
Odio los días nublosos, odio ese olor que bota el ambiente cuando cae agua del cielo en la tierra caliente… “Preticor”, creo que se llama ese desagradable olor, ¿cierto? Más allá de odiarlo, es una de las cosas que desearía jamás oler, porque me recuerda el sonido de la multitud, el sonido de personas marchando penosamente hacia el único banco transitados por todos, pobres y ricos, El cementerio.
Esta mañana nuevamente me crucé con Jesús; por más que intento seguir los consejos de mi abuelo, no puedo, vuelvo a caer llorando en este cuarto como un chiquillo asustado, temeroso, llorando con vehemencia hasta que los ojos se me hinchan como papas y la nariz se me pela por tanto limpiarme los mocos con servilletas. Si, lo sé, esto suena algo estúpido, para tener dieciocho años y ser un Correa, me dejo llevar demasiado por sentimientos. Lloré, pero mi plan no fracasó al final.
Cuando me topé con Jesús, tuve el enorme presentimiento de que hoy sería uno de esos días en los que soy el motivo de risa en mi familia. Terminé por afirmarlo cuando llegué y encontré a mi familia reunida por la visita de los hermanos de mi padre. Los saludé a todos, sin recelo, con la mirada en los ojos y un apretón de mano, fuerte, como me enseñó mi abuelo; pero cuando di la espalda para subir las escaleras a mi cuarto, de nuevo aquellos murmullos… aquellas risitas chillonas parecidas al sonido de demonios escondidos detrás de los muebles listos para herirme con sus garras en mis testículos. Menos mal no se demorarán nada en casa.
Se hizo el medio día y aún continuaban algunas carcajadas, quizás ya no por mí, pero aún me lastimaban. ¿No se han sentido como si fueran siempre el motivo de risa en su familia? ¿Incluso si el porqué de la risa no son ustedes, su cerebro les hace creer que sí y se hieren idiotamente a sí mismos? Claro, quizás a la mayoría aun no le ha ocurrido esa fastidiosa sensación, porque para sentirse así hay que pasar por cosas, por ejemplo: que todos se burlen de ti en la calle al caminar, que nadie se siente a tu lado en el lugar donde estudias, que hasta los insectos los sientas distantes de ti.
Sólo así me entenderían, y también querrán alejarse de las personas sinceras creyendo que también se quieren burlar de ustedes. Es un bonito juego de autodefensa creado por nuestro cerebro para hacerles creer que están solos. Rechaza todo, sin importar que queden personas realmente buenas afuera.
Ya se destapó por completo la lluvia, aun se siente un poco el olor a petricor, pero es más soportable. En la casa no hay nadie, sólo mi gato y yo, el único que me mira sin intención de burlarse. Sólo somos él y yo, en esta ceremonia ambientada con electrónica y acompañada por una botella de aguardiente. Pero hay algo diferente en sus ojos hoy, como si supiera perfectamente lo que salí a hacer después del almuerzo… como si supiera que le destapé el cráneo al estúpido de Jesús. ¡Sí! ¡Sangre y sesos por todas partes!
Puedo ver mis ojos hinchados por tanto llorar reflejados en la pantalla de este portátil. Se me ve mejor la cruz de plata a mí que a Jesús, es irónico ¿no?… bueno, para decirles por qué me rio en estos momentos como una adolecente en embarazo aparentando no sentirse demasiado joven para ser madre, primero tengo que explicarles el principio de los acontecimientos.
Si es que realmente hubo principio, ¿no será que el principio apenas comienza hoy?
Soy gay, homosexual, marica, como quieran llamarle, o como los conozcan seguramente por como los llaman los inadaptados de su ciudad o país. No hay términos, son personas, somos personas; o se escucharía bien llamar a un heterosexual: “EY TÚ, MACHÓN” o “EY TU FEMICHÓN”. Es “él”, “ella” o ¡su nombre! La esencia o los gustos de cada persona no tienen por qué alterar el pronombre, el respeto, la biología, ¡la obediencia!
