuncio extraño, ¿sería este el hotel donde ocurrió?

            ― Cálmate Laura, apenas acabamos de dejar a las niñas en la habitación, apenas acabamos de llegar, y ya te pondrás a buscar preocupaciones ―espetó Carmen.

            El restaurante del hotel Holidays era grandioso, o al menos, eso pensaba Carmen. Música tropical de fondo y decoraciones de flores reales. Pero Laura no se veía tranquila, no le gustaba la idea de ver el título de aquel periódico, parecía antiguo, pero no le gustaba nada.

            MADRE ESQUIZOFRÉNICA MATA A SU HIJO DE CUATRO AÑOS LANZANDOLO DE UN SEXTO PISO EN UN HOTEL EN CARTAGENA, decía el enorme anuncio del periódico.

            ― Es que nos dieron una habitación del sexto piso, no es que me de miedo o algo así, sólo que desde pequeña he odiado las coincidencias ―y tomó un trago de soda. Carmen tomaba whisky.

            ― Mi hermano también decía lo mismo, tenían más en común de lo que aparentaban. Mira ese de allá, dime que piensas de él, ¿ah? Psicóloga.

            ― Ya te está entrando el whisky al cerebro ―y arrugó el ceño.

            ― Todo estará bien, si quiere me quedo con ustedes esta noche.

            Laura asintió. Luego de dos horas cuando ya eran las siete de la noche y Carmen apenas podía con su cuerpo, subieron a la habitación donde aún dormían las niñas.

            ― Seiscientos cinco, seiscientos seis y ¡seiscientos siete! Yupiii, jajaja Tú si eres aburrida, cuñi ―Al entrar Carmen se tropezó con una estatua de hierro.

            ― ¿Quién carajos se le ocurre poner un puto caballo de hierro en la entrada de un hotel?

            ― ¡Cállate! ―Instó Laura y señaló a las niñas.

X

― ¿Creen en los duendes? ―preguntó la voz.

Camila y Briseida saltaron de la cama, todo estaba oscuro, mamá estaba al lado de ellas dormida y en el sofá estaba la tía Carmen. Pero la tía Carmen no se encontraba bien, tenía la cara morada, no respiraba y el cuello lo tenía hinchado, tan hinchado que parecía tener un collar de carne.

            Murió, pensaron. Miraron a la puerta de la habitación, y en números negros, grandes y de hierro, estaba el 607.

            ― ¡Mamá! ―gritaron al unísono. Si tan sólo lo hubieran podido evitar, si tan sólo hubieran estado despiertas cuando subieron a la habitación. Lo hubieran podido evitar, ¡claro! Pero eran niñas, y las niñas se cansan en los viajes, se duermen como un muerto y no las levanta nada al menos que sea un ser del otro mundo queriendo asesinarlas.

            Laura se levantó, de todos modos no estaba tan dormida, y escuchó la voz, pero era tan escéptica que se engañó a si misma diciéndose que era el estrés y los nervios.

            ― ¿Que pasa niñas?

            ― Hay algo que nos quiere matar, ¡vámonos de aquí mamá! ―lloraban.

            ― Pero… ―y vio el cadáver de Carmen iluminado con la exigua luz de la noche―. Alguien entró ―susurró.

            ― No es alguien mamá, no es alguien vivo ―decía Camila.

            ― ¡Es un duende mamá!

            ― ¡Es un duende mamá! ―las dos se abrazaban.

            Laura se levantó de la cama, pero antes de poner los pies en el suelo…

            ― ¡No! ―Farfulló Briseida― ¿Mami?

            Cuando tengan miedo y necesiten ayuda cierren los ojos y pídanle a Dios, y él les ayudará… recordaron las dos.

            Apretaron los ojos.

            Se abrazaban en la cama, pero el sonido de la estatua de caballo con el cráneo de mamá en el suelo no las dejaba concentrar muy bien…

            ―…te prometemos que si nos escuchas…

            SHUK, TRIPCH…

―… ¡por favor Dios! ―gritaban.

Y todo se calmó.

La sangre de mamá corría por el piso hasta la hendija de la puerta. Podía verse negruzca y fúnebre bajo la luz plateada de la oscuridad, como una baba perniciosa arañando la noche con impertinencia.

Justo al frente de la cama, con una sonrisa maliciosa y unos ojos morados, brillantes como una perla y siniestros como una lluvia de demonios. Estaba agazapado un duende, podía tener un metro de altura, con largos brazos y extremidades gruesas, su piel era verdosa y babosa. Como la de un feto saliendo muerto del vientre de su madre.

Llevaba un gorro navideño mugriento y profería un sonido extraño con su respiración, un siseo o un chillido que provenía desde su amorfa garganta.

Las niñas gemelas, que ahora el reguero de sesos en la habitación le mostraban que eran huérfanas, sentían un dolor en el pecho, pero no era dolor por la perdida y la soledad, era el dolor truculento del miedo. DEL TEMOR. Del no saber qué hacer…

― Hola ―siseó. Su voz parecía más el chillido de un cerdo que el tono de voz de los duendes de las películas de fantasía. Las ventanas de la habitación se abrieron y desplegaron las cortinas a su interior con el inconmensurable viento que provenía del mar. Y Briseida gritaba, gemía, pero la noche era detestable y fastidiosa. ¿Qué sucede?, se pregunta Camila aun en la cama; pues todo lo consumía en cámara lenta.

Briseida estaba a cinco centímetros alzada del suelo, el duende la tenía por el cuello, luego hizo u traspié y la tiró sobre el grande espejo del cuarto.

Briseida se cortó los brazos y las piernas con la lluvia de vidrios, y quedó inconsciente cerca del cadáver de color lila de su tía Carmen.

Hermanita, susurró Camila en sus pensamientos con todo el cuerpo temblándole.

Lo mejor mis princesas… la voz de SuperPa en sus recuerdos.

― Quie… ¿Quién eres? ―preguntó Camila entre dientes a la oscuridad.

― Soy lo que tú quieras que sea ―se subió a la cama y los ojos color lila parecían penetrar los sentimientos de Camila―. Mario me llamaba Elfo. Algunos cocineros y aseadores me llaman Duende…

…es decidir siempre por el bien de la familia…

― ¿Cómo me llamarás tu encantadora princesa? ―preguntó mientras se agazapaba frente de Camila bebiéndola con los ojos.

…a veces el que decide tiene que sacrificarse un poco. Y seguía repitiéndose esa frase como un casete rayado, la voz de papá fuerte y dulce:

A VECES EL QUE DECIDE TIENE QUE SACRIFICARSE UN POCO

Vio a mamá, a Briseida, a Carmen. ¡Oh, Briseida! Aún está viva.

Como una ayuda divina, o simplemente la imaginación desaforada de una pequeña tratando de ser valiente; llegó su cabeza una idea, una salida, insistiéndole como unos dedos rascándole la nuca…

…a veces el que decide tiene que sacrificarse un poco

….Y sin pensarlo más, se levantó y empujó al duende, nunca olvidará el fatal olor que quedó en sus manos al tocar aquella asquerosidad. Él la agarró por el cabello, pero su decisión era más firme, se le arrancaron varios mechones cuando impulsó su cabeza para soltarse…

 Sin ni siquiera probar una segunda deliberación en lo que seguiría, se subió sobre los barrotes plateados que resguardaban la pequeña terraza…

Y saltó.

Cerró los ojos, como intentando dormirse o morir antes de tocar el suelo; sintió la brisa fría del viento, el sonido del mar, el aroma de papá, la risa de Briseida y la protección de mamá, esperándola al final de la caída para consolarla. Después de sentir que las rodillas se le partían y el tórax se le astillaba hasta perforarle el corazón, abrió los ojos, inocentemente. Y pudo ver la enorme luna hinchada como se desvanecía en un remolino de colores oscuros, que le robaron el alma para dejarla penando en la habitación 607 del hotel Holidays.

En la habitación, mientras Briseida abría los pequeños ojos claros, pudo ver como se retorcía de dolor aquel ser demoníaco, pero eso no le inspiró gracia. Se echó a llorar, porque atrás estaba su hermana con el cuerpo pálido como el de un cadáver y una mirada llena de odio sobre el duende. Camila miró la puerta y se abrió bruscamente, levantó su delgado brazo izquierdo y se la señaló a Briseida.

— Vete —ordenó.

Y Briseida llorando caminó cuidadosamente sobre los sesos de mamá para salir a pedir auxilio.

XI

Briseida sentada en el  borde de la cama, contempla como duermen sus compañeras, un sueño profundo. Quizás porque ellas no han visto lo que yo, pensó. Ya tiene dieciséis años, aun no se acostumbra al orfanato. Pero el orfanato está muy lejos de ser el peso pesado que tiene en los hombros. La verdadera preocupación que la desvela, lo que le asusta…

— ¡HERMANA AYÚDAME! —Implora Camila, todas las noches, a cada momento, en sus pensamientos.

— YA NO PUEDO CONTROLARME, AYER MATÉ  AUN COCINERO… AYÚDAME HERMANA, AYÚDAME, ME ESTOY VOLVIENDO MALA…

Briseida sacó una pastilla triangular de debajo de la almohada, la masticó, y se acostó.La maldita droga se consigue tan fácil, pensó.

— ¡AYÚDAME!

Y Briseida se acurrucó, y empezó a llorar, otra vez, como hace ocho años…

AUTOR: Iván Andrés Tovar
Derechos reservado

2) Diario encontrado en un hospital psiquiátrico

Los cuentos de hadas superan la realidad 
no porque nos digan que los dragones existen, 
sino porque nos dicen que pueden ser vencidos.

G.K. Chesterton

Nota: La terapia electroconvulsiva (TEC), también conocida como electroconvulsoterapia o terapia por electrochoque, es un tratamiento psiquiátrico en el cual se inducen convulsiones utilizando la electricidad.

Esta terapia está reservada por lo general como tratamiento de segunda línea para aquellos pacientes que sufren depresión y que no responden a los medicamentos. La TEC se usa como tratamiento de primera línea para situaciones donde se requiere la inmediata intervención médica, o cuando no son recomendables otros tratamientos alternativos.

https://es.wikipedia.org/wiki/Terapia_electroconvulsiva

*  *  *

Enero/1997

La noche es un fantasma… 
Es un fantasma… 
Es un fantasma…
Un monstruo!
Me quiere devorar y nadie me cree. Nadie!

Enero/1997

Hoy me di cuenta de lo acogedora que es esta esquina, algo sucia, pero no importa. Para una persona que no recuerda quien es, todo es suficiente.

Enero/1997

Este cuaderno me lo regaló Mamá, una señora que insiste en llamarse así, no sé qué días viene a verme exactamente, pero siempre que viene llora mientras me ayuda a cambiar de ropa. Pondría el día pero para una persona que no sabe quién es, creo que se le es un poco difícil saber en qué día del año se encuentra.

