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¿Miedo a «la primera vez»?

―Te diría que no te va a doler, te diría que no vas a botar sangre o que no escucharás algún pequeño ruido interno en el proceso; pero, sé perfectamente que se siente sentir dolor cuando esperabas una sensación agradable… Tranquila, tranquila cariño, no te dejes controlar por los nervios, relájate, suelta las piernas, suéltalas.

     ―Se me es inevitable no sentir miedo, lo siento…

     ―No te disculpes pequeña, una dulzura como tú, puede hacer lo que quiera sin disculparse en este mundo de mierda.

     Camila sentía un poco de frio, y un vago pensamiento se le cruzó por la mente cuando las manos suaves de Elena le acariciaron los muslos. El cuarto tenía un aroma agradable, olía como a un hospital recién aseado, como al aroma que dejan las flores en el ambiente cuando están recién cortadas ―porque así como en el amor, que parece ser más placentero y doloroso cuando se corta, las flores desprenden su perfume más denso cuando son separadas de la raíz, como tratando de penetrar su aroma en el ambiente para siempre―.

     La cuerda parecía no apretarla, pero su piel nívea empezaba a ponerse roja en los tobillos y la planta de los pies las tenía pálidas. Tener las piernas levantadas de esa manera era placentero pero agotador.

     El corazón de Camila latía frenéticamente, tenía la sensación de escucharlo latir debajo de las orejas. Sus pensamientos estaban alterados ―o ¿dichosos?―, no era sencillo saborear la idea de que perderás la virginidad, mucho menos sencillo masticar la idea de que la virginidad te la quitará un pene de silicona, ¡y claro! ¡Cómo tragarte la idea de que la virginidad te la quitará un pene de silicona que moverá una mujer de treinta y cinco años! Eso no estaba de ninguna manera enmarcado en la normalidad de la sociedad, o al menos eso pensaba Camila.

     ―¿Usted también…

     ―Tutéame, cariño, así vamos entrando más en confianza.

     Camila vaciló un momento mientras recordaba la pregunta… ¡Carajo!, todo parecía olvidársele, todo parecía pasar por ella como una bala de interminable confusión; todo, todo: el aire, los olores, los sonidos, los recuerdos.

     ―¿Tú también sentiste miedo la primera vez? ―preguntó mientras veía los senos pequeños de Elena; eran marrones y tenía un piercing en el derecho.

     Elena quedó viendo a Camila con lascivia, las tripas parecían vibrarle cada vez que pasaba los ojos por los dotados senos de esa pequeña adolescente. Elena estaba ―como es común en todas las personas que tienen al frente suyo un virgen al cual le mostrará los caminos del sexo― llena de ansiedad, de un ego fantasmagórico que le inyectaba maldad; esa maldad, que combinada con paciencia y creatividad, nutre el placer como un libro nutre el conocimiento o como la soledad nutre a un misántropo.

     ―No, mi pequeña ―soltó una risa corta―; mi primera vez estuve tan inconsciente que si al día siguiente no me hubiera visto la sangre, hubiera pensado que todo no había sido más que un sueño.

     ―¿Con quién fue tu primera vez?

     ―Me divierte ver a niñas como tú hablar de primera vez como si fuera algo cósmico, sorprendente… e inolvidable ―respondía Elena mientras terminaba de echar vaselina en los labios de la vulva de Camila―. Por creer que la primera vez es inolvidable y la que más te marcará en la vida por tener el himen estrecho, es que hay tantas mujeres por ahí echándole piedras a todos los hombres… ―Se ríe fuerte― Tuve una novia que decía que no hay cosa que atraiga más un machista que la virginidad.

     ―¿Y no sentiste miedo hacía Dios… ya sabes, por no esperar a casarte?

     ―Miedo, miedo, miedo ―Elena se rio―. El miedo lo creamos nosotros ―susurró―. Dios te castigará si te masturbas, Dios te castigará si deseas a un hombre ajeno, Dios te castigará si tienes sexo antes de casarte… Todo eso te lo enseñaron para que no jodieras tu vida por ahí entregándote al primer idiota que encuentres (al menos mirémoslo de esa forma), pero, no es necesario que a una mujer le metan miedo para que no se acueste con un hombre, basta con enseñarle amor hacia ella misma. Es mejor sentir respeto que miedo, porque todos perdemos el miedo cuando el amor nos devora, cuando el deseo nos escava el cuerpo y nos deja convertidos en zombies, pero el amor, el amor hacía uno mismo es la única cosa que puede salvarnos de un romance dañino, porque es lo único que queda vivo cuando te das cuenta que a nadie le importas en realidad.