Cuando me di cuenta que no me gustaban las mujeres, y que era malo porque en la familia a todos los hombres les gustaban las mujeres, tenía solo once años. Pensé que era una enfermedad, me frustré, me deprimí, me confundí y hasta me hacia el enfermo para no ir a clases. Escuchaba a mi papá y a mis hermanos hablar de hombres que le gustan hombres de una manera que me hacían temerles; no quería imaginarme como se pondrían, o que me harían cuando se enterarán que yo, un Correa, era Homosexual.
Todo fluyó perfectamente bien en una rudimentaria falsa, todo era fácil de imitar, incluso traer una novia a casa cuando cumplí dieciséis, dos veces a la semana para evitar sospechas. Linda, se llamaba mi amiga, la que me hacia el favor de pasarse por mi novia; teníamos mucho en común y una de esas cosas era que tampoco le gustaba lo que para la sociedad debía gustarle. Le gustaban las mujeres, y no sé si le seguirán gustando porque tengo tiempo que no la veo.
Cuando cumplí los quince años encontré un chico por internet que padecía lo mismo que yo, se llamaba Agustín; hablábamos horas seguidas, desde que el sol salía hasta que daban las doce de media noche. Hablábamos tanto que llegó el día en que empezamos a sentir atracción el uno del otro. Entonces empezaron las visitas, yo iba a su casa los sábados y él venía los martes. En las visitas empezaron los besos, y en los besos empezaron las caricias y en las caricias… Me omitiré eso.
Sólo vivía con su padre, era policía, a veces trabajaba aquí, en Barranquilla, otras veces se largaba no sé a dónde ciudad por razones laborales; su mamá vivía en México, se había divorciado de su padre, al parecer, porque era demasiado patán. Era ahí entonces cuando aprovechábamos la casa de Agustín, yo decía que haría tareas y pasaba por Linda para llegar donde Agustín y jugar al póker mientras conversábamos cosas bastante íntimas. Conocí a Linda antes que Agustín, pero cuando empezó mi relación con Agustín, fue que empezó también mi relación con ella.
Cumplí diecisiete años, todo iba bien, todo venía espléndidamente bien. Fueron los mejores dos años de mi vida, hasta que… Hasta que un hombre egocéntrico y homofóbico, me grabó besándome con Agustín el día de nuestro grado del colegio. Estábamos en una discoteca. Ya nos habían grabado antes, por eso habíamos borrado nuestro perfil en las redes sociales. Pero había algo especial en esta persona, y era que: conocía a nuestros padres; eso no lo sabíamos en el momento que nos grabó, de haberlo sabido nos hubiéramos largado a tiempo de toda esta multitud de humanos hipócritas.
Dos días después de la fiesta era martes, me tocaba llegar donde Agustín. Al llegar había una ambulancia en la carretera frente de la casa, dos enfermeros de camisa naranjada llevaban a Agustín en una camilla con la cara desfigurada, llena de sangre, de hinchazones; el ojo derecho recuerdo no habérselo visto en su cuenca. Me llené de odio, ni siquiera sabía que había ocurrido y ya me estaba jurando matar al papá de Agustín.
Agustín iba inconsciente. El cabello castaño lo tenía todo melcochado con sangre, su frente, sus orejas… parecía que le hubieran metido la cabeza en un balde de pintura roja. Nunca sentido con tanto odio, tanta repulsión hacia un ser humano…
Pasé la mirada a la entrada de la puerta nuevamente, cuando ya estaba acercándome a la ambulancia, traían otra camilla. Era el cuerpo de un hombre arropado por una sabana; no se veía sangre por ningún lado, hasta que alcé la mirada y vi un punto rojo enorme en el pecho del cadáver.
Intenté subirme a la ambulancia, pero fue inútil, no pude enterarme de que ocurrió. No sabía que pensar, o que hipótesis crear. Estaba asombrado, asustado, y lleno de una impotencia que notaron mis padres cuando entré a mi casa y subí corriendo con los ojos rojos a mi cuarto.