Enero/1997

Anoche vino un señor vestido de blanco; era calvo pero tenía una barba larga, tenía los dientes amarillos y un tatuaje en su mano izquierda, pero no sé qué significa su tatuaje, parecía una cruz. Sólo me dijo que le llamara Joseph, y que no le contara a nadie que venía a verme por las noches, me dijo eso mientras me mostraba a Rebeca.

3/Febrero/1997

Joseph me dijo que hoy es tres de febrero. Qué bueno es Joseph. Tengo dos noches que no escribo, quizás porque Joseph siempre trae un tarrito blanco con unas pastillas que me hace tomar. Luego me despierto al día siguiente un poco sudada y con la mente extraviada. Pero me gustan esas pastillas, me relajan, y creo ver una cruz en una nube oscura moviéndose cerca de mis ojos cuando está surgiendo efecto.

5/Febrero/1997

La noche es un fantasma… 
Es un fantasma… 
Es un fantasma…
Un monstruo!
Me quiere devorar y nadie me cree. Nadie!

6/Febrero/1997

No sé por qué pero mientras arrancaba la pintura de la pared que está cerca de mi jergón, se me venían imágenes de una niña en un cuarto, no se parecía nada a mí… No. Aquella niña tenía los cachetes rosados, los ojos hermosos, el cabello largo y rubio. Pintaba con una señora que se parecía un poco a la que viene aquí diciendo que es Mamá. Ya me he acostumbrado a ella, es dulce, me gusta cómo me cambia la ropa, me hace sentir bien, casi como la pastilla que me da Joseph.

La cruz, la cruz, la cruz… ya viene, ya viene… la la la la la la la… Ya viene!

Que ansiosa estoy. Por qué no ha llegado Joseph?

7/Febrero/1997

Esta mañana un hombre vestido de azul, de labios finos y ojos cafés, me llevó a un cuarto amarillo, hacía un calor horrible, habían cuatro hombres más. Me colocaron una venda en la cabeza y luego una pinza… convulsione, convulsione… Temblé como una puta!

TEC, TEC, todos decían y hablaban de TEC. Ahora cuando lo escucho sé que algo no está bien en mí. La primera vez que había escuchado esa palabra me había arrancado un trozo de carne de mi ante brazo izquierdo con los dientes, luego el TEC TEC TEC. Después me desperté en mi cuarto con una venda en el brazo y con el cuerpo débil. TEC TEC TEC.

La cruz, la cruz, la cruz… ya viene, ya viene…

7/Febrero/1997

Anoche soñé con la misma niña. Pero no estaba feliz, tenía unas tijeras en las manos y cortaba fotografías de un álbum viejo. Luego entraron dos hombres vestidos de blanco y la metieron en una ambulancia con una camisa de fuerza. De esa misma que me ponen cuando me harán el TEC. Le arrancó un pedazo de oreja a uno de los hombres y la ambulancia se cerró. Y al fondo, por la ventanilla, se veía Mamá… Ojala alguien me dijera qué significa Mamá, y por qué sueño con ella. Quién soy? Quién soy?

Ayer Joseph me llamó puta, pero no sé por qué, yo estaba absorbida en la neblina gris que me regala la pastilla, y no quise averiguarlo, está vez la cruz se movía mas cerca de mi cara.

9/Febrero/1997

Mi nombre es Lorayne, no sé qué diablos hago aquí, no sé qué me pasa. No sé ni siquiera quien ha escrito todo esto. Yo sólo quiero que me dejen en paz y me dejen ir a casa. Por qué me has abandonado ¿mamá?  ¿Por qué?

Llevo media hora gritando, pataleando, tiré la cama a la puerta blanca que me encierra, pero nadie me escucha. Luego llegó un hombre gordo, calvo y de barba larga, ofreciéndome una pastilla que se la tiré al suelo de un manotazo.

No logro recordar nada!
Nada!
Que ha pasado todos estos días conmigo?
Por qué me duele la entre pierna?
Por qué tengo cicatrices en mis brazos?

Ya no aguanto Dios, no sé qué sucede. Voy a enloquecer, el sonido fastidioso de la señora de enfrente me tiene mareada. Golpea con una taza de aluminio los barrotes llamando a su hijo.
— ¡Está muerto zorra! Jajaja… ¡Está muerto! —le grita el de la habitación de al lado.

¿Acaso morí y estoy en el infierno?

11/Febrero/1997

No sé quién es Lorayne, ni tampoco como pudo escribir en mi cuaderno, no sé muchas cosas, pero no importa, para alguien que no sabe quién es, cualquier cosa es suficiente.

Ayer en la tarde el doctor Ramón quiso decomisarme mi lápiz, pero yo le prometí que no haría nada con él, que me dejara seguir escribiendo.

Chao, llegó Joseph.

12/Febrero/1997

¿Cómo puede otra persona escribir aquí sin que me dé cuenta? La soledad me está consumiendo en un horrible rio putrefacto. No sé qué más hacer para que este montón de imbéciles me crean. No sé quién seas, o qué experimento juegan conmigo; pero, me llamo Lorayne, y tengo veintidós años, vine aquí porque mi mamá ya no me podía cuidar en casa, no sé por qué pero los médicos no me dejan estar sola. No sé qué sucedió. La primera vez que me sentí así de confundida iba en una ambulancia con dos hombres y tenía mis labios llenos de sangre. Por favor háblame, respóndeme, quizás nos podamos ayudar. Quiero salir de aquí.

14/Febrero/1997

Oh, qué pesar. Que coincidencia, yo soñé con eso hace algunas noches, seguro seremos buenas amigas (sé qué es una amiga porque Joseph me lo contó una noche). Me gustaría poder ayudarte, pero no sé ni siquiera quien soy. Sólo Joseph, me dice algunas veces lo que soy, o quien soy… Esta mañana que me sacaban del cuarto del TEC, llegó una señora que dice que es Mamá, quizás ella te pueda ayudar, le hablaré de ti.

14/Febrero/1997

Estuve viendo más atrás cuando hablas por primera vez de Joseph. Y déjame decirte algo, él no me da buena espina, tiene una mirada morbosa y siempre que pasa por la habitación me queda viendo los senos. Deberías alejarte de él… Y si, por favor habla con quien puedas para que me ayuden, tengo meses que no veo a mi mamá, no sé qué sucedeeeeeee.e.ee

15/Febrero/1997

Esta mañana llegó Mamá otra vez, ¿por qué no terminaste de escribir?, No entiendo por qué cuando llego del cuarto del TEC, veo el cuaderno tirado y con tu mensaje escrito. Le hablé de ti, pero Mamá dijo que no puedo ayudarte, más que sólo hablar contigo y hacerte compañía, me dijo que tú podrías ayudarme a recobrar la memoria. Cuéntame un poco de ti, veras, este cuarto es frio, el viento hace ruidos extraños y no sé exactamente qué es eso que camina a veces por las madrugadas en el pasillo, ¿lo has visto? Yo le digo El algo de la madrugada, así que no me siento muy acompañada que digamos.

Y sobre Joseph, es bueno, me hace compañía por las noches; creo que siempre a media noche, me da una pastillita blanca con un triángulo morado. Dice que eso ayudará a mi memoria. Lo feo es que siempre veo una cruz extraña en una neblina, casi parecida a la que lleva en tatuada en la mano. Pero es buena persona, deberías pedirle que te ayude.

16/Febrero/1997

No tengo intenciones de meterme a conversar con ese hombre morboso. ¡Jamás! ¿Pero por qué nadie me puede ayudar?, necesito ver a mi mamá. Realmente no sé qué contarte de mi vida, pues veras, es una vida extraña, no recuerdo algunas cosas y las que recuerdo… no son nada bonitas de recordar. Raro, pero así es. Y sí, eso que dices ver en las madrugadas también lo he visto, es como ¿una sábana? O ¿un sudario tapando algo? Las veces que lo he visto me encojo de miedo en la cama y trato de no hacer ruido ni con la respiración. Cuando era niña mamá decía que esas son “almas penando”, que es muy raro no encontrarlas en los hospitales; asique no le prestemos atención, si no molestas a los muertos ellos tampoco te molestaran a ti.

La verdad yo prefiero las hadas, las hadas te tranquilizan, aunque nunca las veas, te tranquilizan. Sólo debes creer en ellas, sin importar cuantos digan que estás loca. Sólo cree en ellas; a diferencia de Dios ellas te calman y te curan, en vez de probar con torturas si realmente crees en ellas.

18/Febrero/1997

¡Oh! Lorayne, está mañana me hicieron otro TEC, fue horrible. Ese cuarto lo siento más pequeño y sombrío a medida que lo frecuento más de seguido. Lo bueno fue que cuando llegué Mamá me esperaba en la habitación. Le mostré lo último que escribiste, me dijo que parecías ser una buena amiga, que siguiera desahogándome contigo y… tú conmigo.

Hadas. Un lindo nombre, háblame sobre ellas, ¿Qué es? O más bien, ¿Qué son? ¿Dónde las encuentro? ¿Me prometes que sí creo en ellas no me sentiré tan sola en este gélido cuarto?

Tengo que contarte algo, algo que ocurrió anoche. Quise seguir tus concejos y empecé a desconfiar de Joseph, asique no me tomé la pastilla que me dio, la escupí mientras él estaba descuidado. Luego le dije que tenía sueño, que me dormiría, y no se iba, no se iba. Me acosté en la cama y pude darme cuenta con los ojos entreabiertos que si me quedaba viendo las nalgas y los senos, como la bata me queda un poco corta y está ya un poco desgastada. Creo que no le quedaba difícil imaginar que había debajo. Intenté adivinar que hacia ahí parado frente de la cama, ¿Qué esperaba?

Hasta que sentí dos manos frías y callosas en los muslos, me estaba subiéndome el vestido, llegó a la panty y cuando empezó a halarla para quitármela, supe que no se escondía nada bueno detrás de todo eso. Asique empecé a gritar y a patalear, le di en el mentón con mi talón derecho, y él se tambaleo mientras sacaba a Rebeca y me ponía su horrible y gorda mano en mi boca. La primera descarga me dejó un poco cansada, ida, como si mis músculos hubieran perdido las fuerzas.

Luego me colocó de espaldas, me subió el vestido, yo trataba de moverme, forcejear, pero él era más fuerte. Amarró la sabana en mi cuello después de colocarla en mi boca. Subió el vestido, me quitó la panty. Escuché el sonido de la hebilla de su correa y unos segundos después, sentí su pene tibió y baboso destrozándome por dentro. Fue horrible, horrible, horrible. Yo lloraba, sentía que la sabana me atragantaba y en ciertos momentos pensé que vomitaría. Me dio una segunda descarga con Rebeca, y PUF… Cuando desperté me estaban llevando para el TEC TEC… no sé qué odio más ahora. Si el TEC, o a Joseph.