     Camila rio, nerviosa, sin entender nada.

     ―¿Alguna vez haz soñado… ―gimió. Sintió que su piel se puso dura en las piernas por unos segundos.

     ―Eso es lo que sucede cuando te acarician el clítoris ―Camila tenía los ojos apretados―. ¿Me ibas a preguntar algo?

     ―Que si ¿alguna vez haz soñado que tienes relaciones? ―preguntó aún con los ojos cerrados.

     ―Muchas veces…

     ―Pero… No relaciones normales. Me refiero a… No sé; que tienes relaciones con un… animal, o con objetos, a veces maniquíes o muñecos de goma.

     Elena se puso de rodillas, estudiando el cuerpo de la virgen. La piel de Camila era pecosa en el centro de los senos y sus pezones eran rosas, su cabello era rojizo y sus ojos eran color verde. Las piernas de Camila, estaban amarradas con una cuerda negra de los tobillos a las esquinas de la cabecera de la enorme cama, su vulva quedaba abierta y sumisa como un ser inocente esperando ser acariciado.

     ―¿Quieres contarme algo? ―preguntó Elena mientras se acariciaba ella misma los senos y se mordía los labios.

     ―Que no sé qué significan mis sueños, no sé por qué sueño esas cosas.

     ―No te preocupes por esas cosas, pequeña; todos pasamos por situaciones parecidas; todos nos desvelamos de vez en cuando por un deseo reprimido e inconscientemente lo adornamos con cosas extrañas en imágenes que parecen no tener sentido. Así como dicen que cuando sueñas con un tsunami significa que estás pasando por demasiados problemas y crees que no saldrás de ellos, así mismo pasa cuando sueñas que tienes sexo, ya sea con animales o con humanos, significa que hay algo muy dentro de ti que anhela con ansias salir… Que anhela con ansias la oportunidad de apoderarse de tu cuerpo, de tu mente, de tus días, de tus noches, de tus decisiones, para navegar por el mar del placer…

     Elena tomó el pene de silicona y empezó delicadamente a penetrarlo en la vulva de Camila, mientras Camila arrugaba a cara sin saber si sentía dolor, placer o…

     ―¡Hermana Camila!, ¡por Dios!, ¡mire la hora que es…

     Camila se despertó y sintió el colchón empapado de sudor, la cabeza le quería explotar del dolor y la boca la tenía seca, las manos las tenía fría y no tenía idea de quien le hablaba.

     ―…Por favor! ¡La espero abajo!, espero que esta vez no se le quede su breviario.

     ―Bueno hermana. Tranquila, ya me arreglo ―respondió Camila con los ojos cerrados mientras le daba una pequeña sensación de mare.

     Cuando despertó por fin, se encontraba sentada en el borde de la cama, mirando el closet marrón donde guardaba sus togas. Tenía los ojos aguados, la piel erizada y los pensamientos desbocados en una realidad que solo entienden las personas que meditan luego de levantarse, esa meditación que llega al fondo de la existencia.

     Luego de unos minutos se levantó, con la misma humedad entre las piernas de todos los días; con una sensación de confusión, esa confusión donde una minoría nos preguntamos si  eso de realidad no será más bien cuando estamos dormidos.

     Camila sonrió en la pequeña habitación; preguntándose si le daría tiempo de masturbarse; tenía dos años de estar en el convento, un año teniendo pesadillas y seis meses masturbándose todas las mañanas. Se preguntó si de eso se trataba la vida en el convento, o si ella estaba poseída por algún espíritu maligno que ahí no han logrado sacarle, o si lo que la poseyó lo encontró ahí, como si el espíritu estuviera vagando entre esas paredes frías, para mostrarles a las mujeres abstemias como se sufre cuando tu consciencia quiere rezar, arrodillarse y hacer letanías, mientras que tu cuerpo se pierde en los rieles de otro planeta.

     Unos rieles que para la algunos están creados por Satán.


AUTOR: Iván Andrés Tovar
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