POLICÍA MUERE CON DISPARO EN EL PECHO MIENTRAS CASTIGABA A SU HIJO CON FUERTES GOLPES POR SER GAY
“…el estado del joven de diecisiete años es delicado, los golpes de su padre le dejaron fracturas en el cráneo, luxación traumática de glóbulo ocular derecho y hematomas en la mayor parte de la cara. Algunos vecinos afirman que los hechos ocurrieron en la terraza de la casa donde viven; que el joven al verse en el borde de la muerte tomó rápidamente el revolver que guindaba en el cinturón de su padre y disparó con los ojos llenos de sangre sin saber a dónde iría exactamente la bala…”
Justamente eso salió en el periódico al día siguiente. Así me enteré de lo que realmente ocurrió. Cuando decidí salir y llegar al hospital donde se encontraba Agustín luchando por su vida, vi al mismo sujeto que nos grabó en la discoteca en la sala riéndose con mi padre. No me vieron; sentí un golpe dentro de mis costillas, sentí que las tripas me caían en una licuadora. Todo cobró sentido.
Subí, cerré la puerta de mi cuarto. Lo recordé, yo mismo vi lo que le ocurrió a Agustín cuando su papá se enteró que era Homosexual; ¿qué me ocurriría a mí que tengo dos hermanos gemelos de veinticinco años con un cuerpo parecido al de Arnold Schwarzenegger y un papá homofóbico hasta la medula, incluso más amargado y patán que el papá de Agustín?
Sabía que, mientras estaba encerrado en el cuarto con las tripas revueltas y el corazón a punto de sucumbirme, las cosas se pondrían mal en un momento, si, en un momento se iban a poner extremadamente mal. Conocería, como mi mamá, los nudillos de papá cayendo con fuerza en el pómulo, o en los pómulos, ya elegiría mi papá. Fueron los minutos más largos en toda mi vida.
Escuché mucho ruido en la sala, tanto, que sentía un golpe en el pecho cada vez que mi papá gritaba: “¡NO! ¡NO LO CREO! ¡NO! ¡ESO NO ES NI PUEDE SER CIERTO!” Sin saber qué hacer, me senté en el borde de la cama con los brazos flojos y con una cara aceptando la tortura psicológica y física que me aguardaba con una linda rutina de masajes de mi padre. Escuché sus pasos en la escalera, fuertes, prominentes… Hasta que creí escuchar un grito en la habitación de al lado, donde duerme mi abuelo…
—¡Primero muerto antes de permitir que le pegues! —Gritó mi abuelo hacia la puerta donde ya estaba tocando mi padre— Yo hablaré con él, y bajaré en un momento si realmente es cierto todo eso que venias gritando.
Nunca había visto los ojos de mi abuelo mostrar tantos sentimientos juntos, con tantas palabras tolerantes y sabias. Para mí fue como encontrar un tesoro en mitad del infierno, no, más bien, como… encontrar opio en el infierno. Había pensado en negarlo todo, decir que por culpa del alcohol sucedió eso y que realmente no me gustan los hombres. Pero, viendo tanta bondad en las delicadas palabras de mi abuelo, no quise seguir la farsa, soy un Correa, mi abuelo dijo que los Correa no le temen a mostrar quienes son en realidad, que los Correa no temen a nada; pero cerca de no temer, los Correa aceptan, toleran y entienden.
—Cuando tu abuela murió dejaron de llegar los ingresos suficientes para sostener la casa, los estudios de nuestros hijos, pues ella trabajaba como contadora y era la entrada de dinero más importante en el hogar; por eso me tocó trabajar tiempo completo en el hospital —sentado a mi lado, en la cama, podía ver sus abultadas cejas como se movían entristecidas, como vomitaban dolor sus enormes arrugas y la irremisible sensación amarga que me transmitían sus enormes ojeras… vi dolor en mi abuelo, quizás como no lo he visto hasta hoy en ningún otro ser humano.
—Verás —continuó—… Tu padre era el menor de todos. Cuando tu abuela murió, tu tía Gina tenía doce años, tu tío Marcos tenía nueve, y tu padre, tu padre perdió a su madre con sólo tres años de vida… —me miró a los ojos— Yo nunca fui bueno dando consejos, dando enseñanzas. Gina y Marcos tenían que turnarse para cuidar de tu padre, por eso tenían que estudiar en horarios distintos. Nunca veía a tu padre despierto, sólo los domingos, pero mi poca demostración de cariño lo alejaba de mí. Se crio sólo, se inculcó valores él sólo, aprendió de la vida de libros y de sus propias experiencias. Eso lo volvió muy diferente a tus hermanos, era egocéntrico, amargado y, sobre todo, muy machista. Cuando me di cuenta, era demasiado tarde. Tu padre se transformó en una estatua moldeada por el dinero y costumbres del siglo pasado…
Y mi abuelo no pudo hacer nada para cambiar el camino que recorría mi padre. Cuando le conté toda la verdad, cuando le conté que por más que traté sentir gusto por las mujeres, no pude, bajamos a la sala, y les conté quien soy a todos los que viven en esta casa: mi mamá, mis hermanos… y mi padre.