No le conté a Mamá. No quise ponerla a llorar, porque lo hace casi siempre que me ayuda a cambiar.

19/Febrero/1997

¡No sabes cómo odio ahora a ese maldito!

De la ira que tengo, siento que me duele y me arde la entrepierna. Pero, organicemos ideas, ¿Quién es rebeca? ¿Por qué no les contaste a los doctores? ¡Tenías que decirle a tu mamá para que ella hiciera algo!

Y sobre las hadas, pues, yo al principio no lo tenía muy claro. Pero papá antes de morirse de un tumor en el páncreas, me enseñó a hacerme compañía con las hadas. Me dijo que eso sería mi única compañía, que los amigos en realidad no estarán ahí para cuando te sientas mal, pero las hadas siempre. Siempre. He leído varios cuentos, y hablan de que son seres pequeños con tiernas y brillosas alas que dejan un camino de polvo dorado mientras vuelan, como también he leído otros donde dicen que las hadas son bestias con alas podridas y penando en las puertas del infierno.

Creo que todo depende de cómo las mires. Por ejemplo, yo, emmm.. No sé cómo explicarte. Cuando me siento sola, al borde de la oscuridad, cuando pienso en el suicidio, cierro mis ojos, fuerte. Fuerte. Muy fuerte, los aprieto junto con mis manos, aguanto la respiración. Y cuando vuelvo a respirar, aun sin abrir los ojos, me encuentro en el mundo de las hadas, el único lugar donde me consuelo cuando estoy triste. Papá lo llamaba “Mi refugio”. Yo lo llamo “El único dulce”, creo que puedes ponerle el nombre que tú quieras, e imaginártelo como quieras, por ejemplo: yo al mío le tengo muchas cascadas y varios bosques de árboles con hojas rojas.

Pruébalo, y me dices como te va.

27/Febrero/1997

No sé qué sucedió, ni cómo. Pero hice lo que me dijiste, y duré muchos días en aquel lugar, encerrada en un mundo que yo creaba a medida que caminaba. Fue asombroso. Podía escuchar afuera, muy lejos, voces de los médicos, pasos, incluso la respiración de Joseph cuando seguramente me violó otra vez aprovechando mi estado.

Cuando desperté tenía un tuvo en la garganta y me encontraba en un cuarto blanco con máquinas que tenían lucecitas de colores y un pito fastidioso. ¿Por qué no me has escrito Lorayne? ¿Qué te sucedió? ¿También te quedaste encerrada en aquel mundo? Ah y Rebeca es un bolillo negro y largo de metal que Joseph tiene para castigar a la gente que se porta mal. El mismo le llama Rebeca.

28/Febrero/1997

¿Por qué no me escribes Lorayne? ¿Qué te ocurrió? No sabes, ni tampoco tienes ni idea, la falta que me haces, te extraño. Por favor escríbeme! Escríbeme! Escríbeme! Te lo ruego!

Te quería decir que ya estoy harta de Joseph, ya no puedo siquiera caminar bien, no sé qué hacer.
Escríbeme!
Escríbeme!
Te lo pido!

3/Marzo/1997

Ya no aguanto esta soledad Lorayne, ¿qué haces?, ¿por qué no escribes?

Ayer Joseph volvió a violarme. Está vez acepté la pastilla, pensé que así sería menos doloroso; pero no fue así, cuando me desperté tenía dos hilos de sangre seca en mis muslos. Se me dificultó pararme para ir a orinar. Nunca me imaginé que me ardería de esa manera al orinar después de haber sido violada, es como si orinaras un ácido que te quema, o te pica.

Anoche soñé algo extraño, había una forma rara en la entrada de la habitación con una sábana puesta. Si le hubiera visto los ojos te asegurara con más confianza que estaba viéndome dormir. Y no sé por qué, pero creí escuchar algo que recitaba, y busqué en este diario y yo misma he anotado lo que decía varias veces, seguramente inconscientemente. Te lo dejo abajo por si te dignas a leerme. ¿Qué crees que signifique? Aun se me eriza la piel de la nuca al recordar aquella voz ronca.

La noche es un fantasma… 
Es un fantasma… 
Es un fantasma…
Un monstruo!
Me quiere devorar y nadie me cree. Nadie!

4/Marzo/1997

Jajajajajajajajajajajaajajajajja jajajajajja jajajajajjaja jjajajajaj jajajajjajajajaja RESPONDE MALDITA!

4/Marzo/1997

Ayer maté a Joseph. Y quizás hoy me mate yo.

6/Marzo/1997

Estas dos últimas noches me ha visitado EL algo. Ayer pude verlo más de cerca, parece el cuerpo robusto de una anciana forrado con una sábana amarilla. Tocó la reja de mi habitación para despertarme, cuando me senté ya estaba adentro; estaba a medio metro de mí, no sentía ninguna respiración, sólo una presencia extraña parada frente de mí y unas fuertes ganas de vomitar. Por la ventana de mi cuarto entró un fuerte viento que silbo en las grietas de las paredes, y aquello o El algo me señalaba la luna hinchada y prominente que nos arropaba con su luz plateada. Cuando la volví a mirar ya no estaba, sólo un charco de orina en donde estaba parada.

Si viene hoy, sacaré fuerzas para quitarle la sabana y descubrir quién es, si no vuelvo a escribir, quiere decir que me ocurrió algo.

Quiero dejarte, Lorayne, narrado lo que sucedió con Joseph. La noche del tres de marzo, después de violarme, y hacer esos gestos raros que hacia mientras escupía un líquido espeso y blanco de su pene, me di cuenta lo débil que se encontraba. Estaba totalmente inerme; rebeca se le había caído en el suelo. Era el momento perfecto.

Di un salto de la cama, tomé a rebeca, le hundí el botón rojo para que empezara a vomitar electricidad, mientras el intentaba en vano ponerse los pantalones. Fue tan rápido todo, que aún no recuerdo como llegué hasta su miembro y le di cuatro descargas, de seguido, una tras otra. Cuando botó espuma por la boca, se orinó y se le salió el excremento, cayó en el suelo boca arriba.

Yo seguía dándole descargas con rebeca como una maniática: en el cuello, en la barriga, en la cara. Luego tiré a rebeca lejos, y con sólo pensarlo unos segundos le desgarré la piel del cuello, ¿de dónde saqué fuerzas? Una vez escuche diciendo a uno de los enfermeros que: No hay nada más fuerte y aterrador que un loco enojado. Vi su tráquea desnuda, frágil, se iba pigmentando lentamente de gotas de sangre hasta arroparla toda. Metí mis dedos con delicadeza, al principio se sintió frio, luego tibio, hasta que sentí una pequeña hilera de huesos filosos con las yemas de mis dedos, tiré de ella con tanta fuerza que me corté el índice con uno de aquellos huesecillos.

Cuando entraron los vigilantes, me mandaron a una sala que al parecer es de enfermería. Y allí se dieron cuenta de que me había violado, asique no recibí ningún castigo o suposición de “Posesión demoniaca”  por lo que había hecho. Pues una mujer violada lo más sensato es que le guste cortar carne, rasguñar piel, cagar en el cadáver, o al menos eso pienso yo.

Espero conocer El algo. 
Te extraño Lorayne.
Ahora conozco ese verso… Siento saber que significa.

La noche es un fantasma… 
Es un fantasma… 
Es un fantasma…
Un monstruo!
Me quiere devorar y nadie me cree. Nadie!

3) Horrorosa fantasía sexual

I

—El cuerpo de cristo.

—Amén, padre.

—El cuerpo de cristo.

            —Amén —respondió Yuliza—, y abrió la boca.

            La hostia se le pegó en el paladar, estaba más simple de lo normal. Se devolvió a su lugar con los dedos entrelazados en el regazo y la vista fijada en el suelo. En cada fila había tantos ancianos como en un hospital gente pobre reclamando atención. La mañana era soleada, el sol entraba por los vitrales formando arcoíris que morían en la baldosa blanca de la iglesia.

            Los pasos se escuchaban perezosos, en una de las filas había un anciano de unos ochenta y cinco años, el mismo que una mañana al salir de casa intentó violarla. Porque salir de casa a la escuela en esos años era un suicidio, los oficiales jugaban al fútbol y algunos hombres violaban y mataban niños.

            Recorrió con la vista todas las filas, y se hastió. Había en esas filas tanta gente mala del pueblo, que no sabía si estaba en un curso intensivo del infierno o en la iglesia de Dios. Se pudiera largar del pueblo, claro, pero fue el único lugar donde encontró trabajo como comunicador social. En la ciudad no pudo conseguir un puesto, las emisoras y los periódicos hacían entrevistas, miraban su currículo. Y luego, si el entrevistador era hombre, le miraba las piernas y los senos, los labios, la entre pierna; le decía con la mirada lo que tenía que hacer si quería el puesto.

            Si el entrevistador era mujer, cosa que era demasiado rara, aceptaba únicamente las hojas de vida de sus amigas. De su familia. Era una pérdida de tiempo ir a presentar una hoja de vida a una mujer, porque las mujeres rara vez le pedían la entre pierna, porque ya tenían el puesto ocupado, incluso antes de que esa persona que tenían en mente les llevara la hoja de vida. Así funciona esto, cariño.

            Recordó lo que le decía su abuela: El pan se come entre familia, mi niña.

            Decidió irse de la iglesia antes de que el cura diera la bendición, sus abuelos se lo perdonarían. Al llegar a la salida, hincó una rodilla, se persignó. Arriba de ella estaba la Virgen María cargando al niño Jesús. Se levantó, acarició la estatua. Y siguió su camino.

            El pueblo se veía desolado, sucio, siempre mantenía un flagrante color a tierra. Antes de llegar a su casa, pasaría por la emisora, debía cuadrar unas cosas. Odiaba coger el camino de la iglesia a la emisora, porque el más corto pasa por la única funeraria del pueblo, y  si pasa por ahí, la piel se le eriza, creé sentir los susurros de todos los cuerpos exánimes que preparan en ese lugar para que tengan un bonito rostro antes de que le echen la tierra encima. En ese lugar donde los viejos rompen su palabra al decir que ni muertos se echarán maquillaje.

Pero eso no era motivo para llegar. La chica que entró a ayudarle con la emisora, no sabía tanto de música cristiana. Y a veces quedaba corta de nombres en la multitud de casetes y colocaba baladas románticas por error.

            ¿Cómo poner baladas románticas en una emisora de alabanzas a Dios? Es como incentivar a los ancianos a tomar Viagra, y a las ancianas a que se den golpe de pecho por no sentir ya atracción sexual hacía nadie. Así es este pueblo, ¿cierto cariño?, las cosas nunca son lo que parecen. Si dices amor, se pintan sexo e hijos; si vomitas, se pintan que estás embarazada; si le respondes el saludo a un hombre, se pintan que te acuestas con él.

            Cuando se preparaba en la catequesis para la primera comunión, el padre intentó seducirla diciéndole, Dios te lo agradecerá enormemente.

Apretaba el rosario con su mano huesuda y arrugada. Frente de ellos había un candelabro con una vela de mecha débil, todos los niños ya se habían ido de la preparación. Pero ella no sentía que Dios le pedía eso, no creía que Dios era tan malo como para hacerle quitar la ropa delante del cura para que el hiciera esas cosas raras, como las que hacia su abuelo con algunas mujeres a escondidas de su abuela.

            Así que salió corriendo, casi llorando, se le cayó su libro de catequesis en el camino y le rogó a la abuela que no la mandara más a la iglesia. Que ya no quería hacer la primera comunión. Pero no fue así, al próximo sábado su abuela dijo que la acompañaría. Después de haberle contado lo del cura, su abuela nunca más la dejó ir sola a la iglesia hasta que cambiaron de sacerdote.

            El pueblo no sabía qué hacer para que el sacerdote se fuera; porque fumaba, a veces empezaba la misa embriagado y eran demasiadas las quejas que se oían de él, la mayoría por morbosidades. Pero, su libertinaje acabó cuando violó la hija de un campesino. Porque ese mismo campesino le abrió la cabeza de par en par en la entrada de la iglesia. Yuliza lo recuerda porque ella pasaba por ahí, debía comprar carne y arroz, y para ir al mercado se tenía que pasar por la iglesia.

            —¡Toma tu limosna! —Gritaba el campesino mientras subía y dejaba caer el machete con todas sus fuerzas— ¡Toma tu limosna curita del diablo!

            Pero ya es el año dos mil, y las cosas han cambiado. Más para ella, una mujer de treinta años, viuda y con un temor a Dios más grande que el temor de un niño a la oscuridad.

            Una vez en su cuarto, se arrodilló y oró a Dios para que la perdonara por salirse de la iglesia antes de que acabara. Fue a la cocina por fósforos, las velas del altar de la Virgen del Carmen se habían apagado. Al lado del cuadro de bordes dorados, donde posaba la virgen sobre nubes grises, estaba su abuela con la mano sobre el hombro de su abuelo. Estaban vestidos “elegantemente”, su abuelo estaba sentado y su abuela de pie con una cara nada amigable.

            El cuadro tenía un manchón amarillo en una esquina de la foto, y la cara de su abuelo ya estaba borrosa. Pero aún podía notarse la expresión de hombre justo que siempre cargaba.

            Luego de prender las velas, se quedó dormida en la cama. Está vez tuvo el mismo sueño, pero ya no era el cura, era su abuelo que salía de la tumba con un miembro enorme; lo esperaba desnuda en una cama hecha de plumas. Intentaba moverse, gritar o salir corriendo, pero no podía. Podía verle el rostro cetrino podrido, los dientes escasos y amarillos.

            Había sepultado a su abuelo hace dos días. Pero no le había dolido tanto como el entierro de su abuela, porque ella misma le había pedido a Dios que se llevara a su abuelo; se le habían podrido los pulmones, tenía la casa apestada y cada vez que tosía, aparte de botar sangre, parecía llenar la casa de un aroma a tabaco combinado con carne podrida.

            Su esposo había muerto dos años antes que su abuelo.

Tenía tres días de tener un dolor abdominal; cuando el centro de salud del pueblo decidió que ya era necesario mandarlo a la ciudad, llegó con las tripas reventadas por dentro. Cuando su esposa llegó al hospital de la ciudad, su marido no respiraba, los médicos le dijeron que estaba muerto, dos horas después le dijeron que había sufrido una peritonitis. Todo transcurrió normal, el llanto normal, como toda mujer católica que se le muere un familiar. Gritos atroces tragados entre rezos y rodillas dobladas ante los santos para pedir fuerzas.

            Seguía dormida, aún estaba tendida en la cama, pero todo se repetía. A veces salía de la tumba su abuelo, otras veces su abuela… rara, muy rara vez su marido. Pero el protagonista era el cura; cuando no salía de la tumba de su abuela con un resuello aterrador, lo sentía bajo de la cama, arrastrándose, llamándola, diciéndole nuevamente que:

            —Dios te lo agradecerá enormemente —su voz no era su voz, era como un chillido extravagante tratando de articular palabras.

            Ya está sudando, se estremece, varios cuervos graznaron en un árbol cercano. La tarde ya está muriendo. El sol se hunde anaranjado entre las montañas frondosas de árboles, entre la tierra de campesinos, entre la tierra que le dio de comer a ella por toda su vida, donde su abuelo cortó arroz hasta que los cayos le pudrieron las manos. La oscuridad emergía, como una capa larga y espesa arropando su casa.

            En la calle pasaban niños montando burros cargados con sacos de maíz. Los insectos partieron el silencio desde el monte. Una luciérnaga entró por la ventana. Aquí viene otra vez la lluvia de pesadillas, las mismas de siempre. Con la misma sensación que sintió cuando su abuelo le dijo, un día al llegar de la escuela, que sus padres murieron en un accidente, y que se habían ido al cielo para estar con Dios. Terror, terror puro; un estado aislado del mundo y las oraciones, ahí nunca hay rezos, nunca hay hostias. Ni si quiera drogas o un campesino con un machete para dividirte los sesos y poder despertar antes de ver el horror que te quieren mostrar.

            Las pesadillas te quitan la carne, la sangre, te muerden por dentro hasta dejarte famélico y medroso;  a veces, en el peor  de los casos, te quitan la cordura. ¿Cierto, lector?

II

            —No sé qué me pasa padre, ayúdeme, ayúdeme, por favor. Se lo suplico.

            —Lo que me cuentas es atroz, hija. Había escuchado varios casos, pero nunca pensé que conocería un ser en persona que posee… esos…

            —No lo diga, padre, bastante tengo con entrar aquí y decirle esto. No sabe las fuerzas que tuve que sacar —su voz eran susurros—. Se me cae la cara de vergüenza contarle todo esto… Mis abuelos deben odiarme. Estoy maldita, padre, ¡maldita!

            El confesionario a pesar de ser estrecho, era cómodo, un cojín marrón para poder sentarse. La ventanilla tenía una cortina de tela oscura, ya se veía bastante raída. La voz del cura era grave, de acento español y le fortificaba el estar ahí para tratar encontrar el perdón de Dios.

            —No te refieras así, a ti misma, hija mía. El maligno hizo todo eso, tú no, eso tenlo por seguro. Todas las cosas perversas que ves en este mundo son obra del maligno…

            —Lo sé, lo sé, padre. Pero siento que yo soy el maligno. ¿Qué hago padre? ¡Dígame! —imploró.

            —Ve a casa, hija mía. Reza quince Avemarías y veinte Padre nuestros. Y ruégale a Dios que te perdone.

            —Amén, padre.

            —Dios te bendiga, hija mía. Ve con cuidado.

III

Cuando volvió en sí, se encontraba en el mismo lugar. Se llevó las manos a la boca y empezó a llorar. Está vez lloró menos que la primera vez, donde no durmió en lo que bastó de la madrugada, esperó con ansias a que amaneciera para ir donde el padre Victoriano. Necesitaba confesarse, debía y estaba obligada a eso. Lo que se “descubrió” haciendo era atroz, no supo cómo y en qué momento había llegado allí, y eso hacía que las pesadillas empezaran a perturbarla despierta. Necesitaba el perdón de Dios.

            Si las cosas siguen así, tendría que irse del pueblo. Porque si no paran, su alma quedará plenamente maldita por la eternidad, en las cadenas del infierno. Y ella no quería eso; pensaba y estaba segura no merecer el castigo de Dios, si ni siquiera ella es consciente de lo que se encontró haciendo, y tampoco es consciente de lo que hace unos segundos estuvo por hacer. Alguien o algo estaba controlando su alma, si, era eso, ¿Qué más podría ser?

            Miró al cielo y le dio gracias a Dios. Porque está vez… esta vez cuando volvió en sí, aún no había entrado a aquel tétrico lugar. No se había despertado con los dedos de un cadáver en su vagina, y montada sobre un cuerpo inerte, tieso y pálido. Con el cuerpo sudado y una humedad en su entre pierna tan densa, que sólo la había experimentado cuando se fue a la ciudad de luna de miel con su difunto esposo.

            Mientras caminaba a casa entre la noche serena y la luz plateada de la luna, recordó lo que vio debajo suyo cuando despertó la primera vez que le ocurrió esto. El cadáver era un joven del pueblo, de hombros fuertes, piel blanca y piernas delgadas, nariz fileña y un cabello indio desgreñado; había muerto asfixiado en una de las minas cercanas del pueblo. Entre la claridad que daba un bombillo amarillo en la sala de preparación de la funeraria, pudo ver como brillaba el cuello del cadáver, sus mejillas. Las náuseas fueron insoslayables. Vomitó sobre él, al imaginarse cómo pudo lamer el cuerpo de un hombre que no ama. El cuerpo de un hombre muerto.

            El cuerpo de un hombre joven y muerto.

            Yuliza empezó a correr a casa, los prominentes senos se le movían bajo de la piyama a medida que huía (¿de qué?). De alguna manera los recuerdos estaban llegando. Recordó cómo se había quitado la bata al entrar en la funeraria. Recordó que Cristóbal, el empresario de pompas fúnebres y también hermano de su difunto esposo, le había dejado en casa una llave de reserva de cada una de las cerraduras de la funeraria. Y quizás a Cristóbal se le había pasado pedírselas después de la muerte de su esposo. Eso explicaba. Que puertas abrían las llaves que sujetaba.

            La entrada al placer, a la concupiscencia anómala de sus íntimos (o profundos) deseos.

            Los recuerdos seguían, a veces no sabía cuales le perturbaban… o si ya estaban empezando a agradarle.

Recordó como hurgó en la funeraria al entrar, buscando la sala donde estaban los cadáveres más frescos. Al encontrarla, habían dos, una anciana  y un joven. Los dos cuerpos estaban desnudos, los dos cuerpos tenían una mata de pelo hirsuto en sus partes. Se quitó la bata cuando estuvo frente del cadáver joven, luego la panty, delicadamente, sin afán, como si estuviera haciendo un estriptis privado.

            Se pellizcó los pezones marrones, escrutó la cama de aluminio donde posaba el cadáver, se fijó en que fuera resistente. Primero se montó de rodillas, luego de estar arriba, se fijó en el rostro blanco, en las ojeras y lo agrietado que estaban los labios. Pero no importó, le dio un beso, luego otro, una mordida. Notó que empezaba a humedecerse. Siguió lamiéndolo, por el cuello, debajo de las orejas, en los cachetes, por los mofletes; bajó desde su pecho hasta su ombligo dejando un camino brillante por la saliva. Reflexiono un momento, y decidió que no importaba, se arrodillo y le hizo sexo oral al miembro flácido del cadáver…

            Ya no quería tener esos recuerdos, no le gustaban, los aborrecía. Una vez entró a la casa, tiró las llaves contra la pequeña tv que posaba sobre una mesa color caoba. Fue al baño, y se tiró sobre la alberca con todo y ropa. Pensó que no estaría mal si se dejaba ahogar. Pero para cometer suicidio, debes estar mucho más que convencido; porque si no, serás el hazme reír cuando despiertes de tu fallido intento.