Lo demás no lo diré, lo dejaré a la imaginación de todos ustedes, mi padre no pudo echarme de patitas a la calle porque esta casa es de mi abuelo. Hubo gritos como “NO ERES MI HIJO”, “NO CUENTES CONMIGO PARA NADA”. Todo lo que tengo hasta ahora, y el estudio que estaba empezando en una de las universidades de la ciudad, es gracias a mi abuelo.
Mi madre no la juzgo, ella siempre ha sido muy tímida y nunca dice lo que tiene en la punta de la lengua, ¡nunca! Y mucho menos frente el rostro convulsivo y amargado de mi padre. Ella es, lo que es la mujer en el cristianismo, domada bajo de versículos que la obligan a aceptar y obedecer cualquier sandez que salga de la boca de mi padre. En pocas palabras, vive bajo el temor.
Intenté engañarme, intenté creerme que las burlas y la soledad no me afectarían en ningún sentido. Pero no fue así. Al parecer no sólo mi familia, sino también la ciudad entera padece de una alta y truculenta homofobia. Sí, le quité la cortina al mundo y vi el infierno en el que vivo.
El mismo día que mi familia se enteró de todo, llegó Linda buscándome con una mirada que habló por si misma antes de decirme una sola palabra. Rompió en llanto cuando me vio bajar por las escaleras. Agustín había muerto de un derrame cerebral… Sentí escuchar cómo se partía una puerta de vidrio en mis oídos, sentí el estrépito de un carro chocar a doscientos kilómetros por hora con una pared de bronce, sí, era el de mis entrañas, si antes las tripas se me habían revuelto en una licuadora, con esa noticia la licuadora trajo unas amigas e hicieron un delicioso jugo con todos mis órganos.
Dolor, dolor, dolor…
No pude ver siquiera el cadáver de Agustín; su mamá lo mandó a pedir, su cuerpo fue incinerado para que llegara un cofre de polvo a las manos de una madre destrozada, sola, confundida y envuelta de espinas hasta la garganta. Los dioses le embutieron en la suerte un tanque lleno de infortunios. ¡Baia! Tenemos un pendejo parecido en eso. Suerte, suerte…, en los mundos de personas fuera de las reglas y de lo “normal”, la suerte no es más que un gusano atascado en las costillas.
Duré días encerrado en el cuarto, no comía, no dormía, no hacia absolutamente nada diferente a mirar el techo y llorar cuando notaba la realidad de mi vida. La única persona que estaba ahí, era un señor de ochenta años dándome el apoyo que no pudo darle a mi padre.
“No le temas al mundo, no temas mostrar quien eres, si ellos te halagaran y te apoyaran tampoco fueras feliz, porque sabes que si lo hacían antes era porque jugabas a sus reglas, a sus costumbres. Entiéndelos, ellos son personas masticando el mismo dulce desde que nacieron, y morirán así, sin saber que el mundo está lleno de anomalías que antes de la aceptación, solo quieren respeto”. Eso, creo que fue lo último que me dijo. Mi mamá lo encontró muerto en el piso de su cuarto, tenía sólo un zapato puesto, al parecer le dio el infarto cuando intentaba ponerse el segundo.
No me dejaron ayudar a cargar el ataúd de mi abuelo, iba casi de último, entre personas que nunca había visto; pero al parecer ellos a mí sí, porque todos me miraban de reojo y a veces murmuraban a mis espaldas. Nadie lloraba, todos de negro y a paso lento entonando un canto que me hacía estremecer; tantos hipócritas cantando juntos una alabanza a Dios, ¿no se estremecerían ustedes? En el entorno había un olor, que cuando niño me encantaba, pero ahora detesto. El sol se ocultó entre nubes grises, y la brisa traía un olor a tierra mojada, a preticor. El mismo que entraba por la ventana de este cuarto cuando empecé a escribir esto.