            Luego de escurrirse y secarse, le había quedado un débil sollozo. Buscó los fósforos, prendió las velas y comenzó lo de todas las noches. Buscar vehementemente el perdón de Dios.

            —Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo… —Hasta que se quedó dormida sobre la cama.

            Pero como su abuelo decía: Si se empieza algo, hay que terminarlo.

            No supo al principió que era lo baboso que le tocaba el tobillo izquierdo. No le quiso prestar atención, para seguir durmiendo, el reloj apenas marcaba las seis y no tenía que ir a la emisora hasta las ocho. Pero la viscosidad se volvió insoportable, se quitó la sabana y soltó un grito. Y seguía gritando cuando se levantó de la cama. Caminaba hacia atrás con la cara temblando, se aferró a una esquina del cuarto y se dejó caer hasta sentarse. Ella temblaba, y el miembro que estaba tieso y asqueroso sobre la cama relucía entre la mañana como un amante satisfecho.

            Era el brazo del cadáver, del hombre joven que murió asfixiado en la mina. Cortado desde abajo del hombro. Se notaban cortes irregulares y el hueso blanquecino dejaba ver una larga astilla. En varias partes de la cama había sangre, en unas seca y en otras aún estaba húmeda.

            ¿Qué habré hecho?, se preguntó. Notó sus manos sucias de sangre seca, y se alzó la bata para revisarse. Al parecer se había masturbado con la sangre y los dedos de un cadáver.

IV

Llevaba días en vela. El mismo día que se había levantado con aquella sorpresa en la cama, utilizó por primera vez, una pala oxidada que guardaba su esposo bajo de la cama para llenar el patío de plantas medicinales, para enterrar el miembro de aquel cadáver. Mientras oía en el pueblo los murmullos de la gente supersticiosa. Es el diablo, gritaban algunas señoras esposas de campesinos. Quizás sea una deuda que tenía con una bruja, replicó un minero. O andará algún caníbal entre nosotros, supuso uno de los profesores del único colegio del pueblo.

            Cristóbal había salido dando alaridos de la funeraria, a uno de los cadáveres le arrancaron el brazo mientras todos dormían. Los oficiales metieron las narices en el asunto, le preguntaron quien más tenia llaves de la funeraria.

            Cristóbal no recordó a quien le había entregado las copias, en caso de que se le llegasen a perder las originales.

            —Efectivamente hay un caníbal, o un hombre enfermo de la mente entre nosotros; así que, señores, tengan mucho cuidado —concluyó uno de los oficiales del pueblo. Después de no haber podido encontrar el brazo del cadáver en ningún rincón de la funeraria.

V

Dios te lo agradecerá enormemente, decía, sólo sube un poco tu vestido. Esta vez no salía corriendo. El cura le empezaba a salir pelo alrededor de los ojos; las uñas se le alargaban; los ojos le brillaban y las pupilas se le iban adelgazando ovalada y verticalmente, como las de un gato. Le cogió su cuaderno de preparación y lo tiró sobre el escritorio donde había una enorme biblia abierta.

            La vela del candelabro parecía ir perdiendo luz.

            —Sólo sube un poco tu vestido —susurró nuevamente, ansioso, como un hombre virgen desnudando su primera mujer—. Dios te lo agradecerá enormemente.

            Ella gritó. La pequeña de diez años, que se había quedado después de la catequesis para hacerle un pequeño favor al cura, gritaba. Pero sus oídos no escuchaban su voz, la vela iba apagándose; había un insondable silencio. El cura postró sus horribles manos de dedos largos en sus hombros y le arrancó el vestido. Quedó sólo con una panty rosada, cayó al suelo por el maltrato, su respiración se aceleraba.

            Empezó a reptar de espaldas, quería huir, sentía un frio extraño. El cura la agarró por una de sus sandalias, la jaló hacia él y le dio la vuelta. La última imagen que vio del cura era una cara totalmente llena de pelo  y, unos dientes filosos y sucios como cuchillos oxidados.

            Le agarró la panty y se la quitó por completo.

            Luego de unos segundos ya no sentía un hombre cerca, era una bestia, un ser lleno de pelos rompiéndola por dentro con algo que no parecía de carne. Le apretaba la cara contra el suelo, la agarraba por el cabello y le golpeaba el rostro con el suelo mientras la penetraba con todas las fuerzas de un demonio…

            Despertó gritando. Se hurgó entre sus piernas buscando sangre, alguna herida. Sólo fue un sueño, se calmaba, sólo fue un sueño. Se sentía extraña, estaba muerta de miedo, de nervios; aún tenía la sensación de tener algo dentro de su cuerpo. A diferencia de todos los sueños, está vez, sus tripas reaccionaban extrañamente, su piel estaba erizada, las manos le sudaban; sentía un cosquilleo extraño en las pantorrillas.

            Le dio un ataque, se estaba quedando sin respiración, gemía. Sí, estaba gimiendo, su cuerpo tenía una sed perversa. No era de sangre, ni de agua, era un sed… una sed de…

            Saltó de la cama, se arrodilló y sacó la pala. Salió corriendo al patio donde un día antes había enterrado el brazo del cadáver de la funeraria. Empezó a escarbar la tierra negra y espesa. A escarbar, mientras sus piernas le temblaban y su respiración se aceleraba más y más, y más.

            —Sólo sube un poco tu vestido —mascullaba entre el siseo de la respiración mientras escarbaba—. Sólo sube un poco tu vestido, sólo sube un poco tu vestido… ¿Por qué tuve que enterrarte tan hondo? —gimió—. Sólo sube un poco tu vestido…

4) Escalofriante relato de un asesino homosexual

Odio los días nublosos, odio ese olor que bota el ambiente cuando cae agua del cielo en la tierra caliente… “Preticor”, creo que se llama ese desagradable olor, ¿cierto? Más allá de odiarlo, es una de las cosas que desearía jamás oler, porque me recuerda el sonido de la multitud, el sonido de personas marchando penosamente hacia el único banco transitados por todos, pobres y ricos, El cementerio.

Esta mañana nuevamente me crucé con Jesús; por más que intento seguir los consejos de mi abuelo, no puedo, vuelvo a caer llorando en este cuarto como un chiquillo asustado, temeroso, llorando con vehemencia hasta que los ojos se me hinchan como papas y la nariz se me pela por tanto limpiarme los mocos con servilletas. Si, lo sé, esto suena algo estúpido, para tener dieciocho años y ser un Correa, me dejo llevar demasiado por sentimientos. Lloré, pero mi plan no fracasó al final.

Cuando me topé con Jesús, tuve el enorme presentimiento de que hoy sería uno de esos días en los que soy el motivo de risa en mi familia. Terminé por afirmarlo cuando llegué y encontré a mi familia reunida por la visita de los hermanos de mi padre. Los saludé a todos, sin recelo, con la mirada en los ojos y un apretón de mano, fuerte, como me enseñó mi abuelo; pero cuando di la espalda para subir las escaleras a mi cuarto, de nuevo aquellos murmullos… aquellas risitas chillonas parecidas al sonido de demonios escondidos detrás de los muebles listos para herirme con sus garras en mis testículos. Menos mal no se demorarán nada en casa.

Se hizo el medio día y aún continuaban algunas carcajadas, quizás ya no por mí, pero aún me lastimaban. ¿No se han sentido como si fueran siempre el motivo de risa en su familia? ¿Incluso si el porqué de la risa no son ustedes, su cerebro les hace creer que sí y se hieren idiotamente a sí mismos? Claro, quizás a la mayoría aun no le ha ocurrido esa fastidiosa sensación, porque para sentirse así hay que pasar por cosas, por ejemplo: que todos se burlen de ti en la calle al caminar, que nadie se siente a tu lado en el lugar donde estudias, que hasta los insectos los sientas distantes de ti.

Sólo así me entenderían, y también querrán alejarse de las personas sinceras creyendo que también se quieren burlar de ustedes. Es un bonito juego de autodefensa creado por nuestro cerebro para hacerles creer que están solos. Rechaza todo, sin importar que queden personas realmente buenas afuera.

Ya se destapó por completo la lluvia, aun se siente un poco el olor a petricor, pero es más soportable. En la casa no hay nadie, sólo mi gato y yo, el único que me mira sin intención de burlarse. Sólo somos él y yo, en esta ceremonia ambientada con electrónica y acompañada por una botella de aguardiente. Pero hay algo diferente en sus ojos hoy, como si supiera perfectamente lo que salí a hacer después del almuerzo… como si supiera que le destapé el cráneo al estúpido de Jesús. ¡Sí! ¡Sangre y sesos por todas partes!

Puedo ver mis ojos hinchados por tanto llorar reflejados en la pantalla de este portátil. Se me ve mejor la cruz de plata a mí que a Jesús, es irónico ¿no?… bueno, para decirles por qué me rio en estos momentos como una adolecente en embarazo aparentando no sentirse demasiado joven para ser madre, primero tengo que explicarles el principio de los acontecimientos.

Si es que realmente hubo principio, ¿no será que el principio apenas comienza hoy?

Soy gay, homosexual, marica, como quieran llamarle, o como los conozcan seguramente por como los llaman los inadaptados de su ciudad o país. No hay términos, son personas, somos personas; o se escucharía bien llamar a un heterosexual: “EY TÚ, MACHÓN” o “EY TU FEMICHÓN”. Es “él”, “ella” o ¡su nombre! La esencia o los gustos de cada persona no tienen por qué alterar el pronombre, el respeto, la biología, ¡la obediencia!

Cuando me di cuenta que no me gustaban las mujeres, y que era malo porque en la familia a todos los hombres les gustaban las mujeres, tenía solo once años. Pensé que era una enfermedad, me frustré, me deprimí, me confundí y hasta me hacia el enfermo para no ir a clases. Escuchaba a mi papá y a mis hermanos hablar de hombres que le gustan hombres de una manera que me hacían temerles; no quería imaginarme como se pondrían, o que me harían cuando se enterarán que yo, un Correa, era Homosexual.

Todo fluyó perfectamente bien en una rudimentaria falsa, todo era fácil de imitar, incluso traer una novia a casa cuando cumplí dieciséis, dos veces a la semana para evitar sospechas. Linda, se llamaba mi amiga, la que me hacia el favor de pasarse por mi novia; teníamos mucho en común y una de esas cosas era que tampoco le gustaba lo que para la sociedad debía gustarle. Le gustaban las mujeres, y no sé si le seguirán gustando porque tengo tiempo que no la veo.