Después de quedar en la soledad absoluta, tomé varias manías en mi habitación, una de esas era descuartizar los ratones para mi gato; otra, escribir pequeños relatos de fantasía donde los homosexuales eran respetados.
De los chicos que más me molestaban era uno que vivía en esta misma calle, se llamaba Jesús, y digo se llamaba porque en estos momentos se debe estar secando la sangre que derramó cuando lo maté. Su hermano es el cura de la iglesia donde íbamos cada domingo, porque ya yo no voy, desde que mi abuelo murió mi familia no realiza actividades conmigo. Todos me miran avergonzados, y mi mamá me mira con dolor. Un dolor mudo y comprensible solo por las madres.
“¡Miren a ese maricón, oye, maricón, maricón, quieres que te regale una berenjena para que reemplaces a Agustín!”, “¡Ey! ¡Estás maldito! ¡Dios te mandará al infierno!”, cosas como esas me gritaba Jesús, es algo muy distinto a lo que es su nombre, muchos escuchan ese nombre y se imaginan salvación, sabiduría, amor… Yo lo escucho y los huesos me arden de ira. Pero eso no fue suficiente para que yo decidiera matarlo. Lo maté porque dibujó ocho penes en una foto de Agustín que colgaron en la universidad en honor a su partida, y también porque era uno de los mejores estudiantes. No, con las cosas de Agustín no debió meterse.
Dos días antes de planear matar a Jesús, pensé la idea de seguir mi vida, de luchar por algún momento largarme de aquí y juntarme con personas menos ignorantes, con personas que tengan la madurez y la inteligencia de ver el mundo como una baraja llena de sorpresas, una baraja a la que respetan, aunque no juegue a su gusto.
Fue fácil conseguir el número del celular de Jesús, todo lo publican en las redes sociales. Lo llamé y le dije que…
—Hola, Jesús, soy…
—Ya se quien mierda eres, ¿pa qué me llamas? ¿Qué quieres? ¿Cómo conse…
—Para no alargar la conversación iré al grano, trecientos mil pesos mensual…
—¿Cómo? ¿De qué mierda hablas mariquita?
—Te daré trecientos mil pesos mensuales, la pensión que me dejó mi abuelo, para que me dejes de molestar, ¿te parece? —Hubo un largo silencio, se podía escuchar que hablaba con otra persona, se reían— ¿Aceptas o no?
—Listo mariquita, me parece bien —intentó alejarse rápido del celular, pero alcance a escuchar cómo se ahogaba de la risa.
—Nos encontraremos el viernes de la otra semana, en la plaza de la paz a medio día, pero por la parte que pasa sola, sé que no te gustaría que te vieran conmigo.
—Listo… mariquita, es un placer hacer tratos contigo —siguieron las risas del otro lado, y colgué.
Ayer estaba un poco arrepentido de mi plan, semanas antes había comprado un revolver; por internet se puede conseguir de todo, hasta una mujer de veinte años virgen. Pensé bien las cosas, y decidí mejor llevar el trato como se lo proferí. No quería manchar mis manos con esa sangre homofóbica.
Me encontré con varias cosas en internet, o no sé si inconscientemente las busqué para alejar mi mente de esos diabólicos pensamientos. Una de esas cosas fue una marcha de homosexuales, me dio pena ajena, fastidio, repulsión. Algunos iban semidesnudos y otros con carteleras donde estaban los dioses de las religiones disfrazados de travestis. ¿Cómo vamos a hacer respetados si ellos mismos no se respetan en una simple marcha? Si, aquí entra eso que una vez me contó mi abuelo: “Estemos en el bando que estemos siempre habrá mal, siempre habrá personas estúpidas, gente ignorante, gente que no ayuda, gente que se hunde y hunde a los que estén cerca de ellos”. Es una monserga, un equilibrio vicioso.
Me fastidié de internet y decidí salir a la tienda a comprar un cigarrillo, una de mis actuales manías que adquirí tras la muerte de mi abuelo. Cuando venía saliendo de la tienda, a mitad de la calle, iba Jesús y su familia, iban muchas familias, todos con escapularios y una biblia en la mano… al parecer protestaban en contra de una tal “ideología de género” que querían imponer en el país.