Cuando cumplí los quince años encontré un chico por internet que padecía lo mismo que yo, se llamaba Agustín; hablábamos horas seguidas, desde que el sol salía hasta que daban las doce de media noche. Hablábamos tanto que llegó el día en que empezamos a sentir atracción el uno del otro. Entonces empezaron las visitas, yo iba a su casa los sábados y él venía los martes. En las visitas empezaron los besos, y en los besos empezaron las caricias y en las caricias… Me omitiré eso.

Sólo vivía con su padre, era policía, a veces trabajaba aquí, en Barranquilla, otras veces se largaba no sé a dónde ciudad por razones laborales; su mamá vivía en México, se había divorciado de su padre, al parecer, porque era demasiado patán. Era ahí entonces cuando aprovechábamos la casa de Agustín, yo decía que haría tareas y pasaba por Linda para llegar donde Agustín y jugar al póker mientras conversábamos cosas bastante íntimas. Conocí a Linda antes que Agustín, pero cuando empezó mi relación con Agustín, fue que empezó también mi relación con ella.

Cumplí diecisiete años, todo iba bien, todo venía espléndidamente bien. Fueron los mejores dos años de mi vida, hasta que… Hasta que un hombre egocéntrico y homofóbico, me grabó besándome con Agustín el día de nuestro grado del colegio. Estábamos en una discoteca. Ya nos habían grabado antes, por eso habíamos borrado nuestro perfil en las redes sociales. Pero había algo especial en esta persona, y era que: conocía a nuestros padres; eso no lo sabíamos en el momento que nos grabó, de haberlo sabido nos hubiéramos largado a tiempo de toda esta multitud de humanos hipócritas.

Dos días después de la fiesta era martes, me tocaba llegar donde Agustín. Al llegar había una ambulancia en la carretera frente de la casa, dos enfermeros de camisa naranjada llevaban a Agustín en una camilla con la cara desfigurada, llena de sangre, de hinchazones; el ojo derecho recuerdo no habérselo visto en su cuenca. Me llené de odio, ni siquiera sabía que había ocurrido y ya me estaba jurando matar al papá de Agustín.

Agustín iba inconsciente. El cabello castaño lo tenía todo melcochado con sangre, su frente, sus orejas… parecía que le hubieran metido la cabeza en un balde de pintura roja. Nunca sentido con tanto odio, tanta repulsión hacia un ser humano…

Pasé la mirada a la entrada de la puerta nuevamente, cuando ya estaba acercándome a la ambulancia, traían otra camilla. Era el cuerpo de un hombre arropado por una sabana; no se veía sangre por ningún lado, hasta que alcé la mirada y vi un punto rojo enorme en el pecho del cadáver.

Intenté subirme a la ambulancia, pero fue inútil, no pude enterarme de que ocurrió. No sabía que pensar, o que hipótesis crear. Estaba asombrado, asustado, y lleno de una impotencia que notaron mis padres cuando entré a mi casa y subí corriendo con los ojos rojos a mi cuarto.

POLICÍA MUERE CON DISPARO EN EL PECHO MIENTRAS CASTIGABA A SU HIJO CON FUERTES GOLPES POR SER GAY

“…el estado del joven de diecisiete años es delicado, los golpes de su padre le dejaron fracturas en el cráneo, luxación traumática de glóbulo ocular derecho y hematomas en la mayor parte de la cara. Algunos vecinos afirman que los hechos ocurrieron en la terraza de la casa donde viven; que el joven al verse en el borde de la muerte tomó rápidamente el revolver que guindaba en el cinturón de su padre y disparó con los ojos llenos de sangre sin saber a dónde iría exactamente la bala…”

Justamente eso salió en el periódico al día siguiente. Así me enteré de lo que realmente ocurrió. Cuando decidí salir y llegar al hospital donde se encontraba Agustín luchando por su vida, vi al mismo sujeto que nos grabó en la discoteca en la sala riéndose con mi padre. No me vieron; sentí un golpe dentro de mis costillas, sentí que las tripas me caían en una licuadora. Todo cobró sentido.

Subí, cerré la puerta de mi cuarto. Lo recordé, yo mismo vi lo que le ocurrió a Agustín cuando su papá se enteró que era Homosexual; ¿qué me ocurriría a mí que tengo dos hermanos gemelos de veinticinco años con un cuerpo parecido al de Arnold Schwarzenegger y un papá homofóbico hasta la medula, incluso más amargado y patán que el papá de Agustín?

Sabía que, mientras estaba encerrado en el cuarto con las tripas revueltas y el corazón a punto de sucumbirme, las cosas se pondrían mal en un momento, si, en un momento se iban a poner extremadamente mal. Conocería, como mi mamá, los nudillos de papá cayendo con fuerza en el pómulo, o en los pómulos, ya elegiría mi papá. Fueron los minutos más largos en toda mi vida.

Escuché mucho ruido en la sala, tanto, que sentía un golpe en el pecho cada vez que mi papá gritaba: “¡NO! ¡NO LO CREO! ¡NO! ¡ESO NO ES NI PUEDE SER CIERTO!” Sin saber qué hacer, me senté en el borde de la cama con los brazos flojos y con una cara aceptando la tortura psicológica y física que me aguardaba con una linda rutina de masajes de mi padre. Escuché sus pasos en la escalera, fuertes, prominentes… Hasta que creí escuchar un grito en la habitación de al lado, donde duerme mi abuelo…

—¡Primero muerto antes de permitir que le pegues! —Gritó mi abuelo hacia la puerta donde ya estaba tocando mi padre— Yo hablaré con él, y bajaré en un momento si realmente es cierto todo eso que venias gritando.

Nunca había visto los ojos de mi abuelo mostrar tantos sentimientos juntos, con tantas palabras tolerantes y sabias. Para mí fue como encontrar un tesoro en mitad del infierno, no, más bien, como… encontrar opio en el infierno. Había pensado en negarlo todo, decir que por culpa del alcohol sucedió eso y que realmente no me gustan los hombres. Pero, viendo tanta bondad en las delicadas palabras de mi abuelo, no quise seguir la farsa, soy un Correa, mi abuelo dijo que los Correa no le temen a mostrar quienes son en realidad, que los Correa no temen a nada; pero cerca de no temer, los Correa aceptan, toleran y entienden.

—Cuando tu abuela murió dejaron de llegar los ingresos suficientes para sostener la casa, los estudios de nuestros hijos, pues ella trabajaba como contadora y era la entrada de dinero más importante en el hogar; por eso me tocó trabajar tiempo completo en el hospital —sentado a mi lado, en la cama, podía ver sus abultadas cejas como se movían entristecidas, como vomitaban dolor sus enormes arrugas y la irremisible sensación amarga que me transmitían sus enormes ojeras… vi dolor en mi abuelo, quizás como no lo he visto hasta hoy en ningún otro ser humano.

—Verás —continuó—… Tu padre era el menor de todos. Cuando tu abuela murió, tu tía Gina tenía doce años, tu tío Marcos tenía nueve, y tu padre, tu padre perdió a su madre con sólo tres años de vida… —me miró a los ojos— Yo nunca fui bueno dando consejos, dando enseñanzas. Gina y Marcos tenían que turnarse para cuidar de tu padre, por eso tenían que estudiar en horarios distintos. Nunca veía a tu padre despierto, sólo los domingos, pero mi poca demostración de cariño lo alejaba de mí. Se crio sólo, se inculcó valores él sólo, aprendió de la vida de libros y de sus propias experiencias. Eso lo volvió muy diferente a tus hermanos, era egocéntrico, amargado y, sobre todo, muy machista. Cuando me di cuenta, era demasiado tarde. Tu padre se transformó en una estatua moldeada por el dinero y costumbres del siglo pasado…

Y mi abuelo no pudo hacer nada para cambiar el camino que recorría mi padre. Cuando le conté toda la verdad, cuando le conté que por más que traté sentir gusto por las mujeres, no pude, bajamos a la sala, y les conté quien soy a todos los que viven en esta casa: mi mamá, mis hermanos… y mi padre.

Lo demás no lo diré, lo dejaré a la imaginación de todos ustedes, mi padre no pudo echarme de patitas a la calle porque esta casa es de mi abuelo. Hubo gritos como “NO ERES MI HIJO”, “NO CUENTES CONMIGO PARA NADA”. Todo lo que tengo hasta ahora, y el estudio que estaba empezando en una de las universidades de la ciudad, es gracias a mi abuelo.

Mi madre no la juzgo, ella siempre ha sido muy tímida y nunca dice lo que tiene en la punta de la lengua, ¡nunca! Y mucho menos frente el rostro convulsivo y amargado de mi padre. Ella es, lo que es la mujer en el cristianismo, domada bajo de versículos que la obligan a aceptar y obedecer cualquier sandez que salga de la boca de mi padre. En pocas palabras, vive bajo el temor.

Intenté engañarme, intenté creerme que las burlas y la soledad no me afectarían en ningún sentido. Pero no fue así. Al parecer no sólo mi familia, sino también la ciudad entera padece de una alta y truculenta homofobia. Sí, le quité la cortina al mundo y vi el infierno en el que vivo.

El mismo día que mi familia se enteró de todo, llegó Linda buscándome con una mirada que habló por si misma antes de decirme una sola palabra. Rompió en llanto cuando me vio bajar por las escaleras. Agustín había muerto de un derrame cerebral… Sentí escuchar cómo se partía una puerta de vidrio en mis oídos, sentí el estrépito de un carro chocar a doscientos kilómetros por hora con una pared de bronce, sí, era el de mis entrañas, si antes las tripas se me habían revuelto en una licuadora, con esa noticia la licuadora trajo unas amigas e hicieron un delicioso jugo con todos mis órganos.

Dolor, dolor, dolor…

No pude ver siquiera el cadáver de Agustín; su mamá lo mandó a pedir, su cuerpo fue incinerado para que llegara un cofre de polvo a las manos de una madre destrozada, sola, confundida y envuelta de espinas hasta la garganta. Los dioses le embutieron en la suerte un tanque lleno de infortunios. ¡Baia! Tenemos un pendejo parecido en eso. Suerte, suerte…, en los mundos de personas fuera de las reglas y de lo “normal”, la suerte no es más que un gusano atascado en las costillas.

Duré días encerrado en el cuarto, no comía, no dormía, no hacia absolutamente nada diferente a mirar el techo y llorar cuando notaba la realidad de mi vida. La única persona que estaba ahí, era un señor de ochenta años dándome el apoyo que no pudo darle a mi padre.