Vi tanto odio en sus ojos, tanta separación del amor y la aceptación. Y vi a ese chico que me humilla diariamente, protestando, marchando, al lado iba su mamá con una cartelera que decía: “Parody y su PUTA MADRE La crio sádica, puta y desvergonzada y permitió q’ abusaran de usted. Le gustó mucho y quiere lo mismo para todos los niños???”, lo escribí igual como estaba plasmado en ese cartón. Es impresionante ver como hablan algunas personas de cristo.
Eso me recordó una clase que tuve en la universidad hace poco, donde el profesor nos mostraba imágenes de una marcha de cuarenta mil personas marchando en Mississippi en 1962 en contra de la unión de razas, sí, los blancos no querían a los negros junto con ellos. Se murmuraba que los negros les contagiarían el sida, herpes, cáncer, neumonía, sífilis… Les contagiaría un sinfín de enfermedades más con tan sólo respirar cerca de ellos. Se murmuraban un sinfín de leyendas. En todas, los negros eran la plaga, lo mandado por cristo única y exclusivamente para servir, pero por allá lejitos, escondidos, sin que ningún blanco los viera. ¿No tuvo esa marcha un “extraño” parecido con el presente? Que sean muchas personas las que marcharon en Mississippi de 1962, no significa que estén en lo cierto.
Al diablo, después de sentir un frío extraño en mis piernas y un odio hambriento de sangre en mis manos. Decidí continuar con el plan. Si, mataría a ese cara de verga, descargaría toda mi rabia con él, porque es el más ingenuo de todos los que me molestan. Sabía que sería fácil matarlo. Y justamente esta mañana cuando me topé con él en la calle, seguía burlándose, sabiendo el trato que forjaríamos. ¡Es un maldito!
Hoy, al llegar de la universidad, almorcé, besé a mamá en la frente, me preguntó qué si no iría con ellos al cementerio porque mi abuelo está cumpliendo un mes de muerto, le dije que no. Tenía cosas más importantes. Ese estúpido me pagaría todas las burlas, todos los chismes, los acosos, sin duda, me las pagaría todas. Fui con un buzo gris, el que me regaló mi padre hace tres años para nuestros viajes a tierras frías.
Él estaba sentado en un escalón, con la mirada burlona y ese mentón prominente, los mismos ojos ingenuos y el cabello ondulado negro aceitoso. Saqué los billetes y se le fueron los ojos, parecía una ratita gimiendo por un queso… La plaza de la paz, flores y plantas, pensé cuando llegué, que irónico.
—¿Me dejarás de molestar? —le pregunté mientras le mostraba el bulto de billetes de veinte. Él asintió con la cabeza, se levantó, y pude ver que éramos casi del mismo tamaño.
—Mientras que tú me pagues puntual, sí —y soltó una sonrisa que me dio tanto asco que creí que sus dientes eran gusanos.
Pensé bien las cosas y no quería que me descubrieran, al menos no tan rápido. Necesitaba tiempo para venir y escribir esto. Me gusta escribir, me hace sentir cuerdo, porque a veces, en alguna de mis meditaciones, creo haber perdido el amor a lo que amo, la cordura y la esperanza por todo, me fastidio yo mismo, nada me importa y nada me interesa, desde la muerte de Agustín deje de pedirle a Dios, no quiero molestarlo más con mis niñerías, menos para que sigan siendo ignoradas.
Bajé la mirada para tomar el dinero, y divisé una pala con unos instrumentos de jardinería detrás de él; en pocos segundos construí el plan.
Agarré fuerte el revolver con la mano, lo saqué y tomé impulso velozmente. La cacha del revolver dio justo en el parietal izquierdo de Jesús… y TRUCK, el cráneo de Jesús soltó un ruido opaco, un chillido fantasmal; era el del hueso fracturado por la fuerza con la que llegó la cacha del revolver en él.
Jesús cayó desmayado, enseguida guardé el revólver; el dinero decidí dejarlo regado en el suelo. Corrí hacia donde estaba la pala. Era pesada, parecía ser nueva; en los bordes tenía un poco de barro. Caminé lentamente, miré alrededor, y no había nadie, sólo autos a toda velocidad y taxis agonizando por el tiempo, ninguno se interesaría por lo que acontecía. Mi respiración estaba agitada, no pensaba en nada, mi cerebro sólo quería sangre, sangre, sangre…
—Sesos —me susurró una voz en mi cabeza.
Agarré la pala con las dos manos, la levanté, así como si fuese a empezar a cavar, y la dejé caer en los ojos de Jesús, después en su oreja izquierda; le metí toda mi fuerza. Su rostro empezaba a inundarse de sangre. Al siguiente golpe el sonido se pareció al de la patilla cuando cae en el suelo. Cerré los ojos y seguí, seguí, seguí… Un rocío de gotas tibias llegó a mi cara, sin abrir los ojos ya sabía que era su sangre acariciándome, porque el olor no mentía, ese olor dulce que nos hace recordar lo débil que somos. Todo eso hizo que mi pene se pusiera duro. Estaba entrando en alguna especie de clímax, me dieron más ganas de subir y bajar la pala, subir y bajar, subir y bajar… ¡Oh, que dicha! ¡Que suave se sentía la pala! ¡Qué hermoso era el sonido!
Mis ganas de seguir y mi rabia aumentaron más, y más, y más, y más…
Perdí la fuerza de mis brazos no sé después de cuánto tiempo. El sonido ya era el del metal contra el piso. Solté la pala como si por un momento hubiera dejado de entender lo que hacía. Limpié mis ojos, empecé a respirar pausadamente. Bebí esa imagen como un trago de vino, la contemplé como una obra de arte recién acabada. Jesús ya no tenía ojos; un científico diría que: “sólo cambiaron de forma, pero que aún estaban ahí”. El dinero estaba lleno de gotas de sangre, de tal manera que parecía que un niño hubiera saltado en un charco de pintura roja cerca de ellos.
Ya había dado un paso hacia atrás para irme, cuando me llamó la atención un brillo plateado; me acerqué a husmear de dónde precedía. Era una cruz que colgaba del cuello de Jesús —o de lo que quedaba de su cuello—; la tomé y la metí sin limpiarla en el bolsillo de mi pantalón, al llegar aquí la lavé con pasta dental y me la coloqué.
Caminé lentamente hacia la casa. A dos calles del lugar escuché el grito de una mujer, seguro provenía del mismo lugar donde estaba el cadáver. Sonreí. Tenía el rostro y el buzo manchado de sangre seca. Me quité el buzo, me limpié la cara con él y enseguida lo doblé al revés. Después de unos quince minutos ya me encontraba escribiendo el primer párrafo de este relato.
Estoy ebrio.
Me puse la cruz de Jesús para que sepan que yo lo maté. Yo, Santiago Correa.
El aguardiente ya se acabó; mi gato me observa desde el suelo con los mismos ojos alcahuetas de antes. Siento que entierra sus pupilas en mi alma, ¡carajo!, ¡qué sensación!, cómo puede un gato leer el alma —o al menos hacer sentir a uno de que lo hace. Como puede hacernos sentir tan acompañados aun con sus posturas arrogantes.
¡Ay, Agustín!, amado mío, ¿dónde estás?, yo llegaré donde sea, este sentimiento sombrío que cargo me alcanza para volar a cualquier estado espiritual, sólo dime dónde estás, no quiero perecer aquí en esta fiesta bizarra.
Estoy loco, estoy perturbado, estoy lejos de todo el conocimiento y la felicidad de todos ustedes, seres aburridos, insípidos. Creo estar arrepentido por lo que hice, el sentimiento es parecido al mismo que tenemos cuando nos acabamos de masturbar. Saldré a la cocina y probablemente me meta un cuchillo en la garganta, no sé, de alguna manera libero mi alma de este mundo protervo y egoísta. Ojalá pueda verte, Agustín. Aquí no hay esperanzas, aquí todo es odio, rencor y avaricia, todos se apuñalan, se difaman, se envilecen, ¡se mienten!
Vamos, ¿qué pasó?, ¿qué pasó familia? ¿Qué pasó personas?, ¿qué pasó seres con lógica?, ¿qué pasó cristianitos?, ¿Qué pasó con esa frase que tanto decía su mesías? Esa donde dice: Que os améis unos a otros, como yo os he amado…

AUTOR: Iván Andrés Tovar
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