“No le temas al mundo, no temas mostrar quien eres, si ellos te halagaran y te apoyaran tampoco fueras feliz, porque sabes que si lo hacían antes era porque jugabas a sus reglas, a sus costumbres. Entiéndelos, ellos son personas masticando el mismo dulce desde que nacieron, y morirán así, sin saber que el mundo está lleno de anomalías que antes de la aceptación, solo quieren respeto”. Eso, creo que fue lo último que me dijo. Mi mamá lo encontró muerto en el piso de su cuarto, tenía sólo un zapato puesto, al parecer le dio el infarto cuando intentaba ponerse el segundo.

No me dejaron ayudar a cargar el ataúd de mi abuelo, iba casi de último, entre personas que nunca había visto; pero al parecer ellos a mí sí, porque todos me miraban de reojo y a veces murmuraban a mis espaldas. Nadie lloraba, todos de negro y a paso lento entonando un canto que me hacía estremecer; tantos hipócritas cantando juntos una alabanza a Dios, ¿no se estremecerían ustedes? En el entorno había un olor, que cuando niño me encantaba, pero ahora detesto. El sol se ocultó entre nubes grises, y la brisa traía un olor a tierra mojada, a preticor. El mismo que entraba por la ventana de este cuarto cuando empecé a escribir esto.

Después de quedar en la soledad absoluta, tomé varias manías en mi habitación, una de esas era descuartizar los ratones para mi gato; otra, escribir pequeños relatos de fantasía donde los homosexuales eran respetados.

De los chicos que más me molestaban era uno que vivía en esta misma calle, se llamaba Jesús, y digo se llamaba porque en estos momentos se debe estar secando la sangre que derramó cuando lo maté. Su hermano es el cura de la iglesia donde íbamos cada domingo, porque ya yo no voy, desde que mi abuelo murió mi familia no realiza actividades conmigo. Todos me miran avergonzados, y mi mamá me mira con dolor. Un dolor mudo y comprensible solo por las madres.

“¡Miren a ese maricón, oye, maricón, maricón, quieres que te regale una berenjena para que reemplaces a Agustín!”, “¡Ey! ¡Estás maldito! ¡Dios te mandará al infierno!”, cosas como esas me gritaba Jesús, es algo muy distinto a lo que es su nombre, muchos escuchan ese nombre y se imaginan salvación, sabiduría, amor… Yo lo escucho y los huesos me arden de ira. Pero eso no fue suficiente para que yo decidiera matarlo. Lo maté porque dibujó ocho penes en una foto de Agustín que colgaron en la universidad en honor a su partida, y también porque era uno de los mejores estudiantes. No, con las cosas de Agustín no debió meterse.

Dos días antes de planear matar a Jesús, pensé la idea de seguir mi vida, de luchar por algún momento largarme de aquí y juntarme con personas menos ignorantes, con personas que tengan la madurez y la inteligencia de ver el mundo como una baraja llena de sorpresas, una baraja a la que respetan, aunque no juegue a su gusto.

Fue fácil conseguir el número del celular de Jesús, todo lo publican en las redes sociales. Lo llamé y le dije que…

—Hola, Jesús, soy…

—Ya se quien mierda eres, ¿pa qué me llamas? ¿Qué quieres? ¿Cómo conse…

—Para no alargar la conversación iré al grano, trecientos mil pesos mensual…

—¿Cómo? ¿De qué mierda hablas mariquita?

—Te daré trecientos mil pesos mensuales, la pensión que me dejó mi abuelo, para que me dejes de molestar, ¿te parece? —Hubo un largo silencio, se podía escuchar que hablaba con otra persona, se reían— ¿Aceptas o no?

—Listo mariquita, me parece bien —intentó alejarse rápido del celular, pero alcance a escuchar cómo se ahogaba de la risa.

—Nos encontraremos el viernes de la otra semana, en la plaza de la paz a medio día, pero por la parte que pasa sola, sé que no te gustaría que te vieran conmigo.

—Listo… mariquita, es un placer hacer tratos contigo —siguieron las risas del otro lado, y colgué.

Ayer estaba un poco arrepentido de mi plan, semanas antes había comprado un revolver; por internet se puede conseguir de todo, hasta una mujer de veinte años virgen. Pensé bien las cosas, y decidí mejor llevar el trato como se lo proferí. No quería manchar mis manos con esa sangre homofóbica.

Me encontré con varias cosas en internet, o no sé si inconscientemente las busqué para alejar mi mente de esos diabólicos pensamientos. Una de esas cosas fue una marcha de homosexuales, me dio pena ajena, fastidio, repulsión. Algunos iban semidesnudos y otros con carteleras donde estaban los dioses de las religiones disfrazados de travestis. ¿Cómo vamos a hacer respetados si ellos mismos no se respetan en una simple marcha? Si, aquí entra eso que una vez me contó mi abuelo: “Estemos en el bando que estemos siempre habrá mal, siempre habrá personas estúpidas, gente ignorante, gente que no ayuda, gente que se hunde y hunde a los que estén cerca de ellos”. Es una monserga, un equilibrio vicioso.

Me fastidié de internet y decidí salir a la tienda a comprar un cigarrillo, una de mis actuales manías que adquirí tras la muerte de mi abuelo. Cuando venía saliendo de la tienda, a mitad de la calle, iba Jesús y su familia, iban muchas familias, todos con escapularios y una biblia en la mano… al parecer protestaban en contra de una tal “ideología de género” que querían imponer en el país.

Vi tanto odio en sus ojos, tanta separación del amor y la aceptación. Y vi a ese chico que me humilla diariamente, protestando, marchando, al lado iba su mamá con una cartelera que decía: “Parody y su PUTA MADRE La crio sádica, puta y desvergonzada y permitió q’ abusaran de usted. Le gustó mucho y quiere lo mismo para todos los niños???”, lo escribí igual como estaba plasmado en ese cartón. Es impresionante ver como hablan algunas personas de cristo.

Eso me recordó una clase que tuve en la universidad hace poco, donde el profesor nos mostraba imágenes de una marcha de cuarenta mil personas marchando en Mississippi en 1962 en contra de la unión de razas, sí, los blancos no querían a los negros junto con ellos. Se murmuraba que los negros les contagiarían el sida, herpes, cáncer, neumonía, sífilis… Les contagiaría un sinfín de enfermedades más con tan sólo respirar cerca de ellos. Se murmuraban un sinfín de leyendas. En todas, los negros eran la plaga, lo mandado por cristo única y exclusivamente para servir, pero por allá lejitos, escondidos, sin que ningún blanco los viera. ¿No tuvo esa marcha un “extraño” parecido con el presente? Que sean muchas personas las que marcharon en Mississippi de 1962, no significa que estén en lo cierto.

Al diablo, después de sentir un frío extraño en mis piernas y un odio hambriento de sangre en mis manos. Decidí continuar con el plan. Si, mataría a ese cara de verga, descargaría toda mi rabia con él, porque es el más ingenuo de todos los que me molestan. Sabía que sería fácil matarlo. Y justamente esta mañana cuando me topé con él en la calle, seguía burlándose, sabiendo el trato que forjaríamos. ¡Es un maldito!

Hoy, al llegar de la universidad, almorcé, besé a mamá en la frente, me preguntó qué si no iría con ellos al cementerio porque mi abuelo está cumpliendo un mes de muerto, le dije que no. Tenía cosas más importantes. Ese estúpido me pagaría todas las burlas, todos los chismes, los acosos, sin duda, me las pagaría todas. Fui con un buzo gris, el que me regaló mi padre hace tres años para nuestros viajes a tierras frías.

Él estaba sentado en un escalón, con la mirada burlona y ese mentón prominente, los mismos ojos ingenuos y el cabello ondulado negro aceitoso. Saqué los billetes y se le fueron los ojos, parecía una ratita gimiendo por un queso… La plaza de la paz, flores y plantas, pensé cuando llegué, que irónico.

—¿Me dejarás de molestar? —le pregunté mientras le mostraba el bulto de billetes de veinte. Él asintió con la cabeza, se levantó, y pude ver que éramos casi del mismo tamaño.

—Mientras que tú me pagues puntual, sí —y soltó una sonrisa que me dio tanto asco que creí que sus dientes eran gusanos.

Pensé bien las cosas y no quería que me descubrieran, al menos no tan rápido. Necesitaba tiempo para venir y escribir esto. Me gusta escribir, me hace sentir cuerdo, porque a veces, en alguna de mis meditaciones, creo haber perdido el amor a lo que amo, la cordura y la esperanza por todo, me fastidio yo mismo, nada me importa y nada me interesa, desde la muerte de Agustín deje de pedirle a Dios, no quiero molestarlo más con mis niñerías, menos para que sigan siendo ignoradas.

Bajé la mirada para tomar el dinero, y divisé una pala con unos instrumentos de jardinería detrás de él; en pocos segundos construí el plan.

Agarré fuerte el revolver con la mano, lo saqué y tomé impulso velozmente. La cacha del revolver dio justo en el parietal izquierdo de Jesús… y TRUCK, el cráneo de Jesús soltó un ruido opaco, un chillido fantasmal; era el del hueso fracturado por la fuerza con la que llegó la cacha del revolver en él.

Jesús cayó desmayado, enseguida guardé el revólver; el dinero decidí dejarlo regado en el suelo. Corrí hacia donde estaba la pala. Era pesada, parecía ser nueva; en los bordes tenía un poco de barro. Caminé lentamente, miré alrededor, y no había nadie, sólo autos a toda velocidad y taxis agonizando por el tiempo, ninguno se interesaría por lo que acontecía. Mi respiración estaba agitada, no pensaba en nada, mi cerebro sólo quería sangre, sangre, sangre…

—Sesos —me susurró una voz en mi cabeza.

Agarré la pala con las dos manos, la levanté, así como si fuese a empezar a cavar, y la dejé caer en los ojos de Jesús, después en su oreja izquierda; le metí toda mi fuerza. Su rostro empezaba a inundarse de sangre. Al siguiente golpe el sonido se pareció al de la patilla cuando cae en el suelo. Cerré los ojos y seguí, seguí, seguí… Un rocío de gotas tibias llegó a mi cara, sin abrir los ojos ya sabía que era su sangre acariciándome, porque el olor no mentía, ese olor dulce que nos hace recordar lo débil que somos. Todo eso hizo que mi pene se pusiera duro. Estaba entrando en alguna especie de clímax, me dieron más ganas de subir y bajar la pala, subir y bajar, subir y bajar… ¡Oh, que dicha! ¡Que suave se sentía la pala! ¡Qué hermoso era el sonido!

Mis ganas de seguir y mi rabia aumentaron más, y más, y más, y más…

Perdí la fuerza de mis brazos no sé después de cuánto tiempo. El sonido ya era el del metal contra el piso. Solté la pala como si por un momento hubiera dejado de entender lo que hacía. Limpié mis ojos, empecé a respirar pausadamente. Bebí esa imagen como un trago de vino, la contemplé como una obra de arte recién acabada. Jesús ya no tenía ojos; un científico diría que: “sólo cambiaron de forma, pero que aún estaban ahí”. El dinero estaba lleno de gotas de sangre, de tal manera que parecía que un niño hubiera saltado en un charco de pintura roja cerca de ellos.

Ya había dado un paso hacia atrás para irme, cuando me llamó la atención un brillo plateado; me acerqué a husmear de dónde precedía. Era una cruz que colgaba del cuello de Jesús —o de lo que quedaba de su cuello—; la tomé y la metí sin limpiarla en el bolsillo de mi pantalón, al llegar aquí la lavé con pasta dental y me la coloqué.

Caminé lentamente hacia la casa. A dos calles del lugar escuché el grito de una mujer, seguro provenía del mismo lugar donde estaba el cadáver. Sonreí. Tenía el rostro y el buzo manchado de sangre seca. Me quité el buzo, me limpié la cara con él y enseguida lo doblé al revés. Después de unos quince minutos ya me encontraba escribiendo el primer párrafo de este relato.

Estoy ebrio.

Me puse la cruz de Jesús para que sepan que yo lo maté. Yo, Santiago Correa.

El aguardiente ya se acabó; mi gato me observa desde el suelo con los mismos ojos alcahuetas de antes. Siento que entierra sus pupilas en mi alma, ¡carajo!, ¡qué sensación!, cómo puede un gato leer el alma —o al menos hacer sentir a uno de que lo hace. Como puede hacernos sentir tan acompañados aun con sus posturas arrogantes.

¡Ay, Agustín!, amado mío, ¿dónde estás?, yo llegaré donde sea, este sentimiento sombrío que cargo me alcanza para volar a cualquier estado espiritual, sólo dime dónde estás, no quiero perecer aquí en esta fiesta bizarra.

Estoy loco, estoy perturbado, estoy lejos de todo el conocimiento y la felicidad de todos ustedes, seres aburridos, insípidos. Creo estar arrepentido por lo que hice, el sentimiento es parecido al mismo que tenemos cuando nos acabamos de masturbar. Saldré a la cocina y probablemente me meta un cuchillo en la garganta, no sé, de alguna manera libero mi alma de este mundo protervo y egoísta. Ojalá pueda verte, Agustín. Aquí no hay esperanzas, aquí todo es odio, rencor y avaricia, todos se apuñalan, se difaman, se envilecen, ¡se mienten!

Vamos, ¿qué pasó?, ¿qué pasó familia? ¿Qué pasó personas?, ¿qué pasó seres con lógica?, ¿qué pasó cristianitos?, ¿Qué pasó con esa frase que tanto decía su mesías? Esa donde dice: Que os améis unos a otros, como yo os he amado…

5) La carta de un soldado que causó revuelo en España

18 Abril 1939

Tiene dientes amarillos; tiene muchas cosas más horribles pero primero nombro los dientes porque desde la oscuridad son los que más resaltan. Las primeras noches se arrastraba bajo de mi cama, intentando salir, para clavar sus largas y mugrientas uñas en mi cuerpo, factiblemente. Por eso días después decidí cambiar de cuarto, está casa es enorme y tiene tantos cuartos que a veces los confundo unos con otros; en los primeros días conté ocho cuartos, pero luego de tres semanas conocí tres cuartos más, la pintura de estos tres cuartos estaba erosionada, apestosa y mohosa. Esa misma noche del día que los descubrí, me arrepentí totalmente, porque esa misma noche llegaron esos dientes amarillos entre la espesa oscuridad. Algo había en esos cuartos, lo pude notar en el ambiente, el olor no era el mismo, por un momento creí que era azufre, inclusive aún estoy buscando que era aquel olor rancio.

Siempre se acerca o me persigue después de medianoche, con un sonido extraño, como si masticara, pero no he podido ver si realmente mastica algo o simplemente saborea mi cuerpo por la seguridad de que logrará arrancarme toda la carne, los huesos.

Antes de ayer, la noche del viernes o la madrugada del sábado —no sé precisamente que horas eran, porque ni la luna se dejaba ver desde aquel cuarto—, me desperté y vi sus dientes cerca, tan cerca que mi cuerpo experimentó una parálisis causada por los nervios; no pude levantarme a tiempo, porque cuando lo logré, ya aquella cosa masticaba entre sus dientes el pulgar de mi pie izquierdo.

Salí corriendo, ¿a dónde? No sé, pero corrí, al salir y toparme con el jardín de la entrada y la escasa luz de la luna, solté un grito tan fuerte que mi garganta ardió. Por primera vez me puse a pensar, o vi la realidad del asunto; estaba en un maldito cortijo, lejos del pueblo más cercano, tan lejos que a pie duraría dos días en llegar. Todo cobró sentido, porque el mismo día en que descubrí aquellos tres cuartos el caballo donde había llegado amaneció con el cuello destrozado y lleno de moscas pululando alrededor  de su cuello.

Es como una cárcel, una maldita prisión llena de polvo, telaraña y cientos de insectos.

Luego de darme cuenta que perdía equilibrio por la falta del pulgar, anadeé a la cocina de este lugar, prendí el único fogón que sirve de la estufa oxidada de dos puestos que está sobre unos barriles de aceite; y sin pensarlo dos veces —creo que ni una sola vez lo pensé, vengo de la guerra, hace unas semanas acabó la guerra en España; y también se fundieron muchas almas junto con su final y la victoria del tirano Francisco Franco; he visto lo que hay que hacer con este tipo de cosas— prendí el fogón, cuando la llama estaba alta, vivaz y resplandeciente, subí mi pie ya bañado de sangre y coloqué el muñón en la fogata.

El dolor era tan fuerte que recordé los gritos de todos mis compañeros antes de morir, antes de que uno de los batallones del tirano los torturara sacándole las tripas cuidadosamente, sin matarlos, para que vieran lentamente como se burlaban de sus órganos. Más tarde, cuando la estilla del hueso que quedaba fuera del muñón cambió a color marrón por el fuego, se sintió un aroma a carne en el ambiente; entonces supe que el trabajo estaba hecho.

Pensé en largarme, incluso ayer lo intenté, pero el bosque está lleno de voces y almas; veo y puedo sentir entre los arboles todos los hombres que maté, incluso puedo ver aquella mujer que mis compañeros violaron frente de sus dos hijos; no estuve de acuerdo con aquello, pero así es la guerra, sólo puedes protestar cuando no tienes brazos para seguir matando, porque ni siquiera por falta de balas tienen compasión de ti. Recuerdo haberla visto saliendo por un arbusto, gritando, igual de fuerte que aquel día, con los mismos moretones en la cara y la misma sangre regada entre sus muslos.  Pero así es la guerra.

Cuando mi grupo cayó, cuando a todos nos torturaron y el único que aun podía respirar era yo, me levanté como pude, con la visión borrosa, y caminé, me caía y me arrastraba, pero no sé cómo mierda llegué a un maldito caballo y le daba tan fuerte con las riendas que mis manos sangraron. Sólo podía ver por un solo ojo, el izquierdo, creo, porque ya he olvidado muchas cosas, pero ese ojo me permitió llegar hasta aquí.

No sé qué horas serán en estos momentos, pero creo que ya se acerca la hora, puedo escuchar sus dientes, como una persona con frío; la vela que posa en mitad de la mesa alumbra toda la sala…

¡Maldita sea!, puedo oírlo, ¡Dios!, vosotros no sabéis ni tenéis idea de cómo mi cuerpo se estremece en estos momentos; puedo escuchar cómo se arrastra desde el último cuarto, con la misma lentitud y los mismos sonidos, como si un saco lleno de carne lo arrastraran por la madera con pesadez. ¡Sus uñas! Que horrible suenan, rasgan la madera…

En mi mente llegan las imágenes de aquella noche en que mi cuerpo no quiso responder… El cuarto olía a pudrición, ¡a muerte! Sentí sus dientes tibios sobre mi dedo, luego un apretón tan fuerte que el hueso se partió antes de que sus dientes llegaran a él. No sé qué diablos será aquello aquella maldita cosa. Quiero irme, pero si me voy ¡Oh Dios! Entonces aquellas malditas almas acabaran conmigo, ¿qué queda Dios? ¿Qué queda? ¿De dónde me aferro? ¡De dónde!

Aunque, no les niego a todos vosotros, quienes a sus manos lleguen estas palabras, que algo dentro, muy profundo dentro de las paredes de mi corazón, quiere quedarse aquí y ser devorado lentamente por aquellos dientes amarillos; por aquel pedazo de carne podrido que se arrastra masticando sin llevar nada en la boca.

¡Sólo así entonces pagaré!

La guerra no deja nada, sólo escombros y cuerpos mutilados rodeados de moscas; ¡Yo no quería luchar, Dios! ¡No quería! Veo sus caras entre todas estas sombras, mi gente, mis vecinos, ¡mis jodidos vecinos! ¡Maté más conocidos que desconocidos! ¿Pero qué hacía? Soy un cobarde, ¡un maldito cobarde! ¡Debí pegarle un tiro en la cabeza a cada uno de ellos! ¡A cada uno de los que violaban a esa inerme mujer junto a sus dos hijos pequeños! ¡Dios!, como gritaba, ¡como gritaba! Pensar que ¡esto es España!; historias rondan por todas partes de todo lo que soportaron los indios de América cuando fueron invadidos por nuestras tropas —presidiarios, piratas, prostitutas, herejes y pederastas— en antaño. Estamos pagando, no…. ¡Vendrán cosas peores!, acepta España, ¡acepta! Arrodíllate y pide perdón; ¡arrodíllate y ama!

¿Qué cómo llegué a aguantar todo eso? ¡La supervivencia!

La supervivencia hace hacer cosas a los hombres involuntariamente, cosas que en sus cinco sentidos —sin alteraciones— y sin miedo no harían; más para algunos que no saben que es la guerra, que comen, duermen y defecan porque sus cuerpos se los pide para sobrevivir, porque ellos —sus almas— de vivir ya no quieren saber nada. Como yo en estos momentos; ahí viene, caballeros, la vela lo alumbra, es horrible.

Sus dientes son más grandes y gruesos que los de una persona normal. Parece el cuerpo de un hombre, pero sus hombros son más anchos, sus dedos el doble de largos que los de un ser humano, delgados y nervudos. ¿Por qué no me largo y me salvo?

La conciencia, caballeros; la conciencia es uno de los motores del mundo, hace recibir y dar cosas que creemos que debemos y estamos en la obligación de recibir o hacer. Por eso lo quiero… porque ya nada queda. ¡Que venga y me mastique hasta que saboreé hasta el último pecado de este cuerpo cobarde que enterró almas buenas!

¡Así es la guerra!

¡Así es la avaricia!

¡Así es la cobardía!

¡Así es la puta egolatría!

¡Así es la guerra!

¡Nada deja!

¡Nada queda!

¡Así es la g…


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